![]() |
Miguel Tapia G., Periodista
Confieso que son muchos los hechos que suceden en mi sociedad que me confunden. Debo detenerme, reflexionar e intentar llegar a alguna conclusión.
Y una forma de reflexionar –tal vez la más provechosa- es escribir. Aquí pretendo meditar por escrito; tal vez quienes lean estas líneas me ayuden a sacar conclusiones.
Mi país registra hoy los mejores índices económicos de toda su historia. La cesantía ha bajado espectacularmente al 7 por ciento y se siguen creando empleos. El Instituto Nacional de Estadísticas informa que ya no se trata de trabajos informales –como los vendedores de micros o las prostitutas- sino de empleos dependientes, con contrato y seguridad social. La economía recupera decididamente su crecimiento y ya en abril el Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec) alcanzó el 6,6 por ciento (en el mismo mes del 2006 fue de apenas 2,7%). La balanza registra un superávit fantástico y el cobre arroja utilidades estratosféricas, con un impresionante ingreso extra para las arcas fiscales…
…Pero el endeudamiento de las familias ha crecido también desmesuradamente. Los trabajadores deben tanto que viven angustiados por la amenaza de cobranzas judiciales que son carísimas, con sus consecuentes embargos y remates de bienes. Una investigación del Centro de Estudios de la Pyme y EuroChile demuestra que cada día desaparecen quince pequeñas empresas. Pero siguen aumentando las utilidades de los bancos y grandes empresas; la concentración de la riqueza se acentúa, el ciudadano medio queda cada vez más desamparado frente al gran poderío económico.
En cuatro años, la pobreza bajó del 18,7 al 13,7 por ciento, eso significa que entre 2003 y 2006, más de 600 mil personas dejaron esa condición. Y la indigencia se redujo en el mismo período de 4,7 a 3,2 por ciento.
Sin embargo, la inmensa mayoría de los chilenos comunes está insatisfecha. Hay frustración en el ambiente y angustia en muchos hogares. Miles de jóvenes siguen abandonando las universidades e institutos superiores porque no pueden financiar sus estudios. Demasiados trabajadores con empleo formal perciben apenas un salario mínimo, que en la práctica –descontada la previsión- significa algo más de 3.000 pesos diarios para el sustento familiar; menos se seis dólares. Entonces, tienen que trabajar dos o tres miembros de la familia; cada uno por un salario mínimo, y viven agobiados por las necesidades y las deudas.
Aumentan los empleadores que ejercen prácticas antisindicales para impedir que los trabajadores se organicen (derecho consagrado en la Carta de Derechos Humanos) y no puedan negociar en forma colectiva. Así evitan conceder beneficios o mantener condiciones laborales dignas.
Mientras la economía mayor nos presenta índices tan alegres y los salarios continúan siendo mayoritariamente miserables, se exacerban antivalores como el consumismo y la atención preferencial por la farándula.
El bombardeo publicitario que recibe cada chileno es desmesurado. Te crean necesidades que no existen; se incita a comprar compulsiva e irracionalmente. Las veredas por donde transita más gente en ciudades grandes, medianas y pequeñas están atestadas de agraciadas muchachas ofreciendo tarjetas de crédito de grandes cadenas de tiendas sin requisito alguno. Abren créditos casi sin límites a los estudiantes que –claro está-. no tiene otro ingreso que las escuálidas mesadas que les pueden aportar los padres para que coman o saquen fotocopias.
En los instantes en que escribo estas líneas falta una semana para la ostentosa celebración del Día del Papá. En mayo fue el Día de la Madre; pronto se nos viene el Día del Niño. Son fechas que la publicidad exagerada ha ido grabando con fuego en lo más profundo de la mente de los ciudadanos, junto a la obsesiva y persistente invitación a comprar y regalar. “Dile a tu mamá que la quieres… regálale un celular” es el tipo de exasperante mensaje que se repite a cada segundo en los diarios, la televisión, los caminos y en cada casa… porque son escuadrones de muchachos los que por un par de miserables pesos son enviados a dejar vistosa propaganda impresa por debajo de las puertas de cada hogar. El llamado a demostrar cariño comprando regalos para la mamá ya no se suscribe al segundo domingo de mayo sino a todo el mes. La propaganda del Día del Padre comenzó a mediados de mayo en las radios, la tele, los medios escritos, las calles, caminos, vitrinas y casa por casa…
Y la gente pica. Los niños, jóvenes, adultos y viejos se desesperan por comprar, irremediablemente seducidos por los mensajes incontrarrestables, llevados al éxtasis.
Compran, compran, compran. Y al mes siguiente están asfixiados con deudas. El salario se recibe y se paga… y se sigue debiendo. Entonces ni siquiera hay pan sobre las mesas de muchísimos hogares. No hay plata para locomoción ni medicamentos; menos para cubrir las necesidades mínimas de ropa.
