![]() |
Miguel Tapia G., Periodista
Hace tiempo se instaló en el inconsciente ciudadano la idea de que para optar a un cargo de elección popular hay que tener mucha plata para hacer campaña.
Debe haber sido más de una década que leí una entrevista a Ricardo Lagos, quien contaba que siendo un joven radical le confesó a un viejo tribuno de ese antiguo partido que pensaba a dedicarse a la política. Según Lagos, el experimentado jerarca le contestó que si bien reconocía en él dotes de liderazgo y el don de la palabra -requisitos que antes eran ineludibles para dedicarse a la "cosa pública"-, antes de volcarse de lleno a la política debía reunir aunque sea una "pequeña fortuna".
"Pequeña fortuna ¿para qué?" me pregunté ingenuamente entonces.
Y es que yo adscribía a la cultura de antaño, cuando hacer política no requería dinero. Desde los años '60, cuando comencé a involucrarme en campañas electorales, entendía que la conquista del voto ciudadano se hacía a fuerza de puro corazón, pachorra, entrega y mística.
En mi adolescencia, salíamos con los compañeros a rayar muros, pegar afiches, colocar letreros en las casas y golpear todas las puertas de todas las poblaciones y calles de mi ciudad sin ni un peso, pero con el corazón henchido de alegría porque estábamos haciendo Patria; le estábamos proponiendo a los ciudadanos un rumbo para nuestra Nación.
Eran tiempos en que cansados después de clases, aplanábamos calles sin un peso en el bolsillo, pidiendo algo de "agüita" a los potenciales electores, al tiempo que les recitábamos la convincente argumentación que los llevaría a darle el voto a nuestro Compañero Candidato.
Pero la dictadura nos cambió el país abriendo de par en par las puertas al desenfrenado consumismo, al individualismo de competencia a todo dar que nos domina hoy como sociedad.
No hace mucho le comenté a una amiga que venía recién conociendo, que desde hace 46 años soy militante del mismo partido político. Y la pregunta surgió inmediata y espontánea de sus labios, como un gancho de izquierda directo al mentón, o a la boca del estómago: "Y... ¿te pagan?" Por cierto, quedó totalmente desconcertada cuando le respondí que por ningún motivo, que jamás recibiría un solo cobre de la colectividad en la que creo y a la que trato de servir lealmente. Su contrapregunta amenazó con derribarme, totalmente grogui: "Entonces ¿te dan empleo?" ¿Cómo explicarle que los partidos no son para darle empleo a sus militantes sino sólo cauces a través de los cuales la ciudadanía se vincula con el Estado? Sencillamente no entendía nada. Jamás podrá entender porque en su conciencia se entronizó la idea que la política es una forma de conseguir plata, trabajo bien remunerado y posiciones en la sociedad. Ella vincula muy adentro la política con el dinero y cree fervientemente -porque así lo aprendió de chica- que uno está en un partido político sólo para obtener beneficios personales.
Hace 40 años, sus preguntas me hubieran ofendido. Hoy me resigno a razonar que es el signo de los tiempos; que muchos ahora todo lo observan a través del prisma de la conveniencia y el beneficio personal. Para muchos, todo lo que hagamos debe traducirse en plata. Ni siquiera le sugerí que trato de mantener este medio electrónico de comunicación por la necesidad orgánica de transmitir ideas y de contar con un espacio para ejercer mi periodismo, mi concepto personal de comunicar ideas. Y que lo hago sin ganar un peso; incluso gastando algo más que mi tiempo, entusiasmo, conocimientos y dedicación.
...Pero la incipiente amiga me ha ayudado a enfrentar la otra realidad, aquella que viven algunos que siento lejanos, pero están a la vuelta de la esquina.
Hoy ciertamente tengo mis opciones electorales, porque me creo informado y con capacidad para resolver entre muchas posibilidades las que más se adecuan a mi pensamiento ideológico y al proyecto de sociedad con el que sueño.
Pero no faltan quienes cuando conocen mis opciones -que las hago público- se acercan en la calle para pedirme que les gestione algún "pituto" con el candidato de mi preferencia. Muchos ni siquiera son cesantes o gente muy necesitada, sino personas que quieren ganar algo fuera de su salario, ojalá sin esfuerzo alguno, pero cerca de algún candidato que les proporcionaría el "plus" de manifestarse ante su entorno como cercano al poder.
A la inversa, he conocido candidatos que piden contratar activistas como quien sólo compra mano de obra barata. Arman equipos de propagandistas pagados con "obreros" que para nada comparten sus ideas, a quienes no interesa que el postulante al parlamento sea elegido sino solamente deshacerse en el menor tiempo posible de los volantes, dípticos y demás propaganda que le pasan, para ir a cobrar su salario. Entonces, les da lo mismo que los electores reciban o no el material informativo, o si lo leen o no. Recorren calles, pasajes, villas y poblaciones tirando papeles en los antejardines o por debajo de las puertas, causando la indignación de los moradores que sienten que están invadiendo y ensuciando sus casas o haciéndolos trabajar al obligarlos a recoger la papelería y botarla en los tachos correspondientes para que se la lleven los recolectores de desperdicios...
