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25 de marzo de 2008

Flor de un día

Por Gabriel Morales Wilson

A la memoria de mi hermano Miguel.

La Pelusa tiene la mano verde: basta que corte una pequeña rama y plantarla para obtener un nuevo retoño, futuras flores, un arbusto o, simplemente, un naranjo con frutos de oro. En su departamento, allá, Castrop-Rauxel, Alemania, renacen las plantas moribundas, incluso donde no entra el sol, de tal manera se ha convertido más en doctora que en jardinero o profesora de español, recuperando "sus" enfermas en el lenguaje de las ternuras.

El año pasado, a fin de marzo, al comienzo de la primavera europea, llegó con un gran macetero y una plantita que apenas se veía, diciéndome que si la cuidaba como correspondía, en pleno invierno, vería las flores más magníficas. Le entregué los agradecimientos correspondientes, puse el macetero y ese ridículo tallo con unas tres o cuatro hojas en el balcón entre las otras plantas de La Huasa, que como todo el mundo lo sabe, desconoce sus nombres y si son malezas u ornamentales. Ignoro cómo sobreviven, debido a que las riega con enorme indiferencia de vez en cuando y de cuando en vez, incluso en algunas ocasiones con su reconocido mal genio.

Durante semanas no cumplí la promesa de cuidarla como era menester, dejándola a la atención de La Huasa, que tampoco le dio mayor importancia. Ahí, la pobre, escondida en un rincón, suplicando un poco de luz, unas gotitas de agua nada más, que tanto cuesta, unas gotitas nada más que en ningún caso nos arruinarían. Había otras cosas de qué ocuparse que estar cuidado de una planta cuando basta comprar una con flores y punto.

No obstante, a comienzos del verano, la plantita comenzó o ponerse coqueta, su vestido de hojas verdes se imponía entre las otras, me pareció que al verme rozarla se agitaba de alegría, como llamándome para que le prestara una amable mirada. Debo reconocer que comenzaba a ser la más hermosa del jardín, incluso sin haberme ofrecido sus comentadas flores.

Un día me descubrí comprando un libro sobre jardinería para encontrar su nombre y aprender de qué manera cuidarla. Aprendí acerca de las plantas, incluyendo sus nombres científicos. La mía: "Hibiscus rosa-sinensis." En Chile, le decimos principalmente "Rosa de China", pero decidí escoger otro de sus nombres conocidos: "Flor del beso"

Desde ese instante, se inició una relación por-natura con ella, algo totalmente nuevo para mí, confesando que a pesar de declarar a cada ocasión mi admiración y amor por la Naturaleza, de haber plantado árboles tanto en Chile como en otros países, incluyendo mi Araucaria que hoy camina al lado de mi sombra por el mundo, nunca había plantado o me había dedicado exclusivamente a una planta. Quizás porque jamás se dio la oportunidad.

Ahora, gracias a la Pelusa, converso con las plantas, incluso con las ortigas, cardos, tréboles con tres o cuatro hojas, amapolas (¿"Por qué eres tan ingrata... Amapola...?"), que me acompañan en mis paseos por los bosques, a orillas del río, llamándolas por su nombre y a veces cuando han partido o alguien las ha arrancado, maldigo la mano criminal e insulto además al brazo y al resto cuerpo culpable.

Con mi "Flor del Beso" a veces tenemos largas conversaciones, mientras la riego con la mejor agua de los Alpes, el agua que viene de una vertiente que los hombres todavía no han ensuciado, el agua que brilla día y noche con la luz de la luna que se enredó en algunas ramas de abedules, esa agua que la embruja cuando la embriaga, que la obliga a cantar con esa única voz de chiquilla vestida de verde:

"La noche fui tan corta
¡Tan corta mi amor!
Y no tuve el tiempo de besarte
Cuando la aurora temprana
Me obligó abandonarte
Con la luna enredada en tu pelo
Y la tristeza en mis ojos..."

Ella adora a Mozart y también me ha enseñado apreciarlo. Entonces, todos los días, a la hora en que el ocaso llama al sosiego y despedirse de los trinos de los pajarillos que vienen a saludarla durante el viaje diario del sol hacia el país que olvidó mi nombre, escuchamos nuestro concierto y nos miramos- ¡Oh, sí!- nos miramos con nuestra ternura infinita.

Toda la gente debiera conocer el idioma de las plantas y de las flores, el color de sus ojos, sus perfumes que invaden de alegría el alma, el tallo que da miedo cogerlo con estos viejos dedos, temblorosos, ansiosos de seguir amando a pesar de que la juventud se va yendo, se va yendo. Y sin vuelta.

