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12 de junio de 2007
Mónica González, periodistMónica González, periodista.

Pincetti, el torturador que hipnotizaba

Por Mónica González, periodista
De: Clarín.com

Son muchos quienes jamás han olvidado sus uñas siempre sucias y el hedor que emanaba de su cuerpo regordete. Otros murieron bajo su mirada torva mientras eran torturados. Nadie lo vio estremecerse ante el cuerpo mutilado de aquellos que intentaba hipnotizar para que revelaran nombres que permitieran a los hombres de la DINA, la policía secreta del ex dictador Augusto Pinochet, secuestrar a quienes no se doblegaban al nuevo orden.

Pero su dominio sobre las ciencias ocultas no salvó al “psicólogo de la DINA” Osvaldo Pincetti de la cárcel. Acaba de ser condenado a 10 años por su participación en el crimen del carpintero Juan Alegría un día de setiembre de 1983, en Viña del Mar.

Diez años antes, su vida había tenido un giro radical. Vivía en La Serena en una casa modesta. Lo conocían como el “profesor Fortuna”, el parapsicólogo que adivinaba el futuro. Sus clientes eran gente de pueblo. Los mismos que una noche de invierno de 1973, en un gran temporal, se conmocionaron al saber que los hijos del patrón de un pequeño barco pesquero desaparecieron en el mar. La leyenda dice que fue Pincetti quien, con ayuda de sus poderes ocultos, los encontró.

Esa historia fue conocida por Marcelo Moren Brito, un oficial del regimiento Arica de La Serena. Después del golpe, cuando éste se integró a la DINA, llamó a Pincetti, que en 1974 comenzó a operar en una de las cárceles secretas que la DINA instaló en Chile bajo la bota militar. Allí lo conoció Samuel Fuenzalida, joven recluta, enrolado en los “escuadrones del miedo”, como llamaba el coronel Manuel Contreras a sus hombres.

“Londres 38 (ex sede del Partido Socialista), estaba llena de prisioneros. Un día pasé por el pasillo que daba a la escala y en una habitación aledaña vi a dos personas: una mujer a la que llamaban Valeria y un hombre que más tarde me enteré era su padre y a quien obligaban a mirar. Ella estaba desnuda, acostada sobre una camilla ginecológica con las piernas abiertas. La interrogaba Ciro Torres y un sujeto conocido como Doctor Mortis cuyo nombre era Pincetti. Tres o cuatro agentes le aplicaban corriente y le preguntaban por un tal ''Antonio''. Ella gritaba. Era rubia, bonita, delgada. Pincetti le aplicó una inyección de Pentotal. Volví a verla al cabo de unos días en el entrepiso, donde se torturaba. Estaba muy mal, casi inconsciente, ya no hablaba... Estaba a punto de morir...”

Macabro bromista

Pincetti pasó después a otra cárcel secreta, la tenebrosa “Villa Grimaldi”. Allí bromeaba en las sesiones de tortura cuando terminado el interrogatorio hacía bailar cumbia a los prisioneros o contar chistes. “¡Que cante como Jorge Negrete!” “¡Que haga strip tease!”, escuchaban los prisioneros.

Gladys Díaz, periodista y sobreviviente de Villa Grimaldi, testimonió sobre las actividades de Pincetti. Otra de sus especialidades era la preparación de mixturas con encefabol que le ayudaban, decía, a anular la voluntad de los prisioneros.

Si la hipnosis fallaba y el Pentotal no hacía efecto, recurría a otra de sus técnicas. Hacía de “torturador bueno” y les decía que sus famliares estaban en una pieza contigua siendo violadas, golpeadas, quemadas... Un día pidió que le asignaran una cabaña aislada en Villa Grimaldi. Allí, recuerdan, llevaba a las prisioneras para tratamientos especiales. Sesiones sin testigos.

En 1975, Marcelo Moren lo llevó a Paraguay para traer a Jorge Fuentes, dirigente del MIR (desaparecido en el operativo Cóndor). Luz Arce, una de las prisioneras convertida en “colaboradora”, conservó una muñequita típica que le trajo Pincetti de regalo. Nunca lo vieron golpear, tampoco levantar la voz, y sin embargo simbolizó como nadie el terror.

En 1977 la DINA murió en el papel, pero los escuadrones siguieron actuando. Una parcela en La Pintana, arrebatada a un prisionero, fue su pago. Después, desde una oficina en el Registro Civil y bajo la identidad de “Andrés Vargas” sacaba pasaportes falsos para agentes en problemas o datos de hombres y mujeres que muy pronto llegarían a las cárceles o morirían en falsos enfrentamientos. La vida le volvió a cambiar con el retorno a la democracia en 1990. Y un día de 1992, cuando la Justicia lo buscaba con tres cheques que acreditaban sus funciones en la DINA y un cúmulo de testimonios, fue ubicado en una casa en Cartagena, tan modesta como la que habitó en La Serena. Viudo y solitario había vuelto cerca del mar. Pero no eran tiempos de justicia. Salió libre. Ahora todo llegó a su fin. Poco o nada queda del “Doctor Mortis” salvo sus uñas siempre sucias y el hedor inconfundible.

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