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El Mundo es un Circo (Epígrafe)
Gabriel Morales Wilson
Pocos saben que durante varios meses fue trapecista en un circo de pobre y para pobres. Antes fui domador de chivos, gatos y de una cabra extremadamente porfiada, que jamás quiso caminar en la cuerda floja a siete metros de altura. En el circo hay que conocer todos los oficios, incluso el desmontador de la carpa, payaso, mago o malabarista, vendedor de maní, helados y sandías jugosas en pleno verano, veterinario o bien, cazador de curas para alimentar a nuestro viejo león desdentado: su plato predilecto.
La necesidad de subsistencia nos obliga a descubrir actividades que jamás habríamos imaginado bajo la protección del techo familiar, en nuestro país. Algunos se jactan de haber hecho tal o cual oficio, que estudiaron tal o cual profesión y que viajaron por el mundo entero, sin que les falte rincón por conocer, de tal manera de darse interesantes, con un currículum vitae de este tremendo porte.
Yo, no.
Nací para ser millonario, con chofer uniformado a la puerta, echado todo el santo día al borde de la piscina en una residencia a orillas del mar Caribe, bebiendo cóctel tras cóctel, mientras unas chiquillas a edad de ser merecidas, me dan una suave fresca brisa durante la canícula, sacudiendo sus melenas de todos lo colores.
Debiera haber nacido para ser rico.
Desgraciadamente, mi padre -que nunca perdonaré-, no tuvo la capacidad de ganar más que lo imprescindible para mantenernos y darse él, de vez en cuando y de cuando en vez, un pequeño gusto bebestible en el clandestino de la cuadra donde vivía la "Pecho de Palo", que tomaba por cuatro curaditos juntos. Mi viejo -¡la mala fortuna!-, nació para ser pobre. Y nosotros también. Si solamente hubiese sido un poquito más pillo (nadie culpa a quien se hizo millonario robando o estafando, vendiendo su país...), como digo, apenas un poquito más pillo, hoy estaría nadando en oro y no en la mierda, como actualmente.
Ser rico, pero el destino quiso que fuese pobre.
¡Mala fortuna la nuestra, la de los desposeídos!
Por eso terminé en el circo de la familia "Balabusha", en la Europa que no visitan los que tienen el tonto billete, la Europa de aldeas y poblachos que es imposible retener sus nombres, esos lugares que una vez que los abandonaste ya dejaron de existir, esos terrenos baldíos donde montar la carpa ni siquiera conoce la luz del sol (aún menos el calor), esos habitantes que a veces dan deseos de actuar gratis al verlos tan pobres; situación que se presentó en más de una ocasión.
Algunas veces ni siquiera ganamos lo suficiente como para darle hierba a la cabra y así tener el litro y medio de su leche, fabricar el quesillo y adornar la polenta que no sabía el sabor de una longaniza, o bien tirarle unas migas a la "Gallina con Huevos de Plata" (porque las "gallinas con huevos de oro" son únicamente para los ricos), que últimamente se olvida de poner su huevo, sea por vejez o simplemente porque estaba fatigada de ser disfrazada en pavo real en el número del "Mago de Oz".
Es triste la vida de circo pobre. Es triste la vida de pobre que nació para ser rico.
Pero todo cambió cuando llegó al circo, el ventrílocuo. El que enamoró a la Conchita, mi compañera en el trapecio, mi única amor, la que era capaz acariciarme con su boca cuando su única mano estaba ocupada. Ella, conocida en el medio circense como la "Manca de Chupamanpi".
No podría decirles en qué momento apareció en la pista. Tenía pinta de bailador de tango, engominado y todo, con un traje negro con rayas blancas, que tuvo mejores tiempos y que ya se veía cansado en las solapas y los codos. Pelo negro -ese color con que las mujeres se vuelven locas-, cargado a la brillantina y un bigote apenas dibujado en la boca, no más alto que yo mismo, sin los músculos de un trapecista, diría que hasta un buen poco afeminado (¿Por qué algunas mujeres se enamoran de afeminados?). Ojos de un gitano sin serlo, ojos que no podríamos decir si eran francos o de un hipócrita, voz que era imposible definir, porque generalmente quien hablaba era su muñeco y no el que se hacía llamar El Manolo de Córdoba.