Simultáneamente, todos los medios despliegan todo su talento en atraer la atención no sobre los problemas sociales –que los hay, y muchos- sino sobre las idioteces de la vida privada de unos pocos que disfrutan la vida armando escándalos pequeños, grandes o medianos, pero cotidianos y vulgares hasta la saciedad.
Las pantallas, radios y medios escritos muestran mañana, tarde y noche las imágenes de la “gente bien” en fastuosas habitaciones o vehículos último modelo, ostentando una riqueza que las mayorías no imaginaban. Es la portentosa ordinariez, la trivialidad millonaria que va despertando inevitable envidia, el sentimiento desesperante de “¿por qué tan pocos tienen tanto y tantos tenemos tan poco?”
Mientras los medios y el ambiente mismo van tapizando la patria de rutilante ramplonería, de publicitan descaradamente los espléndidos éxitos de las finanzas, las fabulosas ganancias de las empresas monopólicas, del mundo financiero, de la exageradamente lucrativa industria de la salud y la previsión, de la telefonía –hoy en desmesurado crecimiento del servicio móvil- y de todo un pequeño mundo que goza de los enormes privilegios del dinero. La plata produce más plata, mecánica perversa que ha producido inmorales riquezas como la de Sebastián Piñera y otros “dueños de Chile”, como los denomina mi amigo y colega, el escritor e investigador Ernesto Carmona.
La gente multiplica su envidia. La abismante brecha entre ricos y la inmensa mayoría de la población, exhibida sin pudor alguno pero con enfermiza insistencia, va irritando los espíritus, exasperando los ánimos, generando ese sentimiento cruel y humillante de ser víctimas de tanta injusticia social. Ese sentirse cometido, no tener salida alguna. Y el tipo que cuelga de una micro del Transantiago o tiene que caminar extenuantes distancias a pie porque no hay transporte o no tiene plata para el pasaje, ve con sórdida indignación pasar por su lado bocineando lujosos automóviles con un solo tipo que le mira con desprecio porque le molestan esos estúpidos peatones que pretenden pasar antes que él, siempre tan apurado…
La extrema opulencia y la mayoritaria desventura. “¿Por qué ellos tienen tanto y yo nada…?” La muda protesta crece dentro de los corazones, madura, se irrita, toma forma de cólera, agitación, furia… violencia.
Y se genera una violencia contenida, que se manifiesta en cualquier instante, ante el menor estímulo, la provocación más pequeña e inconsciente.
En el hogar, en las calles, en los medios de locomoción, en los centros laborales, en los negocios, en las plazas. La gente vive una creciente fiereza contenida. Un sencillo topón de dos personas en la calle hace reaccionar a una o ambas. Las riñas callejeras abundan en forma creciente. Las familias disputan fácilmente. Hay agresiones en el seno del hogar, donde los niños e indefensos sacan la peor parte. Se pelean los amigos, los compañeros, los amantes, los abuelos. Las ofensas son pan de cada día. Aumentan las riñas en los colegios. Los niños aprenden a filmar y difundir sus crueldades; por demás, siguiendo el monstruoso ejemplo de sociedades más “desarrolladas”…
¿De qué nos admiramos, entonces, cuando la falta de respeto, la desfachatez y la intolerancia se demuestran a cada rato ante las autoridades o en el seno de las instituciones más “respetables”?
Los escolares salen a las calles a gritar, lanzar piedras o romper todo cuando encuentran a mano. Muchachos que se dicen anarquistas esconden sus rostros para vaciar toda la violencia contenida contra los carabineros, los buses, los transeúntes, los comercios, los letreros, la señalética de tránsito, los automóviles… contra todo.
Mujeres irrumpen en cada acto donde se encuentre la Presidenta irrumpen con insolencia exigiéndole solución a sus deudas hipotecarias; claro que generalmente incitadas por grupos de derecha interesados en exacerbar estas manifestaciones para ampliar la sensación de caos general.
Las protestas se multiplican. Se ha generalizado la fórmula de rebelarse públicamente, de paralizar, hacer huelgas de hambre o gritar por las calles para obtener soluciones o mejoramientos. Claro, si a unos les resulta… así habrá que actuar. Desde el Gobierno, no se prevén los conflictos; se espera que se desaten, que lleguen a la violencia, para atenderlos y buscarles una salida.
Claro: se avanza. El Chile de hoy es mejor que el de 1990. Pero las necesidades crecen; se crean nuevas ansias, se fijan metas más altas.
El ambiente se torna inmanejable, estimulado por una salvaje y rabiosa propaganda opositora que –desesperada- recurre a todos los medios para azuzar el descontento y multiplicar el desconcierto.
Yo también estoy desconcertado.
Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso