Marco Enríquez-Ominami, MEO, ha inyectado refrescante aire a la política chilena, lo que se traduce en un creciente respaldo ciudadano, que busca la renovación de rostros en nuestra política. |
La preparación debe haber sido intensa y dificultosa. Pero el comediante e imitador preparó su parodia del candidato independiente a la Presidencia, Marco Enríquez-Ominami (MEO) no debe haber tenido dificultad alguna para ubicar los ámbitos de su caricatura, considerando que este tipo de personificación consiste en exagerar los rasgos de un personaje.
Y MEO tiene rasgos fáciles de identificar.
Es un tipo hiperkinético, que no puede estar sin hacer algo. Siempre pegado a su computador portátil conectado a Internet, revisa de mañana a madrugada sus correos electrónicos que contesta personalmente, al menos hasta hace poco porque ahora sus exigencias y compromiso le dejan menos tiempo. Pero lo sigue haciendo en la medida de lo posible.
Hoy, el twitter le permite comunicarse simultáneamente con mucha gente, aunque sus equipos de colaboradores le manejan al día todas las posibilidades de conexión multitudinaria por sistemas electrónicos, incluyendo -obvio- Youtube y Facebook.
De aspecto grato y juvenil, caracterizado por sus ternos oscuros, camisas blancas y corbata descuidadamente flojas, con cuello abierto, MEO tiene -y proyecta- una imagen característica personal y original.
De agilidad mental envidiable y sólida cultura, Marco tiene respuestas y propuestas para todo. Claro que su mente genera ideas a tal velocidad, que le cuesta transmitirlas verbalmente en forma íntegra. Entonces habla con una velocidad embriagadora; no alcanza a terminar las palabras y muchas veces no se hace entender plenamente.
Son defectos de su natural aceleramiento.
Pero en todo caso, escapa lejos de los cánones que conocemos de los políticos tradicionales.
MEO arrastra una historia personal difícil de homologar.
Producto del corto amor de la periodista y socióloga Manuela Gumucio y del líder del MIR Miguel Enríquez -icono de la izquierda latinoamericana, muerto en combate contra la dictadura-, Marco personifica la herencia de grandes personajes de la historia política nacional.
Su abuelo paterno, Edgardo Enríquez Fröeden, fue un gran médico y político que fue rector de la Universidad de Concepción y director del Hospital Naval de Talcahuano y al momento del golpe militar de 1973 era Ministro de Educación del Presidente Allende. Su tía Inés fue la primera Senadora de la República y el resto de los Enríquez fueron relevantes personalidades de la izquierda nacional.
El abuelo materno, el abogado Rafael Agustín Gumucio, fue uno de los fundadores de la Democracia Cristiana, pero en la década de los '60, motivado por las ideas de izquierda, creó el MAPU y más tarde la Izquierda Cristiana, colectividades que tuvieron relevante papel en el Gobierno de la Unidad Popular.
Marco era un bebé de apenas tres meses de vida cuando al sobrevenir el sangriento golpe militar, fue considerado peligro para la sociedad y, como su madre debió llevarlo consigo al exilio, se decretó la prohibición de ingresar al país.
Radicado en Francia, donde su madre formó pareja con el economista Carlos Ominami -también exiliado-, recibió formación académica en la Educación Pública gala, y a su regreso a Chile, sin saber hablar en castellano, terminó su Enseñanza Media al tiempo que se ambientaba en su verdadera patria. Luego estudió Filosofía, obteniendo su Licenciatura, y más tarde, Dirección de Cine. Se dedicó con éxito a esta última actividad hasta que su inquietud política (militaba desde 1986 en el PS) lo llevó a postular y obtener un escaño como Diputado.
Pero su vida no ha sido fácil.
Por su actividad económica, muchos le han enrostrado una supuesta inconsecuencia con la figura revolucionaria de su padre biológico, Miguel Enríquez. Él aclara que han vivido tiempos y escenarios distintos, pero igual ha enfrentado ponzoñosos detractores de izquierda.
Desde la derecha también recibe venenosos dardos por defender y representar ideas sólidamente progresistas.
