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03 de agosto de 2007

Pedofilia, la esencia de la maldad

Por Pilar Róala
De: El Periódico Catalunya, España

El mal existe, y como demostró Hannah Arendt, radica en seres de una gran banalidad. Algunos de los arrestados en la magnífica operación policial contra la pedofilia deben ser seres mediocres.

También lo era Adolf Eichmann, el tipo con gafitas que se meaba de miedo en el juicio que le hicieron en Jerusalén y que había cumplido, con fría meticulosidad, las órdenes de Hitler de la solución final. Él, que había conducido a millones de seres al exterminio, era un tipo banal.

¿Cuántos, de los 66 detenidos por pedofilia, deben revestir la misma nadería moral, la misma brutal insignificancia? La información dice que tienen profesiones dispares, desde psicólogo hasta médico, arquitecto o celador, pero todos habitan en el mismo territorio oscuro del horror humano.

Con su cerebro tortuoso, estos tipos han llegado a acumular millones de fotos de pobres criaturas sin defensa posible, y su actividad penal, felizmente abortada, deja una estela de sufrimiento infantil indecible.

No me imagino el dolor de un niño usado para el delirio sexual de un tipo, su terrible soledad, su quiebro interior, su destrucción. Y, cuando las noticias nos hablan de miles de niños de todas las edades, incluso bebés, usados para el mercado de la pedofilia, la imaginación se convierte en una pesadilla demoníaca.

Sin ninguna duda, el principal enemigo del ser humano, es el ser humano.

Ante estas noticias, el sistema legal de una democracia reviste una enorme fragilidad. Por supuesto, no se puede dejar al culpable sin derechos, pero cuando el culpable es un pedófilo, ¿dónde están los límites del derecho?

Permisos penitenciarios, reducciones de pena, todo nuestro cuerpo penal se resiente ante un delincuente cuya base del delito es la infancia, y entonces los límites pierden su sentido. De ahí que la concepción de una severidad penal extraordinaria para los delitos de pedofilia, sea una petición de justicia.

Estos delincuentes quiebran la ternura, destruyen la infancia, llenan de horror la belleza de un niño.

Como humanos, puede que sean banales. Como delincuentes, son el mal en estado puro.

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