Dick Cheney, Vicepresidente estadounidense durante el gobierno de George Bush. |
Por Idoya Noain / Nueva Cork
De: El Periódico de Catalunya
Durante sus cinco primeros meses en la Casa Blanca, Barack Obama y sus más íntimos asesores han intentado resistirse a las distintas voces que clamaban por una investigación de los presuntos abusos de autoridad de la Administración de George Bush, especialmente en nombre de la lucha contra el terrorismo y la seguridad nacional. Pero esa posición, basada en la necesidad de centrarse en el presente y el futuro más que en el pasado, empieza a ceder ante la creciente presión que están creando las nuevas y problemáticas revelaciones.
Obama tiene cuatro frentes abiertos que cada día se confirman como más difíciles de contener. El más reciente se ha hecho ineludible en las últimas horas, cuando se ha desvelado que durante siete años, y por orden del exvicepresidente Dick Cheney, se mantuvo oculto a los líderes del Congreso un plan de la CIA enmarcado en la lucha contra el terrorismo. Fue el actual director de la agencia de espionaje, Leon Panetta, quien informó a finales de junio al Congreso de ese plan y de su ocultación, llevando a líderes demócratas en las Cámaras como los senadores Dianne Feinstein y Richard Durbin a hablar de «un gran problema» posiblemente «ilegal».
No son esas las únicas revelaciones que están desequilibrando la agenda política de Obama, que consciente del peso del primer año de mandato ha intentado hasta ahora enfocar sus esfuerzos en la economía, la lucha contra la crisis, la energía y el clima, y la reforma del sistema de salud (en este sentido, ayer presentó a su inspectora general de Sanidad, Regina Benjamin).
En una entrevista con la CNN que se emitía anoche pero de la que se ofrecieron adelantos, Obama reconocía que ha encargado a sus servicios de seguridad nacional investigar las acusaciones que apuntan a que la administración de su precedesor miró hacia otro lado ante los posibles asesinatos de cientos de prisioneros talibanes en el 2001 por el general Abdul Rashid Dostum, un señor de la guerra afgano que contaba con el apoyo de la CIA. En la entrevista Obama admite que esa matanza, de la que primero dio noticia ya en el 2002 la revista Newsweek, «no ha sido investigada adecuadamente».
El giro al que se está viendo abocada la Administración de Obama se constata también en uno de los asuntos que más han dañado la reputación de EEUU en los últimos años: el uso de torturas -o, como los denominaba el anterior Gobierno, «técnicas de interrogatorio ampliadas»-. Pese a haberlas condenado abiertamente, Obama prefería hasta ahora contener la exposición pública de documentos clasificados relacionados con el escándalo.
El razonamiento, el mismo que sostenía su apuesta por la mirada al presente y no al pasado, es que podía alimentarse un debate partidista en el Congreso, una controversia que podía dar combustible a los republicanos dispuestos a acusarle de poner en peligro la seguridad nacional. Incluso la oposición más moderada en este tema, encarnada en el senador John McCain, insiste en que una investigación no aportaría beneficios. «¿Cuál sería el resultado positivo de airear y ventilar detalles de lo que ya sabemos que ocurrio y nuca debería haber ocurrido?», se preguntó retóricamente el rival de Obama en la campaña electoral.
Hasta ahora, el fiscal general, Eric Holder, se ha alineado con Obama y se ha mostrado reticente a iniciar investigaciones formales. Pero ahora parece que el máximo responsable de Justicia -que quedó «conmocionado» al llegar al cargo y descubrir algunos informes sobre el tema- se inclina por nombrar un fiscal especial para investigar el uso de torturas en la campaña antiterrorista. Es una posición incómoda para Holder, dividido entre la fidelidad al presidente, de cuyo equipo forma parte, y la responsabilidad de aplicar con neutralidad las leyes
El cuarto frente abierto para Obama es el del espionaje a los propios ciudadanos estadounidenses, pues hace unos días se hizo público un informe de cinco inspectores generales sobre el programa de escuchas sin órdenes judiciales que llevó a cabo la Agencia de Seguridad Nacional, un documento que sacó a la luz varios programas de espionaje secretos durante los años de Bush en la Casa Blanca. La presión crece.
Hace unas semanas, el exvicepresidente Dick Cheney era omnipresente en Estados Unidos, inmerso en una intensa ronda de entrevistas para defender al Gobierno de George Bush y atacar a Barack Obama, cuya oposición a las torturas llegó a calificar de «extremadamente imprudente». Ayer, cuando surgían nuevas revelaciones del plan antiterrorista de la CIA que él ordenó ocultar al Congreso, era un hombre desaparecido.
The Wall Street Journal desveló, gracias a fuentes anónimas de la actual Administración y la precedente, que la CIA llegó a invertir en planificación y hasta entrenamiento para acometer el polémico plan de capturar a miembros de Al Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre. Una pequeña unidad llegó incluso a estudiar la posibilidad de asesinatos selectivos de terroristas con comandos que emularían las operaciones de Israel tras los ataques en los Juegos Olímpicos de Múnich. «Era algo sacado de las películas», asegura una de las fuentes. Según el Journal, tanto Bush como Cheney rechazaron la idea, descartada a los seis meses de empezar a estudiarse.
Sí se redactaron unos cables que autorizaban asesinatos de objetivos específicos en Afganistán. Uno de ellos daba luz verde para «matar al verlos» a ciertos líderes de Al Qaeda. Y cuando Bush dictó una orden que autorizaba la captura de jefes terroristas, permitía matarlos si detenerlos era demasiado peligroso.
Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso