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19 de octubre de 2007
Fred BenettsFred Benetts, ciudadano británico y cuñado del asesinado sacerdote Miguel Woodward.

Violenta agresión policial sufrió el cuñado de sacerdote torturado en la “Esmeralda”

Una inaceptable agresión afectó al cuñado del asesinado sacerdote Miguel Woodward, Fred Bennets, el pasado 18 de septiembre en Santiago, cuando alzaba una pancarta exigiendo justicia por los siete sacerdotes asesinados durante la dictadura de Pinochet.

Benetts es esposo de Pat Woodward, hermana del sacerdote que inmediatamente después del golpe militar de septiembre de 1973, fue llevado por efectivos de la Armada al buque escuela Esmeralda, donde fue torturado hasta causarle la muerte poco después del en Hospital Naval de Valparaíso. Su cuerpo fue enterrado clandestinamente y hasta ahora sus restos no han sido ubicados.

Este caso está siendo investigado por un ministro de la Corte de Apelaciones de Valparaíso, que debiera fallar pronto pues todos los ejecutores del crimen están identificados y se ha establecido responsabilidades.

El martes 18 de septiembre, Benetts estaba en Santiago y pretendía que los obispos vieran la pancarta exigiendo justicia, pero fue agredido por efectivos de Carabineros cerca de la Catedral.

Víctima relata los hechos

En carta enviada al editor del informativo Política Cono Sur, Germán Westphal, Fred Benetts, víctima de la irracional agresión, relata los hechos:

“Hoy fui a Santiago para manifestarme en las escalinatas de la Catedral antes del Te Deum. Puesto que es el gran día de la jerarquía como institución –organizan este evento con muchos invitados y mucha panoplia- me pareció apropiado llevar un cartel alusivo a los siete sacerdotes que dieron su vida por los pobres, habiendo sido asesinados y, en la mayoría de los casos, calumniados por el régimen militar. Son: Joan Alsina, Omar Venturelli, Antonio Llidó, Étienne Pesle, Gerardo Poblete, André Jarlan y Miguel Woodward. Pedía a los obispos que refutasen las calumnias, que hasta ahora nunca han sido refutadas ni desde el púlpito ni por cualquier otro medio.

Además, llevaba una petición sobre ese tema dirigido al Presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Alejandro Goic, firmado por 75 personas. Esperaba entregárselo si se personase en las escalinatas, junto con una copia de una carta de diciembre de 2006 sobre el mismo tema que mi mujer, Patricia Woodward, le había dirigido, a la cual (igual que a una carta anterior) no había recibido contestación alguna.

Me encontré con que las fuerzas de seguridad habían acordonado toda la Plaza de Armas y dos cuadras alrededor. Por lo tanto tuve que dirigirme a Banderas esquina con Moneda por donde pasaban los autos oficiales camino a la Catedral. Me puse por detrás de una barrera frente a unos carabineros.

Destruyeron un cartel

Aproximadamente a las 10.35, desplegué mi cartel y fui inmediatamente rodeado por varios carabineros, uno de los cuales sin explicaciones lo destrozó. Cuando le increpé, haciendo referencia a la libertad de expresión y preguntándole por la ordenanza que le permitía actuar de esa forma se limitó a decir “hoy no”.

Esperé unos diez minutos más hasta que se veía a la Presidenta en su vehículo oficial y entonces saqué de mi carpeta una hoja, un folio que detallaba los nombres de los siete sacerdotes para que la Presidenta, sin, evidentemente, poder leerlo, pudiera al menos ver que había algo que quería comunicarle.

Inmediatamente, sin más, fui agredido por varios carabineros y, con especial contundencia, por un joven de civil que se encontraba a mi lado. Sin medir palabra y sin tratar de leer lo escrito en el folio, me tiraron al suelo y el joven se echó con todo su peso sobre mí, inmovilizándome durante unos tres minutos.

Durante ese tiempo uno de los carabineros agarró mi carpeta y salió corriendo, igual que los demás carabineros cuando vieron que se acercaban unos fotógrafos de prensa. El joven, mientras tanto, me dijo que era policía y que yo estaba detenido.

Lesionado

Al levantarme, desapareció el policía y me dirigí en primer lugar a los carabineros que habían vuelto a aparecer, requiriendo mi carpeta. Se apartaron sin contestar y cuando les seguí me encontré con que al lado suyo estaba el policía quien me había agredido y otro de los carabineros que tenía mi carpeta. Me dirigí a uno de ellos que tenía el nombre Moya en su uniforme y que se identificó como responsable de los funcionarios allí presentes. Me identifiqué, presentándole mi pasaporte británico con el cual entré en Chile ayer. Él transmitió los datos a un superior suyo por celular. Le pregunté al oficial Moya si el joven era en realidad policía y me contestó que sí y que estaba bajo sus órdenes. Le pedí que me diera el nombre de ese policía y se negó a ello. Al preguntárselo dijo que no estaba detenido.