Por eso hablo con ella. Le cuento que las noches son terribles porque son interminables, como los inviernos que nos privarán posiblemente la esperanza de una primavera, ahora -¡malaya!- cuando los dientes se van desgranando como un maíz olvidado en el campo. Le relato la última pesadilla, en la cual vi desaparecer las flores y un yermo mostraba la tragedia de las plantas y árboles asesinados, el desierto de las almas de los hombres que ruegan a iconos y no a la Belleza que justifica la presencia de un Creador Inicial, las niñas que amé se marchitan mientras olvido una a una el rostro de la adolescencia, la risa compartida de esas noches cuando jóvenes creíamos en un nuevo mundo, los poemas que escribimos en el aire e impresas en las nubes, recitados por las lluvias en el sur, allá, donde nació la leyenda del viento y su canto.


En los calores del estío, nos refugiamos en las sombras del castaño y así protegidos, nos vimos crecer y envejecer al mismo tiempo; hubo instantes en que nos adormecíamos y hasta soñamos con un jardín donde las flores bailaban junto a las ninfas que nos acariciaban y sonreíamos que mejor era así, quedarse ahí para siempre, no despertarse, confundirnos en la danza y decir: "¡Ah! ¡Esta es nuestra primavera eterna!"

Pero la plantita creció y no me anunciaba la primera flor. La Pelusa me había dicho que seguramente sería de pétalos de un rojo púrpuro, bastaba esperar al comienzo del otoño, o quizás al invierno, no podía afirmarlo, más estaba cierta que cuando desapareciera el sol, cuando los días fuesen cortísimos y las noches interminables, vería en mi ventana la primavera.

¡Qué impaciencia! ¿Cuándo mostrarás tus pétalos encendidos? ¡Dime el día de tu nacimiento, la hora llegada, que te espero, te espero!, rogué con impaciencia.

El verano pasó y escogí quedarme a su lado en vez de cambiar paisajes. Entonces descubrí que cada hoja tiene líneas como nuestras palmas de la mano y me puse a leerlas, alcanzando un prestigio enorme entre las plantas que pedían poniéndose en cola: "¡Me toca a mí! ¡Me toca a mí! ¡Léeme el futuro!" Algunas tienen más fortuna que otras, ornadas de arcoiris, otras están destinadas a vivir y morir antes de tiempo, apenas de mostrar lo que pudo ser y no será, enlutando mi propia existencia.

En mis huesos comencé a predecir el otoño y en seguida ese invierno amenazante; mi planta, mi "Flor de Beso", la mía, comenzó a indicar que ya estaba embarazada con un capullo, orgullosa como cualquier hembra con el primer crío y yo, con mi pecho inflado, doblé con mayor atención por quien me daría la flor más hermosa del edén, esa que esperé hace tanto -¡tanto tiempo!- y que me aportaba la Primavera eterna, esa flor que cantaría durante los nuevos días felices.

De acuerdo a mi pronóstico debía nacer el 21 de septiembre, con la llegada del otoño europeo y la primavera en el país que ya me ha olvidado. El diecinueve y el veinte la sentí nerviosa y traté de asegurarle que ya vería, que el nacimiento sería sin problemas y sin dolor, que había visto nacer mis hijos y La Huasa -como todas las huasas-, ni siquiera gritó cuando me dio sus tres maravillas. Podía tener confianza y en mi presencia.

El veintiuno de septiembre de 2007, fui informado del fallecimiento de mi hermano Miguel, ese camarada que tuvo el corazón rojo y la actitud del que no abandonó la lucha, con buen tiempo o la tempestad que oscureció el cielo de la Patria, uno de esos camaradas por quienes nadie dará sendos discursos en el cementerio, o que nadie irá en romerías como hacia las tumbas de jerarcas que fueron santificados en vida. Miguel fue de esos militantes que no buscaron hacer carrera con sus ideales, que compartía su mesa con los humildes, que se levantaba en los mítines para denunciar a los oportunistas de turno. Miguel fue uno de esos a los cuales podíamos llamarlos con enorme respeto: "¡Hermano, Camarada!"

Miguel, mi hermano, mi camarada.

Fue el único día que abandoné mi planta para huir en el bosque, ahí donde puedo llorar fuertemente en mi templo de la Naturaleza. Regresé cuando las hojas caían como mis lágrimas de tristeza, entrando a mi casa con el corazón anunciándome el invierno y fui a decirle a mi planta que comenzaba a prepararme para que me diera al menos un consuelo, su beso escarlata, pero ya, ya no, la flor se había caído sobre la mesa, la hibiscus había perdido su vestido de fiesta.

Era una flor de un solo día.

Ahora estoy cierto: llegará el invierno y no veré nunca más mi primavera. Mi planta, ya sabe que debe vestirse de luto porque no veré la "Flor del Beso" en mi viaje hacia el Cosmos.

El pacto con el diablo

Por Gabriel Morales-Wilson

Sus últimas semanas no dejaron el recuerdo que hubiese deseado dejar en su familia y quienes fuimos amigos o enemigos. El Chino Mo-Wi, ex colaborador de este prestigioso periódico e internacionalmente conocido, desapareció. Así dejó -como de costumbre- a su fiel esposa, La Huasa (que Dios la guarde en gracia y belleza), sus hijos y nietos, sin siquera despedirse, tan apurado que demostró por partir.

Personalmente fui testigo de su decadencia física y síquica -no hablemos de moral o espiritual, porque las desconocía-, luego de diversos ataques cardíacos, cerebrales, hemorragias internas, sospecho asimismo de cirrosis (él decía que era solamente "hepatitis A"), pulmones en pésimo estado debido a los diferentes drogas que exageró durante toda su vida, sin olvidar el opio, al cual fue asiduo en los tugurios de Hong-Kong y Birmania. Lo extraño del asunto, el Chino Mo-Wi padecía -cosa que nos informó oportunamente-, de hipertrofia benigna de la próstata, enfermedad que no fue la que lo llevó al Infierno. Pese a estas diversas patologías, hasta el último instante que vivió entre nosotros, no paró de seguir en su ruta que se fijó en la vida y fue siempre su lema: "¡Huevear, huevear hasta que el mundo se termine!"

El mundo no se ha terminado, pero él, sí.

No crean que sus últimos días fueron tan macanudos como él -siempre tan mentiroso y farsante- hacía creer. No. Por el contrario. En realidad, la única verdad, la "firme" (y aunque me acusen de "sapo") es que el Chino estaba muerto -antes de tiempo-, por el susto. Cagado de susto, como vulgarmente se dice. Fui -lo reitero-, testigo de sus delirios, especialmente al atardecer y veía llegar decenas de cuervos en el nogal frente a su dormitorio y desde allí, en un ruido ensordecedor parecían gritar: "¡Muérete Chino de Mierda! ¡Muérete de una maldita vez, Chino de Mierda!", tarde tras tarde, hasta que el Chino se fue.

Durante esos delirios, espantados por esos pajarracos de plumas negras y brillantes, el Chino se aferraba a mi brazo pidiendo: "¡Córreme esos curas de ahí...!" O bien, al notar que se posaban en las ramas del nogal: "¡Llegaron las beatas, llegaron las beatas! ¡Sáquenmelas de ahí...!" Ni hablar sobre las monjas, que adoraba porque, según este hijo del Demonio, era el único que le había puesto los cuernos al que prefiero no nombrar, porque yo no quiero ir a los fuegos de la profundidad, diciendo su santo nombre.

Su odio por todo lo que fuese religiones, sectas, sacerdotes y otros monjes, de todo pelaje, era reconocido. Las malas lenguas lo acusan de haber participado en misas negras, transformar en Albania una santa iglesia en discoteca, un templo ortodoxo de la Siberia en un establo para las vacas y, al parecer no es falso de ninguna manera, que siendo joven fue un seminarista jesuita expulsado de la Compañía de Jesús, por caliente y mujeriego. Pero no hay pruebas al respecto.

Es imposible imaginarlo de sacerdote. ¡No puede ser! ¡Imposible!

Refiriéndose a las monjas, nos decía: "¡Son mujeres que merecen -si existe- el Infierno. Estas son las nuevas vestales creadas por la religión cristiana, mujeres cuyo principal pecado es negarse no solamente a la vida (hay algunas que no tienen otra posibilidad, debido a ser tan terriblemente feas...), sino que además están llenas de fatuidad, de una vanidad inconmensurable, porque quienes se creen dignas de ser únicamente las esposas de Dios-Cristo y no de los hombres con los pies y el sexo en la tierra, merecen el desprecio..."

Desconocía este Bandido las acciones caritativas, el regocijo de la oración y retiradas del mundo de la parte de las buenas hermanas. Él no pudo entenderlo.

El secreto del Chino

En su delirio, aterrorizado frente a su muerte próxima, exclamaba: "¡Dijimos hasta los cien, hasta los cien, no antes!" ¿A quién se dirigía?, me pregunté.

No creo que este energúmeno esperaba alcanzar a los cien años, viendo cómo en vida se descomponía delante de nuestros ojos, soportando sus fétidos olores, hediondo al azufre del Infierno, a sexo de hembras que, a pesar de constatar su agonía, seguían pecando en su lecho (¿sería para espantarle los cuervos?) y después partían con la sonrisa en la boca y suspirando.

Yo pienso que La Huasa ya estaba cansada de saber que durante su ausencia un desfile de hembras en calor asistía a saludar al moribundo. Dejó órdenes de encerrarlo bajo cuatro llaves para que dejaran morir (¡de una bendita vez!) a su victimario.

Una noche, cuando los cuervos gritaban aún más fuerte, quedó mirándome con una mueca que debiera haber sido una sonrisa y me dijo:

- ¡Griten, griten empollerados de miéchica! ¡No saben que yo estoy protegido por el mismísimo Diablo!

Sacó la mano que tenía bajo las sábanas y mostró un pergamino escrito con sangre, con su propia sangre, en el cual pude leer:

"Yo, Chino Mo-Wi, nacido durante el crucero del navío ‘La Estrella Roja del Norte', proveniente de China al puerto de Valparaíso, Chile, hijo de Mo y Wi, reconozco que Lucifer es el único ángel que merece respeto y así obedecerlo en todos sus mandamientos. Asimismo, juro con mi propia firma y mi sangre, que mi alma pertenece desde hoy hasta el fin de los tiempos, al otro firmante del presente contrato. En cambio, el Lucifer promete lo siguiente:

Uno: Chino Mo-Wi tiene pleno derecho a huevear todo lo que estime necesario o conveniente, sin limitación de especie alguna.

Dos: Sin interesarle las riquezas del terrenal mundo, le ofrecemos eso sí la compañera más hermosa del Universo y sus alrededores y que lo permita sin intervenir, en su vida de excesos. Paralelamente, fiel compañera, cuya función principal será de cuidarlo como huesito de diablillo, por lo cual seguirá los estudios necesarios para convertirse en una "vivasanos" y no como los otros, que son nada más que "matasanos".

Tres: Mantenerlo en vida hasta al menos cien años."

El texto anunciaba otros puntos, pero no alcancé a leerlos en su totalidad.

¿Por eso este Chino de Porquería todavía seguía viviendo? ¿A pesar de corromperse en vida?

Lo que aún no entiendo es que, si tenía un Pacto con el Diablo, ¿por qué sufría de tantas enfermedades? A veces me digo que se debía a las maldiciones de los curas y las beatas que los defienden, las iglesias del mundo entero, las religiones enemigas del demonio, lo que me demuestra, en todo caso, que no siempre Lucifer es el vencedor... Salvo en la Tierra.

Partió de una bendita vez

Antes de partir me obligó a prometer que me ocuparía de toda su familia. Sin excepción, incluyendo sus hijos reconocidos o no. Consolar a todas sus viudas a lo largo y ancho del mundo, prender cada noche una vela a fin de iluminar su ventana por si él desearía algún día regresar.

¡Ni pelotas que fuese! ¡Velitas quería el Bandido! ¡En su ventana...! ¡En el Infierno, eso sí!

Pero uno nunca sabe si este Canalla volverá, así es que de vez en cuando pongo un petardo para espantar los cuervos que siguen en las ramas del nogal frente a la casa y cumplo mi propio contrato con él, con el cual me ofreció que yo, su "Medio Pollo", gozaré de sus privilegios sin estar obligado de irme al Infierno.

No estoy cierto de esta decisión, porque desde que se fue, me dio por la tequila, las mujeres de buena y mala vida y para más remate, la próstata también me esta hueveando y La Huasa, día y noche me está cacareando: "¡No eres ni la sombra de mi Chinito, apenas un remedo de mi Chino, que jamás habrá un chinito como el mío, ni siquiera sabes echarle chuchadas a los curas, amarme como mi Único y Maravilloso Chino!"

Si tiene la ocurrencia de regresar, ¡lo mataré con mis propias manos, aunque yo tenga 92 años y él parezca un chiquillo recién nacido!

Que Dios me lo perdone y el Diablo se haga el leso.

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