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Jaime Hales
Las cosas resultaron de este modo: ambos en el departamento de Hassán. Ella, portadora de ojos hermosos, sentada frente a él, en coqueto sillón para dos, tal vez un poco siútico sin esa joya de mujer en los cojines. Los ojos, grises en ese minuto, clavados en él, que, desconcertado, se sentía obligado a dar una respuesta.
Sentados frente a frente, él en su alfombra mágica, ella en el sillón, sabiendo ambos, sin embargo, que, poco a poco, tal vez por el raso, tal vez por las intenciones y la conversación, llegaría a la misma alfombra, inerme, expuesta a riesgos este escritor mágico, mercader de todos los tiempos, viajero de las palabras y encantador de serpientes.
Ella lo miraba con ojos que fueron pardos en algún instante, según pudimos haberlo jurado si acaso se nos hubiera pedido testimonio, aunque terminarían siendo grises. Otros, los mozos que servían el cóctel y los pintores más experimentados, habrían de recordarlos como negros, tal vez como símbolo de la amenaza cernida sobre Hassán.
Aquel día se inauguraba la exposición de nuestro amigo Ludwig, un pintor maravilloso, gordo, nerudiano, gozador, comunista, religioso, generoso. Terminado el acto oficial y en medio del jolgorio adecuado a los artistas, Hassán recibió una mirada fuerte, caliente, insistente. Volvió discretamente su rostro a la derecha y vio esos ojos cuyo color y tonalidad produce desacuerdos todavía, luminosos, despidiendo energías completamente nuevas. Sólo vio ojos, brutales por su textura y carnosidad; dramáticos por el colorido y la calidez; trágicos, por las preguntas que portaban.
Hassán trató de alcanzar el vino blanco para negar esa mirada. Intuía que algo peligroso venía en camino y comenzó a embriagarse a la mayor velocidad.
La muchacha tras esos ojos multitonales, se abrió paso entre nosotros, hasta quedar frente a Hassán. Mágica, cadente, pisaba sin pisar, la ropa marrón y negra ceñida, oliendo a sexo y a café, hombros desnudos, brazos desnudos, ojos completamente desnudos, los pezones enhiestos luciendo pasiones pendientes, al borde de la locura total. Acercando su rostro al del escritor, dijo una sola frase, con las pa-labras lentas, saboreadas y la voz joven y consistente:
- ¿Es Usted...?
Había dicho "usted", forma respetuosa que en este ambiente sólo estaba permitida con el Ministro o con los viejos.
- ¿...quién ha escrito...?
Levantaba en su mano derecha, con solemnidad sacerdotal, un ejemplar del primer libro de Hassán, portada en sepia y tramas, que él vendió de uno en uno en el Parque Forestal, hacía demasiados años.
- ¿...estos cuentos?
El énfasis de la palabra "estos" le hizo temer reconocerlo. Pero no tuvo alternativa, puesto que mientras él se aterraba - y eso lo vimos todos en su mirada y el color cetrino de su rostro- nosotros dijimos un "sí" contento, con las miradas picantes, un "sí" orgulloso de ser amigos de Hassán, un escritor al que las editoriales le financian sus obras, como a Donoso o a Edwards.
- Si, dijo sonriendo tras el terror.
Y entonces la voz de la mujer, intensa y sensual, excitante, provocadora, joven, comenzó a leer del libro que tenía en la mano:
- "¿Te la tiraste?, dijo el mayor de los amigos, que percibía la excitación bajo su pantalón. Pero el trovador, maduro y joven a la vez, respondió: "Yo no me tiro a nadie, ni le hago el amor a nadie. Yo hago el amor con la mujer que amo. Con cada mujer que amo. Juntos construimos un espacio nuevo, escribimos con nuestros besos un poema...".
- Si, yo lo escribí.
- ¿Y usted cree, entrecerrando los ojos como el fusilero que prepara el disparo, que se puede escribir esto y andar tranquilo por las calles?
Nosotros reímos a carcajadas y vimos que la mujer se acercaba a Hassán, hasta tocarlo con sus pechos, cimbreante la cintura, firmes las nalgas, brillantes las caderas.
Lo empujó con los pezones, lo rozó con las rodillas, se afirmó en los tobillos adornados de bronces, piedras, colgajos y sonajeros, agitó los pies libres en chalas livianas, avanzó sobre Hassán estrechando el contacto, él retrocedía asustado. Nosotros reímos ante el espectáculo y nos desplazábamos con él que retrocedía hacia la puerta, presionado por ella y nosotros.
Al llegar a las puertas del museo, alguien gritó "a la Tasca" y en una gritadera fenomenal, mientras ella blandía el libro, empezamos a caminar, gozando, gritando "traigan a Fulano, avisen a Zutano". Se prometía una noche de juerga, tal vez pagaría Hassán.
"Hermosa muchacha", dijimos coincidentes cuando pasó el primer momento, aunque no faltó quien agregara: "hermosa jovenzuela, pero impertinente al abordar así a un escritor tan importante como Hassán".
Ella sacudiendo el pelo enérgicamente, lo había lanzado al interior de un pequeño automóvil. Así, Hassán, cuentista y recitador, fue secuestrado por esa mujer cautivadora, hurí desquiciadora, musa sorpresiva de piernas doradas, ojos de color discutibles y pezones fuertes y poderosos.
Mientras nosotros íbamos por vino y fiesta, ella enfiló hacia el barrio de los árabes de la ciudad, donde Hassán ocupaba un departamento antiguo, parte de una casa de historias y de palmeras, antes habitada por parientes, tíos o abuelos.
- Vamos, ordenó la muchacha, entremos a su departamento.
El no estaba en condiciones de desobedecer. Aun ebrio, miraba desde brumas espesas, desconcertado. Expedita y sencilla, la mujer fue hasta la cocina, hizo café turco con cardamomo y se lo dio a tomar en riguroso silencio. Cuando él estuvo un poco más recuperado, ella comenzó a leer.
La voz sensual y cálida, un acento con cadencia de amores caribeños, leía el cuento, con pasión, con seriedad, casi con profesionalismo.
Hassán gozó su obra, algo joven e inexperta, pero de un erotismo singular. Los ojos de fuego, a ratos grises, a ratos negros, ahora estaban húmedos y brillantes.
- ¿Quién es?
El cuento trataba de un hombre que él podía inventar a los 22 años, sin saber casi nada de la vida, pero lleno de fantasías eróticas.
En aquel tiempo, Hassán tenía una agitada e insatisfactoria vida sexual. Repetía el juego rutinario de abalanzarse sobre una mujer para poseerla hasta su eyaculación y luego se retiraba desconcertado. Algunas mujeres decían haberlo pasado muy bien, otras gritaban, otras gemían, otras quedaban mirando el cielo raso, pero él siempre tenía la sensación de haber usado el cuerpo de su compañera como una especie de receptáculo y entonces su propio placer se diluía. Con todas él quedaba distante e incomunicado.
Entonces, inventó a este personaje: un hombre maduro pero joven, que hacía las cosas de modo completamente distinto. Para él había sido hermoso escribir el cuento. Sintió que, pese a que el libro no tuvo ningún éxito, su vida cambió y él mismo fue construyendo otra historia, una de verdad, con menos desenfreno y más pasión, con menos aventuras y más vida.
- Yo quiero hacer el amor con ese hombre, dijo la muchacha.
Estaba seria, ya junto a él en la alfombra, mirando a Hassán con los ojos más oscuros, más serios y más húmedos.
- Ese hombre es el único que puede hacerme sentir de verdad.
La voz se le había enronquecido levemente, tal vez cansada de tanto leer, tal vez por la emoción.
- El es el único que sabe que hacer el amor es cosa de dos.
Hassán entendió lo que le pasaba, pues vio en sus ojos, que ahora estaban como el mar en día nublado, a la misma niña que él tuvo junto a sí tantas veces, con rostros distintos, triste o sorprendida cuando se daba cuenta que él, después de su eyaculación, ya no se interesaba por nada.
Sentada frente a él, sus pechos adheridos a la tela delgada del vestido, las piernas cruzadas en el suelo dejando ver los muslos, el pelo oloroso, suelto sobre los hombros, lo miraba fijamente a la espera de una respuesta que él estaba completamente obligado a dar.
Devolvió la mirada con la madurez de veinte años de escritor, cuando ella comenzaba a llorar quedamente. La observó con detención y ternura. El rostro duro en su expresión, la nariz excesivamente clásica, las manos largas, huesudas, hermosas, rosadas. Suave, bella y perfumada, la piel delicada. Fina.
Ella esperaba una respuesta, mientras Hassán reconocía el terreno.
El único hombre con el que ella quería hacer el amor no era más que una ficción. No podía decírselo.
Estiró las manos y tocó la punta de sus dedos con la yema de los suyos. Sintió fluir su propia fuerza interior y, cerrando los ojos, rozó la palma de la mano, luego tocó el dorso, el antebrazo, acarició las muñecas, aumentando la presión compartió su fuerza por unos segundos.
Hassán se incorporó levemente, sin interrumpir el silencio. Siempre igual, con la punta de la punta de sus dedos de escritor, acarició la barbilla, tocó el cuello bajo la melena abundante. Abrió los ojos y la observó en toda su sencilla hermosura y su paralizada ansiedad de amor.
La muchacha tenía las piernas cruzadas y las manos puestas sobre sus rodillas. Hassán le estiró las piernas con suavidad, tomándolas de las rodillas y pantorrillas. La miró varias veces, con atención.
Entonces, descubrió los tobillos.
Hasta ese instante el escritor no tenía claro lo que podría pasar, pero cuando vio esos tobillos se percató que nada sacaría con ponerse frenos o límites artificiales.
Los tobillos eran armónicos y tan dorados como el resto de las piernas. Los tocó. Sintió que hervía la sangre en sus dedos y en sus genitales. Los tocó nuevamente. Suaves, sin más huesos que los necesarios, sin rigideces, sin grasas sobrantes, en suma, la cul-minación precisa y adecuada, necesaria de piernas bellísimas. Ni largos ni cortos, con ador-nos exóticos de metales y piedras, eran los más hermosos tobillos que nunca había visto -y había visto tantos- y los más firmes y tiernos que jamás hubiera tocado -¿había tocado tantos?-.
Pasó la mirada y el tacto a los pies y aumentaron en él la sangre, el calor y la pasión. Aunque las chalas que calzaba dejaban ver casi todo, resolvió desnudar los pies con presteza. La noche venía en serio.
Se despojó de sus propios zapatos y se tendió al lado de esta compañera inesperada, de tal modo que su rostro -sus ojos, su nariz, su boca- quedara junto a los pies tan hermosos y adornados. Comenzó a acariciarlos con delicadeza, suavidad y concentración. Primero el empeine, desde el tobillo a los dedos, desde los dedos al tobillo, con cierta fuerza y precisión, para que circulara toda la sangre. Un poco en un pie, luego en el otro, después ambos al mismo tiempo, dejando que la tibieza de su aliento se esparciera por los intersticios, besando con un roce casi imperceptible cada uno de los dedos, desde el más pequeño hasta el mayor, acariciando con cuidado, con respeto, con la delicadeza de un cirujano, para activar la energía por las articulaciones. Y llegó a la planta de los pies, con los dedos y con la lengua, gozando cada centímetro, los montes, las depresiones, las hendiduras, las líneas que no hablan del destino sino del pasado, con toda la intensidad posible, sabiendo que recorría pezones, nalgas, la columna, el hombro, la piel del abdomen y el brazo, los ojos de misteriosas tonalidades, las proximidades del sexo, sin separarse de esos pies hermosos, bien formados, sólidos, coronados por los tobillos que lo habían excitado, puertas de acceso a las columnas que sostienen el templo de la diosa.
El tiempo se había detenido. La luna en el cielo no avanzaba, extasiada por el espectáculo tras esta ventana del barrio de los árabes. La ciudad había interrumpido su flujo y la tierra su traslación y su rotación. El tiempo del universo era sólo para los pies y un acto de amor inusitado.
La muchacha comenzaba a experimentar una sensación completamente nueva. Al terminar la lectura, en su pecho se había abierto paso una enorme fogata que había conseguido hacerla llorar un poco, sólo un poco, unas escasas lágrimas que abandonaban su refugio.
