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25 de julio de 2009
Miguel Tapia G.

Ha pasado un año

Miguel Tapia G., Periodista

¡Qué maravillas me depara la vida!

Tener nuevamente un documento absolutamente en blanco en la pantalla de mi querido computador para vaciar mis visiones y sensaciones dando forma a la columna "Zona Libre" de mi amado ZonaImpacto.cl, es sinónimo de nueva oportunidad, el renacer de una expresión tan honesta como íntima... después de un año.

Han transcurrido doce meses desde que edité la última versión de este amado medio digital. Mucha agua ha pasado bajo nuestros puentes. Los hechos, atolondrados, se suceden con absoluta impunidad, teniéndome apenas como inútil testigo terciario sin poder interceder por nadie, impedido de torcer las realidades.

Mi propia suerte ha cambiado fundamentalmente en este período. He recuperado fuerzas y posiciones. Después de siete años de exilio porteño, durante el que me sucedió lo peor de lo peor, estoy nuevamente asentado en mi querido Quillota, de donde nunca debí salir. Y disfruto -como antes- de las amistades, los cariños, la cercanía familiar, el paisaje y el orden de la ciudad más linda de mi país. Me reencuentro con los olores y colores de esta ciudad vieja de gente conservadora que de cuando en cuando abre las puertas a mis locuras acogiéndome como al torpe díscolo que regresa a su cauce normal.

Nuevamente, también, tengo un empleo digno, donde reina el profesionalismo, se respetan las aptitudes y se incentivan las buenas iniciativas.

Los crímenes

Desde mi nueva estabilidad observo con mayor plenitud el transcurrir de los hechos que me conmocionan y comprometen.

Como una agenda cuyas hojas se abren inexorablemente, se han ido develando las brutalidades más escondidas de la dictadura terminada hace ya veinte años.

Los casos por los asesinatos de nuestras queridas víctimas cercanas van resolviéndose a pesar de la excesiva flojera moral de los magistrados.

Se dictó tibias sentencias en primera instancia, por la masacre ocurrida en enero de 1974 en Quillota, donde los militares encabezados por el entonces teniente coronel Sergio Arredondo asesinaron a nueve de nuestros compañeros, haciendo desaparecer los cadáveres de nuestro querido ex alcalde Pablo Gac, del abogado Rubén Cabezas y del dirigente campesino Levi Arraño. Y tal como lo anticipamos reiteradamente en este mismo espacio, los hechotes fueron quienes rodeaban a la autoridad militar de la época. Claro que falta identificar a los civiles que incitaron el múltiple crimen entregando listas de "peligrosos" a quienes había que dar de baja...

Los familiares apelaron de las mínimas sentencias dictadas por el magistrado Julio Miranda, pero transcurridos casi ocho meses, la justicia aún no resuelve.

Los crímenes del sacerdote Miguel Woodward y del constructor civil y periodista Jaime Aldoney ya no están impunes. Sus autores fueron identificados y están siendo procesados, pero los tribunales no tienen apuro alguno por llegar al final.

Igual que el crimen del querido amigo Anmtonio Llidó, sacerdote español que trabajó como religioso y activista social en Quillota; torturado, asesinado y hecho desaparecer en Santiago un año después del golpe militar. En la causa están procesados los máximos jerarcas de la ex DINA, pero la causa no avanza más allá y los asesinos directos siguen impunes. Por supuesto, la Iglesia sigue sin pronunciar palabra alguna por uno de sus pastores más preciados.

O sea, ha transcurrido un año y no se resuelven los casos de atroces violaciones contra los derechos humanos que más han preocupado a este medio digital desde su nacimiento.

Mi país

Puedo decir con serenidad que mi país sobrevive, también, con dignidad.

Hoy reafirmo mi convicción -reiterada muchas veces en esta columna- de que las Fuerzas Armadas chilenas perdieron la guerra que pretendió exterminar a la izquierda. No les resultó porque fue una contienda idiota que no ha resultado en ninguna parte del mundo, en toda su historia. Pretender extinguir el pensamiento por las armas es inútil, además de torpe, absurdo y demencial.

Los primeros objetos de exterminio por parte de la dictadura fuimos los socialistas; después, los militantes del MIR y a continuación, los comunistas y demás expresiones de la izquierda chilena.

Lo inútil de esa guerra bastarda está en evidencia, cuando los criminales que se ensangrentaron las manos están presos, escondidos o suicidados. La Nación es gobernada por una socialista, contra quien fracasaron los intentos de aniquilamiento -a pesar que asesinaron a su padre- y, por el contrario, hoy conduce la Patria con más del 70 por ciento de aprobación popular.

Los comunistas están a punto de acceder al Congreso, los militantes "reconvertidos" del MIR gozan de serena estabilidad -algunos, incluso, ocupando cargos de conducción en el país- y todos los militantes de las fuerzas de izquierda de antes seguimos llorando a nuestros mártires, pero llevando una vida digna y tranquila. Los asesinos no duermen tranquilos...

Mi país avanza, a pesar de los oscuros augurios. No nos han doblegado las plagas económicas del mundo financiero internacional ni las pandemias de origen porcino.

Los complejos avatares políticos no logran truncar el desarrollo nacional y la institucionalidad funciona no sólo para garantizar una vida quieta y estable a la población, sino también para desenmascarar, enjuiciar y castigar a los corruptos, los embaucadores y aprovechadores de la fe pública.

Dulce política

Nuestra dulce política se nos ha enredado, pero nunca tanto como para temer por la sólida estabilidad en que nos desplazamos por los días.

Es cierto que mi Partido Socialista se hace pedazos. La exitosa Concertación llegó a un estado doloroso, que exige cambios muy profundos, pero sigue gobernando.

Son vanas las sobadas de manos de la derecha chilena -feliz por el caos en el conglomerado gobernante- porque no ha logrado aprovechar nuestras debilidades, sencillamente porque la mayoría de la población no puede confiar en el extremismo conservador y económicamente ultraliberal que representa la Alianza por Chile. Ni siquiera cambiándose de nombre -a "Coalición por el cambio"- después de acoger al ex comunista y ex ministro de Salvador Allende, senador Fernando Flores.

Las encuestas de todo tipo dicen que la fundamentalista derecha chilena no logra convocar confianza mayoritaria en la ciudadanía.

Sin embargo, todo caos produce efectos renovadores.

Así, la colusión de los líderes de partidos de la Concertación para desechar propuestas innovadoras y progresistas, y luego para impedir que alguien que no les garantice cuotas de poder llegue a disputar la Primera Magistratura, se nos revela nuestro diputado Marco Enríquez-Ominami como el político joven capaz de enfrentar el conservadurismo de derecha y de la Concertación.

Marco -a quien considero amigo cercano- y su padre, Carlos Ominami -también muy cercano- decidieron dar una batalla política distinta, desafiando el desgastado orden que los conservadores de lado y lado quieren mantener.

Y están librando una contienda desigual, pero digna, en una sociedad que les abre las puertas con temor, esperanzada de que ambos -con sus adherentes y seguidores- representen la renovación que en nuestro querido Chile de hoy se hace imperiosa para avanzar más y más hacia un país acogedor, que defienda a los más desposeídos y resguarde el interés de cada uno de sus ciudadanos.

El país de hace un año no es el mismo. Pero que está más entretenido... ¡está más entretenido...!

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