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03 de septiembre de 2007
Miguel Tapia G., Periodista

Mi sociedad enferma

Miguel Tapia G., Periodista

Soy demasiado inquieto y no soporto ver un programa entero de televisión. Por eso recurro al “zapping”; es decir, voy de un canal a otro pretendiendo ver dos o más espacios simultáneamente.

Así, en la noche del lunes 20 salté de un reportaje a otro durante más de una hora. “Informe Especial”, de TVN, presentaba uno sobre la estremecedora pobreza en barrios marginales de la capital. Y “En la mira”, de Chilevisión, mostraba el trasfondo de la creciente afición de las carreras ilegales de autos y la afición de transformar estos vehículos en modelos únicos, fastuosos, velocísimos.

El contraste resultaba infamante. Mientras en los suburbios capitalinos, los caseríos de las “tomas”, levantados con tablas, latas, cartones y plásticos, albergaban familias entumecidas y desesperadas por el hambre, el otro canal nos mostraba hombres satisfechos y orgullosos de haber comprado un auto de diez millones de pesos que transformaban en un bólido inatacable con cromados y accesorios de vergonzoso lujo, metiéndole otros diez o más millones de pesos.

Los coches “enchulados” y esa barbarie de competir clandestinamente por las noches en caminos y carreteras apartadas del control policial, es un retrato feroz de lo que es nuestra enfermiza sociedad actual. La pobreza extrema y desesperanzada que soportan tantas familias chilenas –con mocosos descalzos jugando en los charcos con caca o escarbando basureros buscando algo para echarse a la boca- es el otro extremo del descabellado espectro social que muchos pretenden ocultar.

La tele nos muestra esas dos orillas al tiempo que un obispo pone a la clase política a discutir sobre un indescriptible “salario ético” que más suena a ingenuidad, a la vez que la Presidenta crea una Comisión para ver cómo reducir la infamante desigualdad social.

Y nuestros diputados ¿en qué estaban? ¡Tratando de subirse a escondidas sus ingresos que ya superan los once millones de pesos mensuales en medio millón más…!

Competencia desenfrenada

Entre las dos realidades que mostraban los simultáneos reportajes televisivos, está la legendariamente olvidada clase media chilena. Estamos los que nos arrastramos por la vida tratando de mantener el decoro, de alimentarnos decentemente, de financiar los estudios de nuestros hijos y hasta de tener la osadía de comprar algún libro de tercera mano (o pirateado) o ver alguna buena película.

Hay quienes, como tienen plata, adquirieron la afiebrada afición de jugar con veinte o más millones de pesos -que alcanzarían para dotar de viviendas mínimamente dignas a tres familias pobres- metiéndole aparatos de última tecnología y adornos del peor gusto a sus autos para correrlos desenfrenadamente… Y arriesgan no sólo que su millonada quede en cualquier momento convertida en un montón de latas y fierros retorcidos, sino también de quedar mutilado o morir horriblemente descuartizados.

¿Por qué?

Por este afán desmesurado que se ha instalado en nuestra sociedad, de competir, de demostrar que se es o se tiene más que otros, de aplastar a los cercanos erigiéndose con una malentendida superioridad que se traduce en poseer cosas, mostrar mucha plata, presentarse como alguien importante, insuperable…

Claro, la vida es de ellos. La plata también.

Pero lo dramático es que ese afán de exhibir superioridad, de competir en todo orden de cosas y de tratar de lucir como un ganador, se transmite inevitablemente de un nivel a otro de nuestro desigual tejido social.

Así, nuestra manoseada clase media se ha contagiado también de ese afán elitista, en el que hay que mostrar que se tiene mucho y que nuestra vida es todo un éxito.

