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12 de mayo de 2008

Testimonio:

La muerte inminente y el mensaje de Bachir Fahim

Por Gabriel Morales Wilson

Lo encontré dando la espalda a la puerta por la cual yo venía ingresando a la pieza. Sentado en su cama, miraba desde el octavo piso del hospital, los techos de Paris, durante ese mes de la canícula -el más terrible en los últimos cincuenta años-, donde los enfermos, acumulados incluso en los pasillos, trataban de sobrevivir a la vejez y a ese calor que ya había asesinado más de quince mil personas.

Cuando entré ni siquiera se dio vuelta para saludar al recién llegado con quien, obligadamente, tendría que compartir su pieza; por lo menos, hasta que los enfermos partían con sus propios pies a sus domicilios, o bien, rumbo a la morgue.

Pero no era la canícula que nos llevó al hospital parisino: ambos salíamos de un coma profundo, luego de un accidente. Él, sin explicación hasta el instante y los exámenes a los cuales fue sumido, uno tras uno, eran negativos. ¿Cómo caer en un coma profundo durante doce días sin motivo alguno? Inexplicable.

Más aún, por espacio de siete días, el electroencefalograma indicó que el paciente no tenía ninguna actividad e, incluso, otro monitor señalaba que su corazón funcionaba irregularmente, un latido cada veinte cinco segundos, ¡Nunca visto en los anales medícales!

Decidieron sacarlo del servicio de cuidados intensivos y lo privaron incluso de todos los aparatos que lo mantenían en vida. Consideraron que ya no había nada que hacer, simplemente dejarlo partir en paz.

Pero el moribundo, seguía existiendo, se aferraba a existir sin ningún motivo. De todas maneras, aunque si salía del coma, su cerebro estaba muerto, definitivamente muerto.

Experiencia de Muerte Inminente (EMI)

Miles de personas ya declaradas fallecidas, regresan a la vida contando una extraordinaria experiencia, tales como declarar haber salido de su propio cuerpo y desde la altura verlo, luego entrar por un túnel luminoso y al otro lado extremo, encontrar a los seres amados, desaparecidos años ha. Asimismo, una paz indescriptible las invadía y el temor de la muerte desaparecía tanto durante esta impresionante experiencia o al regreso a la vida. Todos, casi sin excepción, han cambiado de opinión acerca la muerte.

Era el caso de Bachir Fahim, argelino, de 47 años, obrero de la construcción en Paris, Francia, mi vecino en la pieza del hospital. A los pies de su lecho, una maleta que tuvo días mejores, amarrada con cables eléctricos, reunía todas sus pertenencias, además su tapiz para arrodillarse y orar a Alah. En esa maleta tenía todo lo que logró reunir en veinte años de trabajo en Francia. Además de la soledad del trabajador inmigrante, donde la familia se quedó allá, al borde de un bosque de piedras, de un río de arena que nunca llegaría a la mar, allá, donde el desierto tiene una existencia increíble y los hombres se han integrado al medio ambiente que les permite, aunque nadie pueda imaginarlo, vivir.

El primer día fue de un silencio que nos convenía; no estábamos para conversaciones. Ambos regresábamos de la Nada y él, de una EMI que desconocía el significado de la sigla. Al segundo día al ver su tapiz, le dije que en ningún caso me molestaría si él ansiaba cumplir con sus cinco oraciones y orientado a La Meca, obligación a los musulmanes creyentes. Me respondió: "No, nunca más necesitaré hacerlo," y siguió mirando los techos de Paris, el cielo con ese sol despiadado, ese sol detenido al mediodía, donde sonaban las doces campanadas de la misa de muertos.

Al atardecer recibí un minúsculo magnetófono de la parte de mis críos, con mensajes cariñosos y "La Pastoral", de Bethoven. A pesar mi pasión por la música, no tenía deseo de escucharla. Quizás más tarde, otro día, si sobrevivía. En cambio, Bachir Fahim, me preguntó que si también podía grabar, si tuviese una igual. "Por supuesto", respondí. Le expliqué cómo funcionaba y si él necesitaba enviar un mensaje a su familia, bastaba pedirlo.

Por espacio de horas conversamos, aprendimos a conocernos, entre el obrero analfabeto y el que al menos sabía que Beethoven era un genio musical y no un perro personaje americano de películas idiotas.

El mensaje de Bachir

Encargué tres o cuatro casetes para que mi nuevo amigo grabara su mensaje. Por horas escuché su lenguaje salido de lo más profundo del Mahgreb, del Sahara, con esas "jotas" y "h" aspiradas. Al comienzo el idioma árabe me parecía monótono, pero a la larga, luego de horas y horas, encontré que esos sonidos tenían su música propia, tan diferente a la nuestra, quizás era la voz del viento cargado de arena que se introducía en las tiendas de los nómades, en las cuerdas vocales de los hombres del desierto.

Los médicos no encontraron las causas de su repentina coma que lo tuvo desahuciado por espacio de días. Varios profesores vinieron a conversar con él, leer los gráficos de los encefalogramas, el electro cardíaco y quedaban pasmados por la sorpresa: "Pareciera que jamás estuvo en coma". Le anunciaron que si el sábado siguiente seguía perfectamente bien, podría regresar a su "hogar de los trabajadores".

No obstante, Bachir Fahim, no estaba seguro de lograr partir o de regresar a su país. Una noche, me preguntó si tenía la gentileza de escribir unas líneas que él me dictaría. En ella pedía que la maleta y su contenido me fuese entregada en caso de su incapacidad de hacerla llegar a su familia y firmó con una cruz y una huella de su pulgar con la tinta de mi lapicera. No me lo había pedido previamente, para mí era una sorpresa, porque entregaba toda su vida de veinte años a un desconocido, mismo si se había creado una enorme amistad, esas en las cuales "Vente a pasar unas semanas a la casa" o bien, "Tienes que venir a Tassili, para que conozcas a Aziza, mis hijos e hijas..."

Me pasó un papel usado por el tiempo en el cual estaba escrita su dirección en árabe y en francés.

Prometí hacer llegar sus cosas y la grabación a su familia. Le sonreí porque lo veía en plena forma y que él duraría por lo menos unos treinta años más, que en ningún caso será mi caso.

El viernes, conversamos y le relaté mis viajes por los desiertos Atacama, Sahara y el Gobi, los diferentes pueblos que conocí en cada uno de ellos, lamentando que mis viajes se terminaban ahí, solamente posible en mis viajes oníricos, donde el mundo está siempre al alcance de mi alma.

Esa noche, Bachir Fahim se fue durante el sueño. Cuando la enfermera lo encontró en la primera visita matutina, sonreía y sus ojos abiertos parecían aún seguir admirando los techos de Paris y las primeras nubes que anunciaban la tan ansiada lluvia en ese verano canicular, que se llevó incluso a mi nuevo amigo.

Le mandamos a su hija mayor, Ahlem, los pasajes y la invitación para que viniese a Francia a buscar las pertenencias de su fallecido padre. Desde el primer día nos ganó el corazón con su dulzura, sus gestos tan expresivos, su manera de cantar mientras nos enseñaba la cocina algeriana, esos té a la menta que liberaban el estómago de excesos bebestibles y comestibles; sus historias familiares, los relatos de su padre durante horas y horas a la luz de la luna, como les contaba los trescientos sesenta y cinco días del año que estuvo ausente de la casa y a veces, esa narración continuaba con su esposa, en la intimidad, hasta el alba.

Ahlem me pidió el aparato para escuchar el mensaje de Bachir Fahim. Se encerró en el dormitorio y de vez en cuando golpeábamos la puerta para preguntarle si estaba bien o si necesitaban algo, cuando sus suspiros y sollozos llegaban a nuestros oídos.

Al salir, nos ofreció una de las sonrisas más hermosa que he visto en mi vida. Su rostro mostraba una tranquilidad espiritual que transmitía y nos rogó que escucháramos lo que su padre había dicho.

El universo, los universos

Tengo en mi poder una copia de la grabación de Bachir Fahim. Su hija, nos rogó aceptar lo que tradujo y pese a mi fama de ateo -totalmente falsa-, debo reconocer en cambio, que creía ser un agnóstico convencido. Me equivocaba.

Ateo es quien está cerrado a la inmensidad del Universo, salvo a su propia vanidad, cerrado a la esperanza de un misterio que no tiene nada que ver con íconos, profetas, dioses creados por el Hombre, supersticiones y religiones.

Bachir Fahim, al despertar de una muerte inminente, nunca más se orientó a La Meca para rogar a Alah. ¿Por qué? ¿Por qué un hombre tan piadoso dejó de creer?

En su mensaje explicó a su amada y a sus hijos, lo que experimentó mientras su cerebro estaba muerto, un latido cada veinticinco segundos, un cuerpo que no quería morir. A veces lo escucho en árabe y trato de comprender su relato sin necesidad de conocer su idioma; otras, escuchar a su hija, me parece ver una vez más sus ojos desmesurados por la sorpresa del mensaje de su padre. Posiblemente, pese a mis variadas vivencias, también demuestro, igualmente, asombro, cuando lo escucho. ¿Es eso la muerte? ¿Es lo que nos espera?

Bachir Fahim describe con detalles impresionantes, como si hubiese sido un individuo que tuviese todas las bibliotecas de la Tierra en su cabeza y una cultura inigualable, propietario de la Filosofía que ningún ser humano podría transcribir, mostrándonos el Universo, los miles universos, diciéndonos que estuvo en varios, que sin describir los seres que encontró nos señala la sensación de haberlos conocido siempre, que le bastaba pensar en otro mundo para ir de uno a otro, que así viajó enormemente, que los planetas, las estrellas, constelaciones, los universos son finitos e infinitos al mismo tiempo, que los espacios negros sin astros, esos espacios del Vacío, de la Nada, lo es todo, que de ahí nace la iluminación de los universos, que la energía nace allá, él la vio, él lo supo.

Ahora, quienes lo hemos escuchado, también lo sabemos.

"Vivir es soñar que estamos existiendo aquí, mientras en realidad creemos que nos encontramos únicamente allá o todavía más lejos todavía", dice. O viceversa. Pero ¿qué quiso decir? Porque, desgraciadamente, algunas frases son inaudibles, debido a lo que imaginábamos ser defectos del sonido. Mi amigo, Jean Paul, ingeniero de sonido, residente en la región de la Champaña, logró recuperar algunas frases. Al escuchar más claramente, Bachir Fahim pareciera que se expresaba en otro idioma, otro lenguaje, desconocido en la fonética humana: "Se escucha bien, pero es incomprensible", afirma categóricamente.

¿Bachir nos quiso entregar un mensaje codificado? Empero, ¿era necesario? Todo lo que nos dice en su mensaje es clarísimo, ya sabemos lo que existe y no existe, lo que está y no está, cómo el Universo y los universos nacieron, que la muerte no existe, porque no puede morir lo que no dejó de existir, que todo se transforma, incluso la luz apagada está iluminando al Universo, que en lo más imperceptible hay universos, que en cada uno de ellos encontraremos "La Maya-Ilusión", el espejo que se refleja en su propia ilusión.

A medida que escuché la voz de Bachir Fahim, lo recordé en esa pieza del hospital, dando espalda a la puerta y frente a la ventana mirando más allá del espacio, rememorando una y mil vidas que conoció durante un coma profundo, durante una muerte declarada o "inminente". Recordé sus relatos acerca de su región -Tassili du Hoggar-, en Algeria, prometiendo que muy luego nos reuniríamos allá, al lado de su familia, al lado de su esposa bien amada, "Aziza" y observar las noches magníficas en el desierto y contarnos la respectivas historias de nuestros pueblos, de las huellas que dejamos caminando en nuestros sueños, las palabras de amor que enviamos por el viento hacia nuestras amadas.

Prometí ir a su país, al caserío donde nació. Sé que no lo reencontraré ahí, pero estoy convencido que en un universo nuevo le diré que cuando partí de la Tierra, los hombres continúan asesinando a los sueños y erigen altares a la imbecilidad humana.

Me interrogo si ya ha llegado la hora de compartir su mensaje, que nos ha abierto a la Vida, a quienes tuvimos la ocasión de escucharlo.

Más, Bachir Fahim sólo lo confió a su familia y ésta, solo a quienes ya sabíamos que la vida es un sueño.

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