Hassán, el cuentista y recitador, no había hablado, sólo sonreía, olvidando la agresión que había iniciado el contacto, como si acaso se conocieran desde siempre. Suave y amable, recogió sus lágrimas para comenzar a acariciarla como nunca antes nadie lo había hecho.
Nunca antes.
Nada de atacar con urgencias, llegar a sus intimidades de inmediato, besar el cuello, morder con ansiedad o agredir su boca con una lengua intrusa y machista. Nada de pedir ni instruir ni dirigir. Nada de palabras de relleno.
Simplemente se había instalado a acariciar sus pies y besarlos, pasar la lengua -no intrusa ni prepotente sino respetuosa, servidora- por la planta, poner su respiración agitada y poderosa en los espacios de los dedos, dando caricias, haciendo cariño, un masaje amoroso que le hacía sentir la sangre por el cuerpo.
Fue un acto de magia. Porque cuando él tocaba el pie, ella sentía que los pezones que se endurecían cada vez más. Cuando pasaba los dedos por el borde, era como si le besara las caderas. Poco a poco, comenzó a sentir el hormigueo en las piernas, los estertores en la espalda, el calor en los pechos, la agitación en los hombros y los costados, la pasión en su nuca y la humedad potente y olorosa en su vagina, que la tomaba, la envolvía, la sobrecogía, como el mar en día de sunami, como mujer apasionada que encuentra las respuestas que está buscando.
Y entonces ella junta sus piernas, ebria de pasión, él adhiere el cuerpo, ella cierra el suyo, aprieta el pubis para que sus propias carnes encarcelen y presionen el clítoris que, ansioso, ya se ahoga en los torrentes que brotan desde su manantial sagrado. Y él percibe el aroma, fuerte, arrebatador, dominador de todo, que clama deseos, que reclama caricias y orgasmos, que proclama el placer que viene desde adentro.
Y ambos saben -él desde siempre, ella desde ahora- que el goce no es sino el encuentro consigo misma, con la potencia interior y que Hassán, este escritor de edad mediana, no es más que un instrumento eficaz para esta nueva experiencia.
El placer viene desde adentro.
Ella grita, agudo, pero no muy fuerte, más bien gime, se queja de placer, agitada, conmovida, se contorsiona, mientras Hassán se aventura con sus manos de escritor por pan-to-rri-llas y muslos, cada espacio, cada centímetro de piel, la rodilla, los muslos por delante y por detrás, la curva de las nalgas, pero sin dejar jamás de besar los dedos de los hermosos y dorados pies, sin suspender el recorrido por la planta exquisita, sin abandonar el contacto con los músculos fuertes y suaves del joven cuerpo femenino.
Mientras mordisquea delicadamente la base del tobillo y abandona su respiración en el talón, con habilidad de mago estira una mano y comienza a sacar, suave, calmoso, el calzón de la muchacha, negro, breve, velo sacro y ritual, que se desplaza lentamente, toca la tela y los vellos púbicos, en una especie de juego de casualidades. Así como su lengua ha sido rauda en la planta de los pies, sus manos son rápidas y precisas. Han hecho un viaje desde los bordes de la vulva hasta los tobillos, usando los cinco dedos y la palma, como si cada uno fuera un duende.
La habilidad del mago se suma a la del bailarín: ella siente que Hassán, sin separarse de la planta de los pies, sin dejar de acariciar los dedos y los entrededos, sin dejar de estar presente en cada pedazo de tobillo o de talón, comienza a hurgar la vagina. Le ha separado las piernas tomándola firme de los tobillos con ambas manos y ella deja fluir sus licores eróticos sin poner ya más frenos. Abre los ojos: Hassán ha flectado su pierna derecha y su pie accede a la vulva primero, presiona, roza el clítoris, lo acaricia con fuerza y en forma sistemática, llega a las puertas de la vagina que deja manar leche y miel.
Y él acaricia más y ella gime y él más y ella gime y él besa la planta de los pies y ella gime más fuerte y él acaricia los tobillos y sacude el clítoris y ella grita agudos en la noche del barrio de los árabes y él más, da más, sacude más, agita más, más, más, más fuerte con la lengua en la planta, más fuerte en la vagina, más fuertes las presiones en los tobillos, tiritan las piernas, se agitan los labios de esa vulva circunstante, se retira bruscamente y regresa ahora con todo el pie, con la planta abarcando vellos, labios, clítoris, cubriendo el pubis, un movimiento rotatorio y musical, un paso de baile en pleno oriente del amor, con los dedos de los pies esparce la miel sabrosa y los aromas de locura que brotan de los orgasmos que se suceden sin otro ritmo que las necesidades armónicas del planeta, ella grita, gime y sacude todo su cuerpo, tirita, él ruge, ella tiembla en convulsiones estruendosas, timbales, platillos, trompetas de diapasón agudo, en orgasmos acelerados y otro y otro, relajando las piernas, botando el aire, un suspiro que rasga el porvenir.
Y cuando Hassán suelta los pies y se retira, ella comienza a llorar. Hassán se sienta a su lado. Ella llora y él acaricia su pelo, se abraza al pecho de este mago asaltado en un museo.
Semitendida, acunada por Hassán, recitador, conversador, cuentista, siente las manos enormes en su espalda y sigue llorando despacito, como si nada más fuera importante en el mundo.
La luna ha reiniciado su recorrido, avanza un poco más rápido que lo habitual para recuperar el tiempo empleado en su curiosidad, la tierra gira veloz, y la normalidad de ruidos y vapores comienza a tomar posiciones en el barrio árabe de la ciudad.
Ella llora y él la acuna en sus brazos.
De pronto abre los ojos y tras las nubes del llanto ve la sonrisa de Hassán. Siente que debe preguntar:
- ¿Y tú?
Él sonríe:
- Estoy muy contento. No necesito nada.
La acaricia y como nota que ella duda, agrega:
- Juntos sacamos ese placer tuyo que estaba tan escondido.
Se amodorran. Pasan los minutos y Hassán siente el cansancio de la jornada y el de este encuentro sorpresivo, con ese cuento del pasado y esta muchacha del misterio.
Ella lo mira. Se separa de sus brazos y lo mira fijamente. El está contento, sin duda. Ella también. Estira su mano de mujer misteriosa hasta acariciar la mejilla barbada de Hassán.
Se levanta, estira su ropa y lo mira fijamente, diciendo "gracias" sólo con los ojos -ahora circunstancialmente grises, no por el orgasmo sino por amor que ha recibido- diciendo un "entendido" con la sonrisa, refiriéndose a este placer que viene desde adentro y que recién ha conocido. Hace un giro total y sale a paso raudo.
- ¿Cómo te llamas?, grita Hassán.
Y se oyen los pasos descalzos y las pulseras de los tobillos en el ruido de la noche del barrio de los árabes en la ciudad.
Nací en Santiago de Chile el día 21 de Marzo de 1948. Tengo tres hijos, una nuera y dos nietos.
Comencé a escribir desde que pude, junto con hacerme incansable lector. Conocí el Canto General de Neruda en su primera edición en Chile y escuché al gran De Rokha recitar sus poemas junto al río Mapocho. A los 6 años escribí mi primer cuento y a los 9 mi primer poema. Ya a los 10 años fundé una revista y escribía crónicas semanales que publicaba en el diario mural. Desde entonces fui elaborando textos que aparecieron con fuerza junto el amor.
Formé parte del Directorio y Secretario General de la Sociedad de Escritores de Chile, fui Agregado Cultural en México y actualmente ejerzo como concejal de Ñuñoa. Integré el Consejo Nacional del Libro en representación de la SECH y en participé en la Comisión Redactora de la Ley del Libro.
Terminada la emergencia de derechos humanos cerré mi estudio jurídico, fundé centros de educación superior, tuve cargos e hice clases en varias universidades o centros independientes.
Escribir es mi pasión, comunicar es mi tarea. He sido colaborador, columnista, articulista, conductor de programas, ha sido también fundador y organizador de muchas empresas e iniciativas del campo de la comunicación y la cultura; organizador y participante en variadas iniciativas en el campo de la promoción y defensa de los derechos humanos, tanto como expositor, como panelista y comentarista.
He dado recitales poéticos tanto en diversas ciudades de Chile y en el extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina, México).
Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso