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31 de agosto de 2009
Muñeca

La muñeca japonesa

Por Gabriel Morales Wilson

La primera vez que la vi estaba sentada flácidamente, mirando hacia un punto invisible en el espacio del salón, vestida con una minifalda que mostraba el ángulo de las entrepiernas y su calzón con encajes; la transparencia de la seda mostraba su pubis oscuro. En el cuarto vecino, el ingeniero coreano de una transnacional de ese país en Francia, señor Mee, temblaba mientras un sudor frío mojaba las sábanas debido a una elevada fiebre. En una jerigonza entre inglés, francés y otros sonidos guturales, trataba de explicar que en África había sufrido de malaria y que, periódicamente, se enfermaba.

Mientras La Huasa lo examinaba, recorrí con la mirada su dormitorio y lo que alcanzaba a ver entre las otras puertas abiertas al interior de la casa. Nada de extraordinario, salvo quizás que no se veían muebles algunos, ningún decoro, ni siquiera una fotografía familiar. El vacío total. Únicamente una mesa al centro del salón, dos sillones -que ocupaba la hermosísima y extraña mujer asiática sentada en uno de ellos- y un escritorio donde se apilaban ordenadamente algunos documentos y planos, una televisión colgada al muro y en la penumbra, me pareció ver una caja enorme y con la frase : "Frágil" y una caligrafía que sospeché era japonesa.

Volví al salón y me senté frente a la mujer. Ella permanecía sin decir nada, con sus ojos vidriosos dio la impresión que me observaban detalladamente y una sonrisa extraña, insinuante, sexualmente provocadora, me decían en el lenguaje universal de las ternuras: "También podría ser tuya..."

No pude evitarlo: ese calzón de seda con encaje, ese artículo femenino no cerraba las piernas, por el contrario, era amplio y entonces miré fijamente su entrepiernas, notando que su sexo apenas estaba oculto por el sutil género y el mío, se transformaba en un bulto insolente, provocando un dolor intenso debido a las ansias incontenidas.

Al salir, ni siquiera la noche con diez grados bajo cero, logró refrescarme y la fiebre que ya comenzaba a aumentar en una malaria provocada por los sentidos, me dio unos temblores que, hasta el día de hoy, no olvido.

Le segunda vez que la encontré, fue hace solamente tres días y sus respectivas noches.

Durante semanas no pude olvidarla. Hubo veces que traté de no pensar en ella, regresando a la juventud, en Antofagasta, cuando me enamoré de una japonesita y le devolví su amor con una infidelidad que todavía lamento. No hubo caso: ella, sentada en su sillón, me obligaba a sentirla presente a todo instante, imaginándola de una u otra manera, con medias blancas y su respectivo encaje hasta el medio del muslo, calzones o sin calzones, vestida o desnuda y en poses insinuantes, tendida en la cama, boca abajo, escondiendo sus pequeños senos y mostrándome las colinas de sus nalgas perfectas, con una pierna levantada a partir de la rodilla, con esa boca -¡Ah, su boca!- creada para besar y satisfacer los fantasmas que me perseguían días y sus respectivas noches.

La soledad puede justificar la necesidad de un cuerpo de silicón, la copia perfecta de la mujer que nunca ha completado la vida de un hombre, desposeído de la ternura femenina. El solitario conversa a la muñeca que lo fija con sus ojos de vidrio, sin contradecir sus opiniones, que apoya sus decisiones, que escoge sus vestimentas a su gusto y la desnuda en el lecho nupcial, musitándole palabras de amor: "Amor mío, vida mía, ámame así, si, así, bésame así -¡Oh! ¡Qué bien lo haces!-, ya lo ves, encontré el camino a tu cuerpo y no me canso, amada mía, de penetrarte hasta el alma, hasta allá, hasta aquí mismo, donde quieras, pídemelo, pídemelo..."

No en cambio al hombre que nunca le ha faltado el cariño. ¿Por qué irse entonces por el camino tortuoso de la imaginación enferma con una muñeca japonesa?

Cierto: era bella.

En la casa del ingeniero coreano posteriormente se instaló el doctor ginecólogo Jean Patrick M. Una bestia que sobrepasaba los ciento ochenta kilos, con una cabeza pequeña puesta sobre un cuello enorme, sus pequeñas manos se perdían en esos brazos elefantiásicos, tanto así como otras partes de su fisonomía que quizás en otra época eran normales y proporcionadas a su metro ochenta. Su rostro denunciaba su alcoholismo y su bulimia, pero cuando estaba "bueno y sano" era encantador y, según sus pacientes, no existía mejor ginecólogo a trescientos kilómetros a la redonda.

Nos conocimos en una comida de amigos comunes. Iniciamos una amistad basada en el intercambio de recetas culinarias, invitándonos a descubrir otras nuevas, desafiándonos en el campo de honor de los gastrónomos. Podíamos pasar noches enteras conversando de lo humano y lo divino, gozando el plato del día, la entrada y la salida del menú del día, en el vino que cantaba en el espíritu alegre, el aperitivo y el bajativo, el postre que culminaba el festín. Sabíamos que la verdadera cultura es y será el placer de existir, de saber vivir. Nada más.

Jean Patrick lamentaba únicamente el haber sido privado de una progenitura; niño o niña le era igual, solamente a quien amar. Con mis bromas de mal gusto le señalaba que lo primero era estar seguro que si todavía su sexo estaba allí, o si ya lo había perdido entre pliegue y pliegue de grasa. Incluso le regalé en una de mis visitas un espejo para confirmar su presencia o no.

Tener un niño se transformó en una obsesión. Especialmente una niña, me lo confiaba.