¿Qué compromiso político se le puede pedir a los pseudoactivistas así reclutados? ¿Qué resultado electoral puede tener un trabajo político electoral si sus ejecutores no tienen idea de los postulados de su patrón o, peor aún, no están ni ahí con la política?
Esta realidad me abruma. Pero si los partidos tienen escasos militantes y si esa militancia carece de compromiso y mística ¿qué hacer...?
Recorro las calles de mi ciudad y las advierto tapizadas de propaganda electoral multicolor y de enormes proporciones. Recuerdo los tiempos en que los rayados eran la herramienta de propaganda más socorrida, porque era barata. Un par de brochas y tarros de pintura barata eran la materia prima. A ello sumábamos ganas, alegría y convicción. Claro, los propagandistas de las candidaturas adversarias nos disputábamos los espacios -los más vistosos y de fondo claro eran los más apetecidos- incluso a combos, pero después de las elecciones los grupos rivales volvíamos a ser amigos. De repente nos conseguíamos un mimeógrafo con el que reproducíamos rústicos anuncios, a veces sólo el rostro mal dibujado del candidato, su apellido y un breve eslogan, y salíamos a pegarlos con un también rústico engrudo que aplicábamos con una brocha.
Eso hoy no existe. Sería risible ante las gigantografías impresas a todo color por sofisticados medios informáticos sobre polímeros u otros plásticos. Los candidatos tienen plata. Y harta.
He oído que las candidaturas ahora se miden por cuánto cuestan. El diputado Alfonso Vargas declinó ser candidato a senador porque una candidatura en esta extensa Circunscripción cuesta dos millones de dólares. Y lo dicen así, rapidito y sin arrugarse, como si se tratara de dos chauchas. Pocos entienden que se trata de 1.300 millones de pesos; es decir, lo necesario para construir una población de ¡65 casas de 20 millones de pesos cada una...!
Una candidatura a diputado costaría, según los precios de mercado, al menos unos 300 mil dólares; es decir, 195 millones de pesos.
¿De dónde salen, digo yo? Y me respondo: de bolsillos de generosos empresarios que así se aseguran que sus intereses estarán debidamente resguardados en el Parlamento. ¡Pobre del parlamentario que vote a favor de un proyecto legislativo que beneficie a los más necesitados recortando aunque sea diez centavos a los más ricos! ¡Se tendría que olvidar de estos apoyos tan generosos y "desinteresados..."
En la actual campaña por el sillón presidencial, sólo Sebastián Piñera puede darse el gusto de derrochar groseramente unos cuantos millones de dólares para llegar triunfante a La Moneda. Claro: si su fortuna se estima en 1.300 millones de dólares ¿qué le puede afectar darse el gusto de gastar cien millones o más con tal de hacerse del poder político del país?
Es cierto que hay una ley que limita el gasto electoral. Pero corre solamente dentro del plazo de propaganda legalmente autorizada; o sea, desde treinta días antes de la elección. Pero los candidatos con plata ya están lanzados, casi cuatro meses antes de lo legal, en una campaña esquizofrénica, donde se trata de convencer al electorado sin ideas; sólo con imagen, eslóganes y regalos.
Esto de las ideas ya no corre; da lo mismo. Las coaliciones y partidos definieron sus candidatos antes de esbozar un programa. Entonces, hasta ahora -a fines de agosto- con una campaña publicitaria a todo trapo, Frei y Piñera siguen sin plantearle una propuesta sociopolítica al electorado.
Cada uno interviene en programas de radio y televisión o dan entrevistas a los diarios planteando apenas lugares comunes: "Durante mi gobierno habrá menos delincuencia". "Mejoraremos la educación y la salud". "Habrá mayor bienestar para las mujeres y niños". "Las jefas de hogar no estarán desprotegidas". Y etcétera, etcétera, etcétera. Todo, menos propuestas de verdad. No se diferencian siquiera uno del otro en sus propuestas. Sólo se diferencian en quién tiene más plata para derrocharla groseramente en gigantografías multicolores instaladas en las estructuras publicitarias administradas por empresas del rubro, las mismas que antes servían para promocionar una multitienda de ropa, una marca de caldo o algún proyecto inmobiliario, destino que recuperarán apenas pasen las elecciones.
Pero todo vale cuando se trata de poner mucha plata -porque hay cajones sin fondo repletos de dólares- para convencer al electorado pobre de que el que derrocha más será el mejor.
Yo me pregunto: Y las ideas, ¿cuándo...?
Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso