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07 de julio de 2008

“Dreamtime”: el ultimo viaje

Por Gabriel Morales Wilson

Los errabundos como yo, lo sabemos: conocemos cuando partimos, pero no cuándo regresaremos. Desde el momento que hemos perdido las huellas en el país que nos obligaron a dejar, ya no nos importa dónde o cómo viajaremos, ni tampoco por qué; simplemente, echar un par de mudas en el bolso que nos acompañará incluso al otro lado, allá en el cual -siempre digo- reencontraré a los míos, que me han precedido en busca del Cosmos, y partir, simplemente partir y olvidar lo que es imposible olvidar: los paisajes de la patria íntima que ya dejó de existir.

Y la imagen grabada en la juventud perdura pese a la memoria fatigada en esta maldita vejez temprana. Todo se fue, todo se va, lo que viene es solo una "llapa" de vida, cuando en cada nuevo día encuentras un nuevo dolor, tratando de convencerte que a pesar de todo aún guardas el espíritu de chiquillo. Sin embargo, vistes las canas y el bastón que afirma tu paso inseguro, aunque empuñadora de plata se oxida junto a ti, y el palo ayer tan orgulloso, hoy es atacado por las termitas y a mí, al mismo tiempo, los huesos se deshacen por la osteoporosis.

Entonces nos decimos que el próximo viaje nos devolverá las ansias de recuperar los sueños de la infancia, mandar a la cresta los achaques, olvidarse de tal o tal medicamento, dejar que la Naturaleza obre en consecuencia, ¡al diablo los consejos del médico de turno!, convencerse que el paisaje que nunca vi anteriormente me devolverá, al menos por un instante, la belleza de mi país, el país que ayer lo fue y me lo destruyeron vendiéndolo metro a metro, contaminándolo, asesinando la esperanza de los que creyeron que un día ayudarían a la creación de la sociedad de los hombres libres.

Fuimos los perdedores de una batalla. Posiblemente, estamos perdiendo, además, la guerra. Los vencedores con o sin uniforme, asociados a los que ayer nos llevaban al matadero cantando sus nombres y cuales nos habían vendido una puta vestida de virgencita, se vanaglorian por su medallitas en un combate sobre un pueblo desarmado y los paquetes de dólares que engruesan sus cuentas bancarias en los paraísos fiscales, mientras sus sirvientes recogen las migas del banquete afirmando: "Hoy estamos por la sociedad de libre mercado..."

Los tiempos del sueño

Por eso me dije: "Este es tu último viaje en el país de los Tiempos del Sueño". Australia.

En efecto: durante decenas de años he vivido en mi universo onírico, incluso cuando ponía los pies sobre la tierra, en el país que fuese. Si enumerara lugares, partiendo por un modesto caserío hasta una enorme metrópoli, olvidaría más del sesenta por ciento. En cambio, puedo recordar tal amiga o amigo, o ese paisaje que me han permitido brotar lágrimas de emoción frente a magna hermosura, esas lluvias en Madagascar, las grutas cantantes en Asia Menor, los bosques en Siberia o los Cárpatos, los ríos que nacían en el Himalaya mientras buscaba el Yeti de las nieves, los poetas que escribían con pinceles cargados con agua para dibujar esa magnífica caligrafía china sobre las piedras calentadas por el sol estival en un parque de Pekín, las sabanas y sus hierbas bailando con el viento del sur, en África, algunos pequeños detalles en cualquier parte, como por ejemplo, esa flor que parecía un copihue y no lo era, en lo más profundo de un desierto, que por supuesto tampoco era el mío, pero que me hizo comprender que moriría con el alma devastada por la nostalgia.

Todo se olvida cuando quieres únicamente conservar en la memoria lo que has realmente amado. Y nada más.

En el viaje sin rumbo fijo, no nos importa dejar testimonios. Basta decirte que cualquiera que quisiera vivir igual experiencia, les bastaría echar un par de prendas (o con lo puesto) y partir. Lo que has visto o has conocido, es de tu patrimonio personal. ¿De qué vale describir tal o cual paisaje, en tal y cual país, cuando jamás lograrás de compartir realmente la vivencia auténtica del momento? ¿Puedes compartir el beso de tu amada?

Cuarenta mil años soñando

Llegar al País de los Aborígenes que habitan hace cuarenta mil años la Isla Más Grande, Australia, no es para encontrar a las razas inmigrantes, ni siquiera saber cómo ni cuándo, especialmente los ingleses (especialistas en diezmar a los aborígenes en sus tierras conquistadas) desembarcaron con fusiles y pestes, sin lograr todavía destruir el sueño de los auténticos nativos que hoy -demasiados-, deambulan como fantasmas por las calles o los caseríos con la botella vacía en la mano y el alcoholismo barato que les destruye el vientre y el alma.

Desde que el único gringo-chileno. "George" y su Silvia Weber me trajeron una pintura aborigen proveniente del desierto australiano y un ópalo para la Huasa, decidí ir un buen día de esos a encontrar a los artistas de las colinas ocres y los bosques de eucaliptus, conocer la significación espiritual de esas pinturas extraordinariamente estéticas en su simplicidad.

Los aborígenes poseen una manera particular de sentir la tierra donde comparten con los otros grupos la concepción del "Dreamtime". Es lo que quería descubrir.

Dreamtime -a pesar de ser una expresión europea adoptada por los aborígenes- nos envía a la creación de la génesis del mundo. "El Tiempo del sueño" comienza bajo la acción de un Creador de Numerosas Cosas llamado "Baiame". Él hizo llegar a la Tierra a los Antepasados, capaces de cambiar de forma, que darían la vida a la llanura estéril y plana.

Las vivencias de los Antepasados durante los Tiempos del Sueño, cambiaban incluso la forma del paisaje. La gente y los animales que efectuaban actos considerados como tabúes se transformaron en bahías y ríos, a menos que no fuesen escupidos sus huesos para formar roquerías o colinas. De las aventuras de los antepasados nacieron entonces las colinas, plantas y animales, el sol, la luna, las estrellas. Una vez terminada su tarea, los antecesores se transformaron de nuevo en animales, en estrellas u otros objetos. Para los aborígenes australianos, los "Antepasados" siguen presentes bajo las formas que hechos se vistieron en el fin del Tiempo del Sueño.

El Guardián del Sueño

Cada artista que conocí me contó acerca de su propio Tiempo del Sueño transmitido oralmente por sus padres, por su respectivo grupo social. Es la manera de conservar su cultura, amenazada de extinción por la "civilización" del blanco. Así, desde la más joven edad, las historias relatadas juegan un rol primordial en la educación de los niños. Relatos que les ayuda a explicar cómo nació la Tierra o fue habitada e, igualmente, entregarle enseñanzas de qué manera comportarse. De tal modo, mantienen su cultura viva. Cuando los niños llegan a jóvenes adultos, se les revela aún más acerca de su historia y, más tarde, en su turno, asumen la responsabilidad de transmitir los "Sueños" a las generaciones siguientes.

Es así que el Tiempo del Sueño ha sido transmitido durante miles de años.

Es lo que encontré asimismo en la pintura grabada en cortezas, sobre la arena, en las cavernas y, actualmente, en telas. Alguien diría: "Cuarenta mil años de Sueños nos emocionan con la paleta de un Pueblo".

Es lo que fui a buscar, pese a los achaques, a veinticuatro horas de vuelo para ir y otras tantas para regresar. Encontrar, en lo más diverso de un continente que hasta el mes pasado me era desconocido, aunque no ignorado, mi Tiempo del Sueño y luego, dibujarlo con un pincel cargado de agua sobre el pavimento recalentado por el calor del verano, mi propia historia, que se esfumará al instante mismo cuando hice el último trazo, a sabiendas que llevo al Cosmos Familiar mi "Sueño" que jamás se habrá terminado.

En cambio, dejaré a los hijos para que perduren la historia familiar y yo me transformaré en la savia de la "Araucaria Mía", la que un día cortó las raíces y hoy recorre el mundo contando las aventuras del Hombre Que jamás Dejó De Ser Un Niño: Soñando.

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