Por Patricia Castán y Helena López / Barcelona
De: El Periódico de Catalunya, España
El hedor echa de espaldas y no deja lugar a dudas: cientos de meadas saludan a diario al sufrido peatón en plena plaza de Catalunya. Los orines se acumulan cada mañana en las fachadas de las entidades bancarias situadas junto al paseo de Gràcia y la rambla de Catalunya. Sus rincones, huecos y escaleras son lugar propicio para que los incívicos se alivien, tanto en esa zona como en las callejuelas del Gòtic, entorno de la Sagrada Família y otros puntos concurridos, pero con convenientes recovecos.
El ayuntamiento actúa tanto preventiva como sancionadoramente, pero ni el millar de multas impuestas desde mediados de junio, cuando se activó la Operación Verano para controlar los excesos en la vía pública, ha logrado frenar la falta de pudor tanto de autóctonos como de turistas desinhibidos.
La proliferación de pises en algunos puntos del Gòtic protagonizó sonadas protestas vecinales hace unos años, hasta que el ayuntamiento trato de poner coto a este sucio hábito a través de la ordenanza cívica, a finales del 2005.
La prohibición ha calado en muchos ciudadanos, que saben que es una actitud sancionable y por la que se imponen multas a diario. Paralelamente, informan fuentes municipales, los turistas son alertados desde hoteles y puntos de información con folletos donde se recogen las conductas no permitidas en la ciudad, y que incluyen orinar en la calle.
También se aumenta el dispositivo de váteres químicos cada vez que se monta un gran evento. Y el operativo municipal de verano, que refuerza con más policía el control de los excesos (sea la venta ambulante, el orinar en la calle, hacer ruido y demás) presta especial atención a este ámbito, indican las mismas fuentes. Un millar de multas -una tercera parte más que hace un año- en poco más de dos meses dan fe de la ofensiva, pero el volumen de incívicos que desconocen la norma o la desoyen es todavía mayor.
La hiperactividad de los lateros en el centro de la ciudad -a los que se logró atajar en las fiestas de Gràcia, pero no tanto en Ciutat Vella- es un posible argumento para las urgencias que acaban solventadas en la calle. La escasa lluvia de este verano y el calor hacen el resto: manchurrones por miles de fachas y aceras y una peste casi insoportable.
María trabaja en un quiosco de refrescos de la plaza de Catalunya, frente al gran edificio de Caja Madrid, enclave que cada mañana amanece con un fuerte hedor a orina, que persiste durante todo el día. Cada día. "Huele así siempre, no solo en verano. Es increíble. Aunque no es solo aquí, ves Ramblas abajo y verás", explica. Y razón no le falta. En esa misma acera, siguiendo hacia al paseo de Gràcia, el olor y las manchas son omnipresentes.
Adentrarse por las callejuelas del Raval y el Gòtic con la mirada fija en el suelo y los bajos de las paredes es sinónimo de ver -y oler- micciones en prácticamente cada esquina. "No son de perro sino de persona. Se lo digo yo, que lo veo con mis propios ojos", denuncia Rosa, vecina del pasaje de la Magarola. "Por la noches tienes que entrar en el portal arremangándote los pantalones para no acabar perdida. ¡Dentro del portal!", explica la mujer, quien apunta a los inquilinos de los pisos turísticos de su escalera como los autores materiales. "Aunque todavía es peor en la calle de Bertrellans", apunta.
La situación es comparable a la de muchas otras calles del casco antiguo: Montjuïc del Bisbe, Beat Simó, Santa Mònica, Cervelló...
Uno de los puntos calientes son las plazas, donde los incívicos se reúnen a beber, con sus consecuencias. La de los Àngels, la de George Orwell y la de Sant Felip Neri son tres ejemplos representativos.
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