Su muñeco obedecía al nombre de "El Valentino de Cádiz", vestido igual que su propietario y con un pañuelo de seda de color rojo en su cuello de palo. Más parecía un enano encima de sus rodillas que un muñeco, Más parecía ser un humano; más que su dueño. Lo extraño del asunto, es que "El Valentino de Cádiz", poseía una voz de barítono y melodiosa; en cambio, El Manolo de Córdoba tenía una voz apagada, sin tonalidad, sin un timbre que pudiese realmente entusiasmar a una mujer.
Salvo a mi Conchita, que no perdía ocasión de ir a ver su espectáculo y a su muñeco. ¿A cual? ¿Al hombre o al muñeco?
La Conchita comenzó a decirme que le dolía su único brazo, que ya no podía seguir en el trapecio, que el público más quería ver a una manca que a una artista de verdad, que El Manolo de Córdoba necesitaba una ayudante para cuidar a su muñeco (¿Y de mí? ¿Quién se ocuparía de mí? ¿Dónde conseguir otra compañera para mi espectáculo? ¿Quién reemplazaría su deliciosa boca..?)
Más tarde se fue con camas y petacas. En mi rulota no tuve otra compañía que la soledad y mis dos manos para colgarme del trapecio, musitando su nombre artístico: "Manca Chupamanpi", "Manca Chupamanpi..."
Semanas más tarde, destrozado por mis penas de amor y al fracaso de mi acto profesional, decidí abandonar el circo de la familia Bulabasha. La Conchita me humillaba con su presencia compartiendo su vida con esa pareja de hombre-muñeco. Verla colgada al brazo izquierdo del Manolo de Córdoba, mientras con el derecho hacía vivir al Valentino de Cádiz, con su voz de conquistador, con esa maldita voz que me la embrujó, que la obligó a abandonarme. Ella, mi Conchita, besaba a ese muñeco como si fuese un ser humano, respondía a esa voz que salía de ese muñeco de palo como cualquier mujer enamorada, mientras el otro, indiferente, con sus ojos negros y fríos, ni siquiera la miraba. Pero sí a mí, con burla, con desprecio.
Estuve a punto enterrarle mi cuchillo. Estuve a punto de hacerlo. Deseos no me faltaron. Pero ya la había perdido; la Manca Chupamanpi había dado su boca a otro. La idea dejar que su boca besaba a otro hombre, me daba un asco feroz, tanto o más que mi odio por El Manolo de Córdoba.
Mejor era partir, lejos.
Durante meses trabajé como masajista en un centro termal para viejas y gordas. Mi experiencia en el trapecio, la fuerza de mis dedos, me logró un cierto prestigio. Gordas y viejas venían de toda Europa para que yo les hiciera mi solicitado famoso masaje completo: "Diez Dedos Para Alcanzar el Paraíso".
Alcanzaron, pero no yo. Me faltaba una boca como la de "Manca Chupamanpi" y no como las de esas viejas desdentadas, cuyas prótesis bailaban al interior de sus bocas.
Decidí salir a buscarla. Viajé de aldea en aldea, de pueblo a pueblo, de terreno erial en terreno erial, de país en país, preguntando: "¿Han visto pasar el circo Familia Bulabasha? ¿Han oído hablar de la Manca Chupamanpi?"
Nadie pudo responderme.
Hasta que la encontré.
