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25 de mayo de 2007
Gloria GaitánGloria Gaitán, frustrada madre del hijo de Allende que no llegó a nacer.

Salvador Allende, su amor secreto y un hijo que no llegó a nacer

Por Mónica González, desde Bogotá
mgonzalez@clarin.com
De: Clarín de Buenos Aires
(Juan Andrés Guzmán, director de The Clinic, colaboró desde Chile)

Varias versiones existen sobre lo que hizo Salvador Allende el domingo 9 de setiembre de 1973, 48 horas antes del golpe de Estado encabezado por el general Pinochet que culminaría con La Moneda bombardeada y el Presidente suicidado en su último intento por defender la democracia.

Un misterio envolvía lo que Allende hizo en la víspera del peor drama que vivió Chile en el siglo pasado. Horas clave, porque ese mismo domingo el presidente recibió a Pinochet, quien aún le juraba lealtad como jefe del Ejército. Pero, ¿con quién almorzó en su residencia de Tomás Moro?

Treinta y cuatro años después, encontramos en Bogotá a la mujer que compartió esas horas con Allende: Gloria, la única hija de Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo liberal colombiano cuyo asesinato, el 9 de abril de 1948, hizo estallar el "Bogotazo", la rebelión popular que marcaría el inicio del incendio que Colombia aún no puede apagar.

Ella nunca había revelado el secreto que la hizo protagonista de un domingo histórico. La historia de esta mujer de casi 70 años es el tejido apasionante de hechos que estremecieron a Latinoamérica.

Gloria Gaitán, hoy

Gloria vive a dos cuadras de la avenida Chile. No puede desprenderse de esa impronta y menos del hito que partió su vida en dos a los 10 años: el día en que su padre, al que adoraba, fue asesinado. Su madre, Amparo Trujillo, en medio de la rebelión, rescató del hospital el cuerpo de su marido en una "zorra" (carruaje tirado por caballos) y se lo llevó envuelto en sábanas ensangrentadas. Se atrincheró en su casa, y al presidente Mariano Ospina no le quedó otra opción que declararla Museo Histórico para que allí enterraran a Gaitán. Amparo no volvió a salir a la calle en cuatro largos años. Tampoco cuando el arzobispo de Bogotá le pidió que saliera porque la gente decía que se escondía por estar embarazada. "¡Y cómo le consta que no es verdad!", le espetó Amparo.

Cuando salió, se casó con un francés para escandalizar a la elite y partió en barco a Le Havre. Los 18 días del viaje los pasó en su cabina junto a su hija. Al llegar a Francia, se despidió del francés y se instaló en Suiza. Gloria ingresó al exclusivo Colegio Internacional. Su compañero de pupitre era el actual Aga Khan (Karim). Pero la sangre tira: luego sería activista clandestina del FLN de Argelia en plena guerra de liberación. En 1959, ya de regreso en Colombia, Fidel Castro las invita a ella y a su madre y a La Habana para el festejo del primer aniversario de la revolución. Allí conoció al Che Guevara y a Lázaro Cárdenas (presidente de México entre 1934 y 1940). También a Salvador Allende. Gloria tenía 21 años. Se casaría con el segundo jefe del Partido Socialista colombiano, Luis Emilio Valencia, quien mantenía una fluida correspondencia con Allende.

En Colombia las vías pacíficas se cerraban y los grupos guerrilleros estremecían el país. Los contactos de Gloria con Fidel, el Che y Cuba se profundizaron. Pero Gloria no era foquista. Estudió Filosofía y Economía en la Universidad de San Andrés, se graduó con distinción mientras exploraba caminos para revivir la herencia política de su padre.

En 1971, Gloria se separa de Valencia. Y en 1972, sin trabajo por el estigma de ser una Gaitán, Allende la invita a trabajar en Chile. Llega a Santiago en enero de 1973, a la casa de su amigo español Joan Garcés, el principal asesor de Allende. Y se introduce en el círculo de amigos del presidente. Fueron ocho meses vertiginosos que culminaron con un nuevo Bogotazo: el golpe de Estado y Allende muerto. Otra vez su vida se partía en dos. Porque Gloria llevaba en su vientre al hijo de Salvador Allende.