Luego de uno de mis tantos viajes, mi Huasa me informa que Jean Patrick estaba en el hospital: un infarto acompañado de una cirrosis galopante, seguramente además un cáncer al páncreas. Sus días estaban contados.

Calculé que hacía casi dos años que no nos veíamos. O tres, no podía afirmarlo. Cada uno -como tantas otras amistades- no necesitamos visitarnos cotidianamente para demostrar nuestra simpatía o fraternidad. Basta reencontrarnos y darnos cuenta que siempre hemos estado presentes en nuestra ternura y ni siquiera necesitamos contarnos lo que hemos o no durante ese período de ausencia. Lo importante es vernos y constatar que los críos ya se han transformado en hombres o hermosas mujeres, que es verdad que estamos un poco más viejos (no hay que exagerar tampoco) y que un día de éstos -¿Por qué no la semana próxima?- festejaremos el reencuentro.

Llegué al hospital y descubrí a mi amigo enflaquecido, que su piel colgaba por cada uno de sus miembros, su cara me era irreconocible, respiraba difícilmente:

-Tu "Chile con carne" me pondrá en pie -, dijo sonriendo.

-Y un vinito santificado -, agregué.

Y reímos. Nos prometimos reiniciar nuestros festines, inventando nuevas recetas, sin olvidar sacrificar ese cabrito que ya debía estar en los seis o siete kilos, adobarlo simplemente con vino, ajo, romero y aceite de oliva, lanzarlo en el horno del panadero de la esquina de su calle, poner unos buenos vinos del Duero a respirar y, sería lo mejor, unas papitas nuevas saltadas con cáscara y todo en grasita de ganso, lentamente hasta que el olor llamaba a la mesa, luego de haber brindado por la salud de quienes habían dejado de existir.

Sonreímos. Ambos sabíamos que bebería un nuevo brindis a su salud.

Esa tarde me dijo que partiría próximamente y me dio las llaves de su casa:

-Yo no tendré el tiempo de tirar todo a la basura que encontrarás en mi casa. Mi herencia ya está distribuida a quien corresponde. Por favor, bota todo lo que allí encuentres-, solicitó.

Uno de sus colegas, me informó el mismo día, que Jean Patrick había partido quince minutos después de mi visita.

Su vecina -la rubia con pecas, la misma que se quejaba por nuestros excesos de risas y cantos de borrachos-, se acercó a mí cuando abría la puerta del jardín de Jean Patrick:

-Señor, vuestro amigo, viene de partir acompañado de su hijita- afirmó.

-¿Cuál hija?- interrogué asombrado.

-Esa niñita, japonesa, que ya tiene por lo menos dos años.

Tanto mi Huasa como yo ignorábamos que Jean Patrick M. se había casado o bien, adoptado una niña. Me era increíble lo que decía la rubia con pecas.

-Sí, solo llevaba una maleta pequeña y a su niña. Incluso a pesar que sé que su salud no estaba buena, se fue caminando y ni siquiera pidió un taxi. ¡Y tan linda que es su niñita!,- me dijo para poner término a la conversación.

Entré a la casa y descubrí un desorden descomunal. Por el suelo se encontraban camisas, pantalones, libros medícales, objetos indefinidos, papeles arrugados, diarios amarillentos por el tiempo, correos sin abrir, unos platos sucios encima de la mesa, el olor de encierro y de enfermedad. En su dormitorio junto a su cama -¡cosa extraña!- muy ordenada y limpia, una cunita de niño, con sus cascabeles que parecían aún reproducir una melodía infantil, una maleta que no fue cerrada, como si su propietario estaba obligado partir rápidamente, sin preparar tranquilamente su viaje.

Jean Patrick agonizando partió de su casa con una niña en su brazo, su hija con su rostro de japonesita y esa boquita -me diría más tarde la rubia con pecas-, en forma de corazón y labios tan rojos, pero tan rojos, que dirían dos rubís en su piel de marfil.

¿Dónde partió mi amigo con su hija, a sabiendas que días más tarde estaría muerto?

Nunca lo sabremos.

No obstante, ese día, en su casa, en otro dormitorio al que jamás entré previamente, encontré un sillón de examen ginecológico ubicado al centro de la pieza. Me dio la impresión que encontraba un quirófano con todas las luces prendidas como si recién se hubiese realizado una operación quirúrgica. En la pieza percibí el olor característico de los hospitales, incluso el inconfundible olor de la sangre seca. En el suelo bandas ensangrentadas estaban repartidas alrededor del sillón ginecólogo y me aterroricé pensando que mi amigo había cometido un crimen espantoso, por el cual se vio obligado de huir no tanto para salvarse a sí mismo, sino que para ocultarle a su hija su feroz acto.

Al extremo de la pieza, sobre esa enorme caja impreso con la frase "Frágil" y una caligrafía que estoy cierto era japonesa, encontré yaciendo a la mujer que otrora vi por primera vez en un sillón en el centro del salón, con su calzón y su entrepiernas con un llamado insinuante, la mujer con su mirada perdida en el espacio, la misma que durante días y noches estuvo a convencerme que algo no andaba en mi manera de visualizar la sexualidad.

Esta era la segunda y única ocasión que la encontré hace tres días. Pero esta vez, la muñeca japonesa de silicón, había perdido el brillo de sus ojos de vidrio, su rostro mostraba la terror y el sufrimiento, mientras su vientre -¡Oh! ¡Su vientre!- estaba abierto de arriba hasta su pelvis, dejando ver el vacío donde en ningún caso, una muñeca de silicón, hubiese podido crear un hijo.

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