Por Gabriel Morales Wilson
La vi ayer, en el parque, por primera vez, la dama vestida de negro. Quizás con uno o dos años menor que yo, pero al cruzarla me dio la impresión de ser un niño que, una vez más, observa a la misma dama, cincuenta, cincuenta y cinco años atrás -¡qué importancia cuántos años!-, más la volví a ver con el mismo gesto elegante de la mano que ordena sus cabellos, tan cuidados, tan hermosos, como ayer, cincuenta, cincuenta y cinco años atrás, no tiene importancia, solo fue ayer nada más que la volví a ver.
En un instante mi infancia regresaba con la rapidez de un flash electrónico. Me asusté al comprender que es la senilidad que golpea a la puerta, devolviéndome imágenes olvidadas, perfumes, ruidos, puertas que se abren y cierran, el rechinar de la silla mecedora de la abuela, el imperceptible sonido de los palillos tejiéndome un par de calcetines, las olas contra el Castillo de Wolf en Viña, el grito del comprador de huesos y botellas, el color de las flores y plantas de la Quinta Vergara (¿Recuerdan las vainas de "peorrillas"? ¡Qué mal olían aplastadas en el suelo de la clase!), la niña que no la dejaban jugar conmigo y que me persigue aún su mirada de tristeza; el olor de ese plato con cochayuyos que tanto odiaba y que hoy tanto quisiera devorar, la huasca de la misma abuela, la que me sigue observando desde su fotografía, aquí, frente a mí, en mi escritorio.
La vejez temprana se anuncia en esta primavera europea. Lo difícil ya pasó, "La Pelada" se olvidó seguramente este invierno, es posible que me dé un año más para seguir existiendo en mi universo onírico, este en el cual siguen existiendo los que amé y sigo amando, incluso esta mujer de negro, la que desde este banco del parque salió nuevamente a mi rencuentro,-¿Cincuenta y cinco años, dicen?-. Sí, ya lo dije, lo sé.
Ocho años, la vida del niño solitario, cuentan, por supuesto. Es toda una vida. En ocho años descubrimos que existe la palabra "exilio", al notar que tus padres ya no estarán durante largo tiempo en la mesa familiar, que es la abuela que organiza las tareas del día, temerosa que no salgas como el hijo o la nuera, "locos", "bohemios", "irresponsables"... En cien meses de existencia, descubres que es más fácil escaparse con los libros de Salgari y decidir desde entonces ser un pirata, un cazador de tigres, un marino que rescatará a todas las niñas que tampoco dejan jugar y tienen una mirada, tan triste, tan triste. O bien, buscador de oro en California, con el Colt a la cintura.
Lo fui en todas mis vidas en mi única existencia.
A la salida del colegio la encontraba, en el invariable lugar, sentada en el banco, protegida por la sombra y la fragancia del tilo florecido, esperando que pasara por lado, me saludaba inclinando su hermosa cabeza con gran donaire y noté que me seguía a una distancia bien establecida: cincuenta metros. Todos los días, incluso cuando el tilo vestido de otoño o invierno, ella estaba allí, en el banco, esperándome a la salida del colegio y después acompañarme a distancia a la casa de la abuela.
Hubo días que quise detenerme y hablarle, decirle algo tan simple: "¿Cómo está, señora? ¿Bonito día, no es verdad?" Probablemente un niño de ocho años no habría saludado de tal modo. Sí, es bien posible que sí, con la educación de la abuela, con el sanmartín en la mano.
Estas citas eran un secreto para ambos. Nadie debía conocer nuestra caminata a cincuenta metros de distancia. Nunca lo discutimos, simplemente se estableció de común acuerdo, sin siquiera intercambiar una frase.
Durante cuatro años.
Jamás faltó a nuestra cita.
Tanto quise acercarme y contarle las últimas aventuras de Sandokán o las mías, como por ejemplo, que tenía debajo la batea del jardín mi tesoro, miles y miles de pepitas de oro recogidas en la playa Caleta Abarca, incluso un verdadero botón de pirata escondido en el baúl del abuelo marino, que había partido al cosmos con su barco y velas desplegadas al viento del oriente, rumbo al ocaso; las bolitas de cristal que había ganado en desigualdad batalla contra cinco -Seis y hasta siete!- combatientes, ahí estaban con mi oro, al pie de la batea de cemento, donde todavía debe estar escondidas, esperándome, para que las cuente una por una, diciendo que con éstas me compraré tal barco, con éstas otras una tripulación de piratas, con el resto ron, mucho ron, para cantar en coro por las rutas de la mar:
¡Va timonero, va!
¡Qué un galeón inglés nos espera, una fragata española con hermosas andaluzas!
-¡Prefiero una catalana!-gritó el pata de palo,
-¡Y yo una bretona cariñosa!-, pide el tuerto
¡Barriles de ron Jamaica y vinos de Burdeos!
¡Sacar los sables!
¡Al abordaje! ¡Al abordaje!
¡Somos los piratas del Marga-Marga!
Ella lo debe haber adivinado. Sabía que mientras caminaba regreso a la casa de la abuela, gesticulando con mi brazo armado de un sable de abordaje, dando órdenes a los marinos tuertos y mancos, cojos con pata de palo, venciendo y naufragando veleros de cuatro mástiles, escrutando el horizonte para conquistar los océanos y amar a mis cautivas que prefirieron lanzarse a los tiburones que regresar a sus hogares aristocráticos: « ¡Pirata o muerte! »
¡Ah! ¡Nadie pudo ganar al pirata-niño-solitario!
La última vez que la vi. en Viña del mar, ahí sentada en el tilo que se vestía de verde, la Mujer de Negro me quitó la cara cuando observó que mi abuela venía tomada de mi brazo de chiquillo; lo apretó fuertemente, aceleró el paso y yo la conocía, sabía cuando apretaba sus labios y los ponía violetas de furia pese a su « rouge » y dijo, de tal manera que la escucharan: « ¡Hay mujeres que no saben ponerse un sombrero...! » Y siguió de paso, con esa facha de gran dama, como nunca olvidaré, el pecho erguido, la cabeza y su pelo blanco que afirmaban su sombrero color gris con una aguja enorme adornada por una perla que me juré ofrecerme un buen día.
A la desaparición de mi abuela, mi amada abuela Amalia, vagando con mis penas por la Quinta Vergara, encontré la Mujer de Negro conversando con las flores y lamenté no haberme detenido y saludarla: « ¿Buenos días? ¿Hermoso día, no es verdad? ¿Cómo está usted?
Más tarde supe que mi abuelo murió fortuitamente en sus brazos, mucho, muchos años atrás, porque ocho años son muchos para un niño. Mi abuela, jamás lo perdonó. El marido marino murió en otro puerto y no en la ensenada de su pecho. Y ella, la Mujer de Negro, yo lo sé, cuando me esperaba a la salida del colegio, ella veía al que pudo haber sido su nieto, creciendo y creciendo, imaginando que el niño alcanzaría el futuro armado con su sable de abordaje y ser amado por las hermosas cautivas de los siete mares.
Si, me digo: comienza la senilidad, vuelvo a la infancia. Después de tanto de tiempo olvidarla, hoy también acaricio entre mis dedos esta perla que un día me prometí y costó ocho años, mil sueños. Todas mis vidas. Mañana, no olvidaré saludarla a la dama de negro, sentada ahí en este tilo en un parque de Francia.
Y ella notará que sigo siendo un niño combatiendo con su sable de abordaje a "La Pelada" y su equipaje de fantasmas.
Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso