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25 de julio de 2009

El niño y el pez de oro

Por Gabriel Morales Wilson

A Víctor Musa y a su Julia.

Existen instantes mágicos en la vida; por ejemplo, cuando nos encontramos en un lago de Estocolmo, ahí, cerca de la casa de uno de los miles chilenos que han fijado su residencia en el país de las sombras largas, en el país donde el cielo se mira en miles espejos de agua, en el país donde en otoño los bosques nos iluminan con fuegos de artificios de colores o bien, si miras con atención hacia el Polo Norte, deslumbrarte con la aurora boreal y así, entonces, oír: "Escucha la sinfonía del Universo, descubre la inmensidad del Espacio, mira el silencio y admira la Belleza que no necesita hablarte, escucha, solamente escucha la sinfonía del Universo..."

En mi reciente visita a Suecia, a fin de recuperar esa juventud de treinta años atrás, abrazar a la Lula, al Negro Mentiroso y Fantástico, buscar la imagen del amigo precozmente desaparecido -Pedro Callejas-, pasar a la residencia definitiva del tío Guillermo y de mi tía, S.A.R. Princesa Doris Wilkinsson, saborear algunas tardes magníficas con los compatriotas -los "cabros" del barrio-, y conocer a los fundadores de la Editorial "Senda" (que han tenido la gentileza publicar estas "Crónicas desde el País de Ys"), tuve la gran fortuna de conocer a dos personajes de cuentos: "Los Gatos Voladores" y, principalmente, a "El Come-Mocos", un pergenio apenas de este porte y que ya se cree grande y que tiene el derecho de tutearte en sus once años y la personalidad de un hombre que ya conoce el mundo y sus alrededores.

De costumbre salgo a caminar al atardecer, cuando el sol en su ocaso nos muestra el famoso "rayo verde", momento en el cual los pájaros se despiden gentilmente, la luna comienza a llorar su amado que se perderá en el horizonte, los ríos que no van siempre a la mar y los peces sacan sus cabezas para recitar conmigo la oración que viene del pasado: "Gracias por el día de ayer. Gracias por el día de hoy. Gracias por el día de mañana". Entonces, paso a paso, me digo, además: "Un paso más... un paso más... sólo un paso más... Es todo lo que pido, un paso más..."

Justamente. Era la frase que decía cuando lo vi sentado en una piedra enorme, colgando sus piernas condecoradas en sus rodillas con sus respectivos parches, una camiseta, seguramente de un futbolista sueco, un gorro con la insignia del Colo Colo y en las dos manos, una rama, una simple rama recientemente arrancada al borde del lago con el extremo un cordel blanco y al otro, hundido en el agua.

Nosotros, los pescadores (además de "pecadores"), estamos acostumbrados que no falte un curioso que nos haga la misma pregunta: "¿Y están picando?" O bien: "¿Qué tipo de pescado hay aquí...?" De tal manera, seguí mi paseo pero no pude dejar de cuestionarme: "¿Este bandido logrará pescar con esa caña improvisada, como en mi propia infancia, con un coligüe y una pitilla amarrada y como anzuelo un alfiler doblado?"

Sentí su mirada en mi nuca. Seguramente criticaba porque rompería su tranquilidad, justo cuando estaba convencido que el pez que nunca nadie pudo atrapar, estaba ahí al alcance de su anzuelo y su esperanza, esa de llegar a la casa con un pescado de oro, enorme, con escamas de piedras preciosas y con ellas ofrecerle a su madre el collar que nunca tuvo, el oro con el cual su padre construirá la casa que quedó sólo en los cimientos, allá, en ese país que no ha conocido y al cual no quiere ir, porque allá, dicen, los asesinos caminan libres por las calles, vanidosos por sus medallitas de bronce y su ocultada cobardía.

Me detuve a unos treinta metros y desde allí decidí observarlo. A unos cuantos pasos vi unas callampas que exigían cogerlas y luego lanzarlas en la sartén, con un poco de aceite de oliva y una pizca de ajito nuevo, unas ramitas de perejil. Los caracoles se paseaban como por su casa y también, provocándome, me gritaban: "¡Píllame si puedes, tíranos al horno o a la cacerola, a la catalana o al estilo de la Borgoña, pero qué esperas, cómenos, cómenos por favor!"

El día aún nos dejaba unas buenas horas de luz. Contemplando la Naturaleza, me digo que el tiempo debería quedarse siempre en el instante mágico, cuando eres capaz de olvidar lo que quieres olvidar y, al mismo tiempo, soñar lo que quieres soñar. El chiquillo seguía sosteniendo su rama y sus ilusiones y de vez en cuando me miraba de reojo, rogando que ese viejo de mierda se fuese de una bendita vez, porque podría robarle su pescado de oro y así -¡Viejo de Mierda!- dejaría a sus padres sin sus regalos bien merecidos.