En la primera página de un diario de Eslovenia:
"Loca estrangula a Ventrílocuo", en epígrafe. Más bajo en gran titulo:
"LO MATE POR CHILLON Y MENTIROSO, DIJO"
La encontré o, más bien dicho, la sombra de la Conchita que un día amé, en el manicomio local. Con el pelo desordenado, los ojos perdidos en un punto más allá del horizonte, los mocos como la cera de las velas derretidas en la comisura de su boca; sus senos que fueron tan duros y magníficos, colgaban como dos viejas bolsas usadas sobre su pecho donde se contaban cada una de las costillas, los incisivos ausentes, su mano -¡Oh! ¡Su brazo, su mano!- aferrados a ese muñeco maldito, El Valentino de Cádiz, con la jeta abierta, su traje de un mendigo que nunca supo de un baño, hediondo a orina, a sexo femenino, habiendo perdido el pantalón, pero en cambio -cosa que todo el mundo antes ignoraba-, mostraba un sexo enorme, gigantesco, elefantiásico, de palo, sí, de palo pintado que fue un día de rosado, empero en ese momento, de tanto manoseado, utilizado, se veía las estrías de la madera con ese color indefinible de los palos que han flotado meses y meses sea en los océanos o en los ríos.
Decidí buscar trabajo en la región para acompañarla, contribuir a su restablecimiento síquico y espiritual. Apenas terminaba en el basural, me duchaba y vestía con mi único traje. Incluso una vez me puse mi traje de luces del circo, con lentejuelas doradas y todo lo demás, pero se puso a reír como loca que era, al notar mi vientre. Los años no habían pasado en vano.
Todo funcionaba bien, si no fuese por ese maldito muñeco del ventrílocuo. Conchita no se separaba de él, ni siquiera para ir a sus necesidades fisiológicas. Los enfermeros me contaban que la paciente pasaba todo día hablando a ese muñeco de palo, como a un amante y sospechaban que cuando no era observada, se dedicaba a una relación sexual antinatura con su amante de madera. Cuando alguien intentaba quitárselo de su brazo, ella gritaba y pataleaba como una mujer de sano espíritu, porque las locas no gritan igualmente que las sanas, no. No existe mujer loca que grite tanto como una mujer normal. Está probado.
Traté de liberarla del Valentino de Cádiz, más fue imposible.
Pasaron cinco años. Ambos envejecíamos, pero Conchita "La Manca Chupamanpi" recuperó sus capacidades síquicas, tanto como en la buena época, cuando ella se colgaba de su único brazo en el trapecio volante y pasábamos, además, noches fantásticas a la sombra de una fogata. ¡Qué días felices!
Sin embargo, no pude liberarle del embrujo de El Valentino de Cádiz.
Ese muñeco demoníaco daba la impresión realmente de ser poseído, que tenía un alma -negra como los malos pensamientos-, que esos ojos de vidrio podían verte, que esa jeta que ya nadie manipulaba, en lugar de estar colgando se cerraba con rabia al notar que yo llegaba. Hubo noches en que tuve pesadillas con ese muñeco de la gran puta que lo parió, despertando bañado en un sudor frío, faltándome el aire, aterrado.
Una tarde, Conchita me dijo: "No soy quien estranguló al Manolo de Córdoba. No. Fue su protector, su gran amor, el amor de su vida y nadie más que él, El Valentino de Cádiz, el Vengador".
- ¿Qué?-, pregunté asombrado.
- Sí, fue mi Valentino de Cádiz-, respondió.
Sospeché que aún seguía orate, por muy normal que pareciera a simple vista.
- ¿Tú sabes? ¡Fue para defenderme del Manolo de Córdoba!
- ¿Por qué?
- ¡Me golpeaba, me maltrataba, estaba celosa de mi Valentino de Cádiz!
Y así Conchita me relató que el ventrílocuo realmente no sólo tenía dos voces, también dos personas en un solo cuerpo. El ser humano era violento, introvertido, incapaz de decir una frase de ternura a su mujer, con esa voz estridente y aguda; no así su muñeco, de voz de barítono, melodiosa, capaz de enamorar a la más difícil de las hembras. El Manolo de Cádiz era impotente, de ahí -llegué a la conclusión-, que su muñeco poseía un sexo enorme, cumpliendo su rol de amante mientras su manipulador miraba el coito de su hembra con un muñeco de palo.
Conchita se dejó engatusar por la voz del Valentino de Cádiz, por ese enorme sexo que noche a noche, día a día, a cualquier hora, en cualquier sitio, pueblo, aldea o país perdido, mientras el muñeco le decía frases de amor, hermosísimas frases de amor, con esa voz de barítono, esa voz que la permitía alcanzar uno y mil orgasmos, en cambio El Manolo de Córdova sonreía irónicamente, diciendo: "¡Chupamanpi de mi culo, eso eres lo que eres y punto!"
- Una noche, Manolo de Córdoba me golpeaba como todas las noches... Sin que nadie me defendiera, nadie. Golpe tras golpe, insultándome hasta el cansancio. Si no fuese por mi amor por Valentino de Cádiz ya me hubiese ido; pero me era imposible, me era imposible vivir sin su voz embrujadora, sus ternuras... -me confíó Conchita. Para seguir:
- Yo sangraba por todos los poros a punto a desmayarme, al igual que todas las noches. Tenía que soportar tanto maltrato si quería que mi Valentino de Cádiz me acariciara, me hablara. Soporté meses y años, hasta que...
- ¿Qué, Conchita? ¡Qué pasó! ¡Dime qué pasó!- la rogué.
- ¡Tú no lo creerás!- dijo.
-¡Te creo, mi Conchita, te lo creo!- insistí.
- Mi Valentino de Cádiz se cansó y sus dos manitos lo cogieron del cuello y lo apretaron hasta que se puso violeta, hasta que dejó que sus pies terminen de sacudirse, que su boca botara una espuma tan negra como su alma, que no pudiese nunca más hablar con su voz chillona de torturador, que sus ojos rojos salieran de sus órbitas, hasta que al final le arrancó su lengua con sus dientes de marfil...
"Esa noche mi Valentino de Cádiz me amó mejor que anteriormente. Empero llegó la policía y aquí me tienes, encerrada, a pesar de ser inocente del crimen que me acusaron y condenaron a muerte en vida".
- ¡Bastaba que Valentino de Cádiz hubiese confesado!-, afirmé categóricamente.
Mi Conchita "Manca Chupamanpi" abrió ojos de este tremendo porte, asombrada:
- ¡Tú eres el único que me crees! ¿Por qué nadie me cree inocente, entonces?
- Porque el muñeco dejó de hablar esa misma noche-, repliqué.
- ¡Porque mi Valentino de Cádiz se sintió culpable, porque tenía mala la conciencia, por eso dejó de hablar con su voz de oro!- gritó.
En seguida, Conchita se aferró al muñeco de madera y entró definitivamente en la locura, sin reconocer a nadie, ni a su propio compañero en el trapecio volante, allá en el circo de la Familia Balabusha, donde la carpa se instala cada semana en un pueblo sin nombre, allá, donde una mujer con un solo brazo saltaba en los aires y yo, enamorado, la sostenía en el espacio con la fuerza de estas dos manos, que desde entonces no saben de ternuras.
Al dejar Eslovenia, le conté al médico del Hospital Siquiátrico lo que Conchita me había dicho: El culpable era ese maldito muñeco de palo llamado Valentino de Cádiz.
"Desgraciadamente no puede hablar o no quiere confesar su crimen", afirmé.
Con una sonrisa de burla me respondió:
- Amigo, el muñeco no podía hablar... Era imposible que hablara. Tu Conchita, cuando fue ingresada al Hospital, traía en su mano la lengua podrida del ventrílocuo, el famoso Manolo de Córdoba. De tal modo, el Valentino de Córdoba no hablará más.
A nadie.
GABRIEL GONZÁLEZ WILSON es uno de los tantos chilenos forzados a abandonar el país hace más de tres décadas, que finalmente se quedó lejos. Periodista, escrito, pintor y… ¡gran amigo! De sensibilidad exquisita y verbo estremecedor, es uno de los más fervientes colaboradores de ZonaImpacto.cl, publicación que apoya desde sus comienzos. Estrechamente vinculado con Quillota –hijo del connotado Premio Nacional de Periodismo, Raúl Morales Álvarez y de la artista plástica Elena Wilson- no olvida cada rincón de este terruño en el que también compartió con su destacada tía, Marta Morales, quien fue la más valiente defensora de los Derechos Humanos en esta tierra. ¡Bienvenido a este rincón de prosa mágica, Gabriel!
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