Hace algún tiempo, una funcionaria pública me preguntó cuánto necesitaría gastar para regalarle a su hija una guitarra en la que pueda estudiar música. Le dije que con 30 mil pesos ya tendría un instrumento al menos bien afinado y duradero. “¡No, puh! –me respondió- Yo te hablo de algo de cien mil pesos o más, porque mi hermana le compró a su hijo una guitarra que le costó 110 mil pesos…” Entonces, le repliqué, “cómprale la guitarra a tu hermana, que se gane unos pesos y tú vas a aparecer gastando más que ella”. Mi amiga funcionaria gana cerca de 400 mil pesos…

De más está recordar aquel descubrimiento hecho en los supermercados, de gente que llenaba carros con mercadería sólo para que los demás clientes vieran que compraban mucho… y después los dejaban abandonados, antes de llegar a las cajas. O de tanta gente que cuando recién los teléfonos móviles irrumpían en nuestra vida cotidiana, se veía en la calle hablando por celulares… de mentira. Eran aparatos de madera que vendían en la calle, sólo para aparentar.

La publicidad

Era liceano por los años ’60 cuando soñábamos con una sociedad igualitaria y solidaria. Y leíamos sobre el pueblo estadounidense, conociendo una sociedad que también se nos mostraba en las películas yanquis.

Por esa época y con esas referencias, nos enteramos del fenómeno de la competitividad desbocada en un pueblo incitado a gastar y gastar para tener más y más. Nos asombrábamos de una población dominada por la publicidad incitante sólo al gasto. Nos parecía ridículo que cuando un ciudadano compraba un auto, de inmediato comenzaba a recibir el influjo publicitario motivándolo a cambiarlo por otro más lujoso y actualizado… e igual con los artefactos domésticos, el vestuario, todo. Nos parecía enfermizo un sistema de vida orientado a comprar y sólo a comprar. Veíamos hombres y mujeres trabajando en dos o tres partes, sin vida familiar, para ganar más y más y adquirir cosas y más cosas sólo para sentir que eran superiores al vecino, al hermano o el amigo…

Entonces, con un candor hoy inimaginable, nos jurábamos que eso jamás sucedería en nuestro Chile querido, porque aquí éramos sobrios y solidarios. Que antes alcanzaríamos nuestro ideal de sociedad igualitaria y después nos ocuparíamos del progreso individual.

Nos equivocamos los idealistas de entonces. La publicidad hoy domina todos nuestros actos. Me desespera ver a gente modesta revisando con desmesurado interés el detalle de las ofertas de los catálogos lujosamente impresos que regalan las cadenas de multitiendas para cautivarlos con ofertas que no son tales, generándoles necesidades inexistentes.

Mucha gente compra lo que no le es indispensable, se endeuda, cambia sus artefactos en uso por otros más lindos, modernos, con diseños aerodinámicos, sólo para lucirlos.

Hemos caído en el embrujo de la publicidad. Hemos sido doblegados por el influjo consumista que doblega voluntades y nos hace vivir, trabajar y sacrificarnos no para ser felices ni para amar mejor, sino para comprar y comprar.

Incitaciones indecentes

Hace escasos minutos escuché una vez más la repugnante publicidad radial que demuestra todo lo dicho y que me motivó a escribir estas desordenadas líneas.

Va con la musiquita futbolera “Vamos, chileno” y el mismo llamado para atraer la atención. E invita a los chilenos a cambiar el auto por uno más grande, “para que nadie quede abajo”; a instalar una piscina grande en la casa “para toda la familia”, a “preparar las maletas” para hacer ese viaje añorado desde siempre y a construir un quincho para ofrecer los sábados un gran asado a los amigos. Todo eso se puede hacer con un crédito del Banco de Chile, que presta plata sin restricciones para darse cualquiera –o todos- estos gustitos.

Es decir, de manera indecente se está incitando a comprar créditos ya no para solucionar problemas o superar carencias, sino para darse gustos que otros no pueden darse: piscina y auto más grandes, viajes, festejos para las amistades...

Peor es el aviso que repite el BancoEstado, la institución financiera pública, de todos los chilenos. Está invitando a obtener un crédito para salir a pasarlo bien en las próximas Fiestas Patrias, sin fijarse si la parrillada que van a disfrutar es para tres, cinco o siete personas; la cosa es pasarlo bien durante esos cinco días seguidos de feriado que se les está ofreciendo a los trabajadores chilenos.

Claro, el banco estatal aprovecha una coyuntura perversa. Se tramita en el Parlamento conceder el lunes 17 de septiembre como feriado; entonces, la fiesta dieciochera comenzará el viernes 14, para prolongarse hasta el miércoles 19. ¡Cinco días de tomatera y comistrajo! ¡Cinco días de chipe libre para gastar y gastar…! Claro que los legisladores, el Gobierno y los empleadores no tienen contemplado para nada pagar aguinaldos, bonos ni gratificaciones para los trabajadores. Entonces, para aprovechar esos días de asueto patriotero con plata en el bolsillo, hay que endeudarse con el BancoEstado, que cobrará intereses usurarios y si el deudor cae en mora, no dudará en llevarlo a los tribunales para quitarle todo lo que tenga, hasta la cama…

El problema es que muchos caen en el juego. Muchos sucumben al hechizo de la aplastante publicidad consumista.

Irritación social

La publicidad nos convence en radio y televisión –los medios verdaderamente penetrantes en todos los estratos de nuestra población- que sólo comprando, teniendo más y más cosas y consumiendo, se alcanza la felicidad. Felicidad es la palabra que más se repite en la aplastante frecuencia de avisos que invade todo el ambiente que respiramos. Ya no los afectos, la vida familias, la placidez del descanso ni respirar aire puro. No: gastar, gastar es el camino único para alcanzar la dicha permanente. Y si se trata de amor, hay que demostrarlo comprando y regalando. Se ama a la pareja, se demuestra cariño a los hijos o fervor con los padres cuando se les regala. Y el sentimiento que se demuestra será más grande mientras más costoso sea el objeto que se regala.

Y la gente pobre observa imágenes televisivas que le muestran cómo se es dichoso poseyendo más cosas nuevas, relucientes, bellas. Y los noticieros le repiten los fabulosos superávit de la economía chilena, y entiende que sobra plata, que estamos en una sociedad más que satisfecha. Se les informa que los bancos y las grandes compañías obtienen utilidades exorbitantes, inimaginables para su pequeña y triste realidad. Les hablan de miles de millones de dólares a personas que jamás han tenido ni cien mil pesos en sus manos.

Entonces se acentúa y profundiza ese sentimiento amargo de vivir una injusticia tan grande. ¿Por qué unos pocos tienen tanto y tantos tenemos tan poco… o nada? ¿Por qué otros pueden ser tan felices y nosotros no?

Por la tele ven un país feliz no sólo en la publicidad, sino en las llorosas e intrigantes teleseries, en los abundantes espacios de farándula,  en las noticias. Se enteran, por ejemplo, que una hermosa animadora de televisión es feliz porque se compró un departamento de más de 500 millones de pesos… mientras sus chicos chapotean patipelados en los charcos de aguas servidas que abundan en el campamento. Y que el precio de la leche y el pan suben como las verduras; es decir, todo lo que alguna vez fueron los alimentos de los pobres.

En estas circunstancias, los espíritus de los postergados son presas de una creciente irritación, de una feroz angustia, un sentimiento de muda rebeldía que no tiene cómo manifestarse, pero que crece y crece, incontenible.

Mientras eso pasa en el corazón de los más pobres –niños, adultos y viejos-, la clase media se siente aplastantemente agobiada por las deudas y la sobrevivencia en medio de un consumismo inaguantable. Y desde las alturas del poder, surgen sólo críticas por la violencia social, las protestas, la inmanejable delincuencia, la movilización social. Críticas. Sólo eso.

Y, claro, criticar es gratis.

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