Decidí imitarlo. Cogí la primera rama que estuvo a mi alcance y sacrifiqué mi pañuelo, con el cual amarrando cada tira, logré una cuerda de un metro y tanto. Al extremo, como carnada, amarré una piedra, una simple piedra de cuarzo amarillado por el tiempo. Con gran gesto de pescador de gran experiencia, lo lancé como si hubiese alcanzado al centro del lago.

El chiquillo quedó atónito: "¡Viejo de mierda y más encima loco!"

¿O acaso sabía cómo pescar el pez de oro, este viejo de porquería? ¿Conocía la técnica para atrapar la riqueza?

Sabía que estaba inquieto. Le di la espalda para tranquilizarlo. Noté pasar las nubes reflejadas en el lago, iban hacia el sur, cargando rostros y formas del pasado, algunos eran enormes puntos suspensivos, otros comas, puntos y comas, versos, poemas enteros, bastaba traducirlos en el idioma universal de la ternura, con el cual converso con la Belleza que jamás me ha abandonado.

- ¿Hablas español, no es verdad?- lo escuché preguntarme desde mi espalda.

- Solamente el chileno-, respondí sin darle cara.

- ¡Ah! ...Como mi papá y mi mamá.

Bastaba verlo con su rostro donde se encontraban los rasgos de nuestro mestizaje, sus ojos casi negros, el pelo como clavos apuntando el cielo, y esa inconfundible mirada de niño en la cual puedes encontrar la picardía, la curiosidad y la inteligencia.

- Es primera vez que veo pescar con una piedra-, señaló mientras indicada con el dedo el agua.

- A veces me resulta, otras veces no-, respondí.

- ¿Y qué pones tú?

- Migas de pan.

- ¿Y pican?

-¡Siempre! Incluso tengo un pescado así de grande-, abriendo sus brazos.

- ¿Y tú, de qué tamaño?

Interiormente sonreí y me di cuenta que hacía años que no me sentía tan feliz.

|- ¿Cómo te llamas?-, dije a cambio de la respuesta una pregunta.

- Rodrigo, pero los cabros me dicen "El Come-Mocos."

- ¿Aceptas que te llamen así?

Se paro y sacó el pecho: "¡Que se atrevan!"

No pude evitar de reír. Comenzamos hablar como sabemos hablar entre niños, riéndonos de nuestras leseras, nuestras mentiras-verdades (la imaginación de los niños siempre es auténtica), de nuestros padres, de los abuelos, de quien era el campeón para tirar lejos la piedra en el lago, quien era mejor para los combos, el más bandido en la clase, el que mete más goles, el que inventa la historia más increíble, el que será primero en llegar a las estrellas...

"El Come-Mocos" se instaló a mi lado y lanzó su línea en el lago. Durante un par de horas quedamos ahí en silencio, mirando más allá de la transparencia del agua, posiblemente sin pensar en nada, sólo quedarnos ahí con las piernas colgando, esperando, esperando.

- ¿Pero qué quieres pescar con la piedra?- volvió a la carga.

- Ya lo tuve-, le respondí.

- ¡Pero no has pescado nada!-, rió con enormes carcajadas.

- ¡Tú sí que no has pescado nada!-, burlé.

- ¡Porque nos es fácil atrapar el Pez de Oro!-, expresó seriamente.

- ¿De que pez de oro estás hablando?

"El Come-Mocos" se dio cuenta que había abierto demasiado la boca y su cara mostró la tristeza que lo embargaba. Para tranquilizarlo, una vez más, le dije que estaba seguro que un día de estos lo tendría en sus manos, que sería más grande de lo que él se imaginaba, bastaría tirar el anzuelo allá, al centro del lago, donde es lo más profundo, ahí donde duermen las hadas, los gigantes que te trasladan en sus hombros por todo el mundo, la princesa que espera que un día seas su príncipe, ahí donde están las perlas que ornarán el hermoso cuello de tu madre, el que dará el barco a su padre que lo llevará a su país y terminar así la casa que quedó en los cimientos y él, "El Come-Mocos", descubrirá que en esa tierra que no lo vio nacer, también hay hombres y mujeres de buena voluntad y otros niños que allá, de la cima de la Cordillera, ven nacer el sol, la luna y duermen juntos en la mar-océano, cuando nadie los ve.

Al verme decidir partir, insistió: "Pero, dime: ¿Qué es lo que has pescado, cuando no llevas nada en las manos?"

- "Sí, recuperé la Esperanza y un nuevo sueño"-, le respondí con mi sonrisa de niño.

Y me fui camino donde me esperaban los cabros del barrio y sus historias de nunca acabar.

Estoy cierto que "El Come-Mocos" también atrapará su propio Pez de Oro, cuando llegue el momento.

Estocolmo, Suecia, octubre 2008.

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