A pesar de ser objeto de sistemático rechazos de uno y otro lado, MEO ha construido un ideario personal que fue colectivizando desde el Senado, llegando a transformarse en un personaje que todos coinciden que contribuye a "refrescar" la política nacional, inyectándole nuevos aires con ideas sólidas y congruentes, aunque muchas veces aparecen como incomprensibles para la aparentemente ambigua mentalidad política nacional.
Es que pocos entienden que junto con propiciar la distribución sin condiciones de la píldora del día después a las mujeres de cualquier edad que la requieran, proponer legalizar las uniones de personas del mismo sexo o estatizar el agua, plantee también abrir el 5 por ciento de Codelco al capital privado o conceder un pasadizo marítimo a Bolivia, pero sin soberanía.
Marco Enríquez-Ominami es hoy calificado como el líder del grupo de parlamentarios calificados como "díscolos".
Si se entiende como "díscolo" a un inconformista que no acata sin razonar todo lo que le plantea el "·status", Enríquez-Ominami lo es. Pero en este sentido, todos debiéramos serlo y sólo quedarían excluidos de esa definición los resignados que actúan como rebaño aceptando todo lo que planteen sus mandamases.
Pero si nos remitimos al Diccionario, que define al díscolo como "desobediente, que no se comporta con docilidad", habría que coincidir en que la definición no es exacta.
Marco es un cuestionador, no un desobediente. Toda idea la somete a su personal análisis, no la digiere sin revisar. Efectivamente, no es dócil. Pero tampoco es una persona que se oponga a todo, porque de otra forma no se entendería que haya votado a favor de prácticamente todas las iniciativas legales del Gobierno de la Presidenta Bachelet.
Se le ha considerado "díscolo" por su capacidad analítica, que no le permite acatar las propuestas a fardo cerrado, de buenas a primera. Y por proponer iniciativas que no están en el programa de la Concertación, pero que son sentidas inquietudes ciudadanas que otros no se atreven a plantear. Allí se inscriben propuestas como debator el aborto terapéutico, lo que no significa impulsarlo, o debatir un profundo cambio en la institucionalidad política.
La idea de MEO es que nada quede excluido del debate público; es decir, que nuestra sociedad -a partir del Parlamento- no debe negarse a discutir sobre ningún tema, pues la ciudadanía se enriquece con el debate y sólo de la polémica pueden surgir iniciativas que representen los intereses de las mayorías nacionales.
Lanzado en campaña electoral presidencial, hay sectores de la derecha que respaldan sin reservas la candidatura de Marco en la esperanza que divida a la Concertación y permita el triunfo del derechista Piñera en la Primera Vuelta.
Pero el oficialismo está arrojándole dardos al por mayor, sin ningún disimulo y sin razonar que casi todo el respaldo que obtenga en diciembre, pasará en la Segunda Vuelta al oficialismo... si es que no pasa él a la definitoria del 17 de enero.
Las saetas del oficialismo van desde manifestaciones tan sutiles como su escasa presencia en el diario estatal La Nación, donde sus columnistas se esmeran en desdibujar su imagen, hasta otras demasiado evidentes, como la magnífica imitación del humorista Krammer en Televisión Nacional, que fue muy divertida, pero que lo hizo aparecer como el marihuanero que MEO jamás fue. Al contrario: ha reconocido, como otros personajes honestos, que alguna vez fumó marihuana, pero también resalta que por haberla conocido, es absolutamente enemigo de su consumo y recomienda a todos los adolescentes y jóvenes no imitar su experiencia.
La figura de MEO no es un fenómeno, como se le hace aparecer en muchos medios. Al contrario: es la consecuencia de los tiempos, el producto del extremo autoritarismo de los dirigentes de partidos, el refrescante desafío a una oligarquía -gobierno de unos pocos- que se ha entronizado en el poder y pretende seguir manejándolo, y la respuesta al clamor ciudadano por renovar la política chilena, que requiere profundos cambios, partiendo por el reemplazo de los viejos dirigentes que dominan los partidos desde antes de la dictadura, por personajes nuevos y refrescantes.
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