Puesto que mi brazo sangraba por causa de la agresión, le pedí al oficial Moya dónde podría encontrar un hospital donde curarme. Me dijo que en la Avenida Portugal –que averigüé mas tarde, estaba a bastante distancia. Luego le pregunté dónde había una Comisaría para denunciarle y me contestó que no iba a decírmelo.

Dadas esas circunstancias decidí regresar a Valparaíso. Presentándome en Urgencias del Hospital Van Buren me dieron un parte que hace referencia a lesiones en un brazo, que me curaron, y hematomas en varias partes del cuerpo. Luego denuncié los hechos en la Policía de Investigaciones de Valparaíso. Entiendo que el informe policial allí redactado será enviado al Fiscal de guardia mañana y que, previsiblemente, éste se declarará incompetente, reenviándolo a la Fiscalía apropiada en Santiago.

Agresión anterior

Se da la circunstancia que el 2 de abril del año en curso, dos días antes de regresar a España, fui agredido en el molo de Valparaíso con ocasión de la despedida de la Esmeralda por dos desconocidos en presencia de un Carabinero, el Sgto. Juan Lucke, que no intervino.

Denuncié los hechos en la misma Oficina de Investigaciones de Valparaíso, informe ese que también pasó a la Fiscalía. Pedí que, como primer paso, identificasen a mis agresores, puesto que todo el incidente había sido filmado por un cámara de TVN, el Sr.Danilo Ahumada. Hasta el día de hoy no tengo noticias de las investigaciones que pudieran haberse llevado a cabo a este respecto.

Espero que verán bien dar a conocer que Carabineros está actuando fuera de la ley y que los obispos siguen despreocupados por la verdad.

Saludos,

Fred

Asesora de Derechos Humanos

Ante la gravedad de lo sucedido, Germán Westphal envió la siguiente carta a la asesora de Derechos Humanos de la Presidencia, María Luisa Sepúlveda:

Estimada Sra. María Luisa Sepúlveda:

Acabo de recibir el mensaje firmado por mi amigo Fred Bennetts que incluyo más abajo. Fred es cuñado de Miguel Woodward, sacerdote muerto a consecuencia de las torturas que sufrió a bordo del buque- escuela “Esmeralda” en septiembre de 1973. Por tanto, le escribo a Ud. con copia a la Secretaría General de la Conferencia Episcopal de Chile. También incluyo copia a los H.H. Diputados y Senadores, pues se trata de un tema de Estado que trasciende el caso particular de mi amigo, según elaboro más abajo.

Tal como explica en su mensaje, Fred fue violentamente agredido por Carabineros la mañana de hoy 18 de septiembre, sin que mediara provocación alguna de su parte, en circunstancias que intentaba hacer uso de su libertad de expresión de manera digna y pacífica alzando una pancarta alusiva a los siete sacerdotes asesinados por la dictadura al paso de los vehículos de las autoridades hacia el Te Deum.

Los detalles de su motivación para expresarse de esta manera y del incidente provocado por Carabineros están claramente explicitados en su mensaje.

Le escribo a Ud. con la ira apenas contenida con el ruego de que le haga presente lo ocurrido a Su Excelencia, la Presidenta de la República, de modo que se entere del actuar de la policía de Carabineros pues aquí hay un problema que trasciende la agresión sufrida por mi amigo,

En efecto, el proceder absolutamente ilegítimo de Carabineros es en esencia una agresión que va en contra de todas las libertades ciudadanas, algo absolutamente inaceptable, por precaria que sea la democracia que tenemos en el país. En los hechos, se trata de algo tan o más inaceptable que el fenómeno de los encapuchados, pues involucra a agentes del Estado que deben saber compatibilizar el orden público con la libre expresión de los ciudadanos que actúan dentro del marco de dicho orden, tal como lo hacía esa mañana mi amigo Fred.

También en los hechos, aunque los agresores no llevaban capuchas, es como si las hubieran llevado pues el oficial responsable se negó a identificar a ninguno de ellos, siguiendo la misma línea de “pacto de silencio” que han mantenido los represores de la dictadura.

Todo esto simple y llanamente no puede ser y es un tema de Estado que la Presidenta no puede dejar de considerar y remediar si efectivamente va a abordar racionalmente el problema de la violencia callejera, un contexto en el cual también juega un papel la violencia policial según demuestra la agresión de que hoy fue objeto mi amigo Fred Bennetts.

Saluda atte. a Ud.,
Germán F. Westphal

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