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25 de julio de 2009
Prostitución

Las pecadoras

Por Chiara Roggero
De: Pobres Hombres / El Comercio, Perú

Qué fácil la tenía Eva. Tenía todo un paraíso para ella sola, no tenía que preocuparse por qué ponerse porque con un par de hojitas se hacía su "outfit" para el día y para colmo estaba con Adán (que por lo que vi en las figuritas de Navarrete era de lo más guapo), a quien tenía comiendo de su mano. Nada de pagar facturas a fin de mes, nada de manejar en el tráfico; Eva tenía todo para ser feliz, pero como toda buena mujer, Eva... pecó.

Ella al igual que yo, y al igual que todas las mujeres, somos unas pecadoras y ese estigma no se borra ni con el detergente de Diego Bertie ni con borrador de papa.

Yo no sé si existe alguien en esta tierra que conduzca su vida esquivando los populares pecados capitales.

Dudo mucho que una persona pueda estar libre de todos ellos y si hablamos de las mujeres, de las dulces pecadoras como dice la canción, dudo aún más que exista una que esté libre de polvo y paja cuando se trata de cometer pecados. Y antes de meterme en problemas, quisiera que quede claro que este post nada tiene que ver con asuntos religiosos. Si les llamo "pecados" a los excesos que podemos cometer, es porque así les ha puesto quién sabe qué lingüista, digamos que es una convención cultural, nada más que eso.

Yo no soy de las que cree que por cometer un pecado estaremos condenadas a ser unas malas personas y a cargar con esa cruz por el resto de nuestras vidas. Yo no creo que el tío de la puerta... ¿cómo es que se llama? ah sí, San Pedro, no nos vaya a permitir entrar al Cielo por haber pecado una que otras miles de veces. En todo caso, si tiene esa autoridad, mejor que se busque otra chamba, porque eso de estar sentado en un banquito todo el día me recuerda al pecado de la pereza, pero en fin, ese es el roche de Saint Peter, no el mío.

Pero claro que no todas las mujeres cometemos todos los pecados, o quizás sí, pero hay unos en los que caemos con mayor facilidad; mientras que algunas somos profesionales en la gula, otras lo son en la soberbia. Entonces digamos que este post intentará describir cada pecado en relación a los comportamientos femeninos para que ustedes, mis adorados y sobones lectores, puedan identificar en cuál de ellos su mujer suele caer con más persistencia. Como son siete pecados, dividiré este tema en distintos posts para que ustedes puedan completar el rompecabezas y ubicar a su mujer en el pecado que mejor le calce. ¿Estamos listos entonces? Comencemos pues con el pecado de la gula (es que no he almorzado).

¿Alguna vez han visto a una mujer devorar platos y platos de comida? ¿Alguna vez han sido testigos de la voracidad que puede tener una mujer cuando se trata de engullirse una hamburguesa en cuestión de segundos? ¿Han podido observar a una damisela salpicarse la cara con mayonesa y mancharse las manos con chocolate para luego lamerse cada dedo como si fuese lo último que fuera a comer en su vida? Pues bien, entonces podemos decir que estamos frente a un cuadro inevitable de gula.

Y es curioso que las mujeres caigamos en ese pecado porque no es un secreto que todas --o ya, bueno, la mayoría-- vivimos obsesionadas con el peso, contando las calorías para no engordar, separando los carbohidratos de las grasas y las grasas de los dulces, todo por esta manía casi enferma de mantenernos flacas, regias. Pero a pesar de esa hostigante obsesión, hay días en que simplemente los apios, brócolis y perejiles nos llegan a las puntas de las... orquillas, y decidimos comernos todo. Por un momento nos olvidamos del cuerpo de modelo que soñamos tener y con todo el cuajo del mundo le damos pase a un desfile de grasas a nuestro confundido estómago.

Definitivamente yo creo que estos arranques de gula ocurren siempre por algo: por aburrimiento, depresión, rebeldía pero casi nunca por hambre. Es una forma de maltratarnos y consentirnos al mismo tiempo y todo a vista de ustedes, que nos miran sorprendidos al ver la capacidad que tenemos para servirnos un tercer pedazo de pastel, una cucharada más de puré, un pocotón más de arroz.

Siempre quise ser una devoradora en la primera cita pero nunca me he animado a serlo. Es decir, cuando un chico a quien apenas acabo de conocer me invita a un restaurante bonito, siempre suelo pedir una ensalada o en todo caso decido dejar la mitad del plato, simulando que mi estómago es pequeño o que mi nutrición está muy cuidada. Pero si esa relación se desarrolla, ese pobre muchacho engañado se encontrará luego con una mujercita que paga un sol más para que le agranden las papas fritas y gaseosa, una muchacha que tiene el estómago de Pedro Picapiedra o de Gigantón. Pero claro, en la primera cita no hay forma de que me pida el plato más grande, no hay manera de que me abalance a la canasta de panes ¿y el postre?... no gracias, no soy muy dulcera... ¡Ja! ¿Se puede ser más hipócrita?

¿Y qué les parece si ahora pasamos al pecado de la lujuria? Debo confesar que es un pecado que me cuesta entender, que se me presenta ambiguo a pesar del diccionario y las enciclopedias, sobre todo cuando trato de relacionarlo con las mujeres. Porque si nos vamos a la historia, los grandes lujuriosos siempre han sido hombres: Enrique VIII o Calígula, grandes ejemplos de ello, hacían que sus vidas girasen alrededor del sexo más sucio, teniendo encuentros sexuales con ritos extravagantes y escondiéndose por días en orgías deschavadas.

Pero haré el intento de venir a nuestros días e imaginar a una mujer lujuriosa. Para comenzar la palabra lujuria viene de "lujo", así que podríamos asociar a ella a todas las mujeres que no se conforman con poco o más bien que siempre quieren más de lo que tienen. No quiero entender la lujuria solo como algo sexual, creo que se trata de una actitud incansable, insaciable, donde siempre se está buscando obtener más y más de lo que ya se tiene. Alguna vez escribí de las "chupasangre", supongo que ellas encajarían perfectamente con este pecado. Pobres hombres de billeteras adelgazadas y todo por complacer los lujos de una mujer que siempre quiere un nuevo par de zapatos, una nueva cartera o un nuevo collar.

Pero si se trata de relacionar la lujuria con el sexo pues he de confesar que necesito de su ayuda lectores míos. Necesito que me cuenten si alguna vez se han topado con una mujer que estuviera tan obsesionada con el sexo que nunca estuviese satisfecha con lo que ustedes, con tanto amor, esfuerzo e hidalguía, le podían proporcionar. Sé que el sueño de muchos hombres sería encontrar a una mujer que lo único que tuviera en la cabeza fuera sexo ¿pero se han puesto a pensar realmente lo complicado que sería eso?

Por ahora hemos desarrollado dos pecados, la próxima semana y por el mismo canal seguiremos con otros pecados y ustedes estén bien atentos a cada frase porque su misión es encontrar ese pecadillo en el que su mujer suele caer con más frecuencia, ya verán por qué se los digo, ya verán cómo esa deducción los ayudará en un futuro, pero para eso hay que tener paciencia y volver para leer los próximos posts. ¡Hasta la vista baby!

Un comercial que cuenta una historia distinta de Adán y Eva, tal vez una venganza hacia Eva por morder esa manzanita que nunca debió morder.

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