Se asiló en la Embajada de Colombia y luchó para que recibieran a más de mil refugiados que buscaban salvar la vida. El presidente Pastrana mandó al coronel Rodríguez para que sacara de Chile a los colombianos. A los otros los mandarían a sus países. Era una condena a muerte.

"El pintor Gustavo Salamea dijo '¡hagamos una huelga de hambre!'. Y duró hasta que Pastrana me dio su palabra de que mandaría otro avión para sacarlos a todos", cuenta Gloria. Al partir, buscó proteger su tesoro: la maleta con las cartas y regalos de Allende. Cuando iban en vuelo, supo que los militares habían despedazado el container con las pertenencias de los refugiados. "¡Había perdido todo! Estando ya en el departamento de mi mamá, golpean a la puerta. Y veo entrar al coronel Rodríguez... Me entrega mi maleta. 'Yo tenía una maleta igual, y cuando vi que estaban rompiendo todo, sabiendo que allí usted había puesto los regalos de Allende, tomé la suya y dejé que destrozaran la mía. Lo hice porque tenía una deuda con su padre. El me dio la beca para estudiar Derecho, soy lo que soy gracias a él', dijo. '¿Y las cartas?', pregunto. 'Esas sí que me las quitaron'. Al ver que estaba descompuesta, sacó el fajo de cartas desde su chaqueta y dijo: 'Ahora estoy en paz con su papá'".

Pero para Gloria no hubo paz en Bogotá. Poco después, el hijo de Salvador Allende y nieto de Jorge Gaitán quedaría sepultado en un tacho verde de un consultorio médico.

"Hubiera entregado mi vida para que él salvara la suya"

Gloria, ¿es usted la mujer que compartió con Salvador Allende parte del domingo 9 de septiembre de 1973, dos días antes del golpe?

- ¿Quién se lo dijo? ¿Víctor Pey?

Cómo llegó a la residencia Tomás Moro ese domingo? ¿Por una historia de amor?

- No, la mía no es una historia de amor... Yo estaba ahí porque le pedí que me invitara... Nos reuníamos por la noche con un pequeño grupo en el que estaba Víctor Pey, su mejor amigo; Joan Garcés y a veces Danilo Bartulín (su médico personal). Pues resulta que una vez le dije que nunca lo había visto a la luz del sol. "Siempre nos vemos de noche", le reclamé. Y Allende decidió invitar a mis hijas —María y Catalina— a almorzar el domingo 9 de setiembre a Tomás Moro. Fue muy lindo: las sentó en la mesa y les regaló un hongo de madera y una matrioschka rusa.

¿Cómo lo vio ese día?

- Él amaba la vida como no he conocido a nadie. Se lo veía tranquilo. Me impresionó mucho el día en que vi en su mesita de noche un frasco de Valium. Porque él nunca evidenciaba sus nervios. Nos fuimos como a las 4 o 5 de la tarde. El me pidió que volviera a la noche. Regresé como a las 8: él no había llegado todavía. Lo esperé. Y jugamos ajedrez...

¿Qué pasó entonces?

- Estando en la biblioteca vimos que había salido la primera flor del cerezo que estaba junto a la ventana. Allende me dijo: "Yo no veré florecer este cerezo". Estaba absolutamente consciente de que el golpe estaba cerca y que su muerte era inevitable... Allende nos decía que moriría en la silla presidencial, que pelearía y no saldría vivo de La Moneda. Fue el último día que lo vi. Yo hubiera entregado mi vida si hubiera servido para que él se salvara.

No fue relación sentimental

¿A ese punto llegaba su entrega por Allende?

- Sí. Una noche de agosto estábamos frente al tablero, y le avisaron que habían llegado uno o dos comandantes en jefe. El me hizo entrar a su habitación y me pasó un librito de Mafalda. Y cuando los militares se fueron, Allende entra y me dice: "Te tienes que ir para Colombia porque el golpe va a ser pronto". "No —le contesto— no me voy". "Si no te vas ahora, no te vas a ir nunca", me advierte. "¿Es un general el que va a liderar el golpe?", le pregunto. "Es uno solo", respondió. "Si tú quieres, yo lo mato", dije. Usted no sabe cómo se descompuso. Nunca lo había visto así. Me sentó sobre la cama mientras yo le decía que sabía que yo también moriría si hacía algo así. Con el rostro aún descompuesto dijo: "¡No es eso lo que me molesta, es que si tú lo matas, entonces qué nos diferencia de ellos!". Entendí que en ese momento él se estaba condenando a muerte.

¿Cómo definiría la relación entre ustedes?

- Le tenía una lealtad enorme... Creo que era su paño de lágrimas. La Payita era su amor, su compañera. Yo nunca lo contradije. Vi a Allende como la reencarnación de mi papá, la oportunidad de ser lo que nunca pude con él: su compañía, el desahogo. Hice con Allende lo mismo que le decía mi mamá a mi papá: que se cuidara, que se tomara el poder a la fuerza... A diferencia de lo que es mi carácter —muy fuerte— yo hacía todo lo que él decía y quería. Si yo estaba muerta de cansancio y me decía "vente para Tomás Moro", yo dejaba incluso a mis hijas. Nunca he sido tan plástica, tan dúctil, tan entregada a una persona como lo fui con él. Imagino que eso es lo que les enseñan a la geishas para complacer.

¿Cómo se inicia su relación sentimental con Allende?

- Yo no tuve relación sentimental con Allende. ¿Quién le dijo eso? ¿Víctor Pey? Yo no fui su gran amor... Su gran amor fue La Payita.

Pero sí tuvo una relación sentimental con él, por eso estaba con Allende almorzando el 9 de septiembre en Tomás Moro, en medio de la crisis, y con sus hijas, porque había otro factor que se agregó a su relación. Si sigo hablando le voy a recordar cosas dolorosas...

- Lo que menos me duele son las cosas dolorosas... Nadie le puede decir que Allende me amó. Nadie..., porque no es verdad. A veces pienso mucho sobre las últimas versiones de María Magdalena que dicen que ella tuvo un hijo con Jesús. La gente no puede entender lo que es una entrega total a un ser a quien se idolatra y al que se protege más de lo que uno puede proteger a un hijo. Esa entrega no la pueden hacer sino las mujeres.

¿Eso fue lo que le pasó a usted con Allende?

- Sí...

¿Por eso aceptó tener un hijo de Allende? El le dijo en agosto de 1973 a uno de sus amigos más estrechos que iba a ser padre de un hijo que sería nieto de Gaitán e hijo de Salvador Allende. Usted esperaba un hijo de Allende...

- El único que pudo haber dicho algo así es Víctor Pey. ¡Quién le dijo eso! Pero esa frase...

No fue Víctor Pey. Pero esa frase fue la que Allende le dijo cuando supo que usted estaba embarazada: vas a tener un hijo de Salvador Allende y nieto de Gaitán...

(Profundos sollozos. La entrevista se interrumpirá más de una hora. Cuando ya en Bogotá la luz se ha ido, lentamente y con una voz muy distinta, Gloria acepta continuar)

- No entiendo cómo usted sabe esa historia. Allende no puede haberla contado a nadie más que a Víctor Pey, porque lo hizo en mi presencia... No fue un embarazo no deseado. Allende quería tener ese hijo. El sabía que iba a morir y fue la forma de seguir viviendo, en un hijo, un hijo hombre. ¡Pero cómo pudo usted saberlo! Por eso cuando llegué a Bogotá, mi mamá me esperaba en el aeropuerto y me dijo: "Esto es peor que la muerte de tu papá". Ella era la única que sabía que estaba embarazada. Mi mamá guardó todas las cartas, pero no las he querido leer. Las han leído mis hijas...

El la llamaba "indiecita". ¿Por qué?

- Porque soy muy púdica y entonces él me preguntaba por qué era así. Yo le decía "las indígenas somos púdicas". Yo era muy tímida con él. Un día llegó a Tomás Moro, yo miraba un partido de fútbol de Colo Colo por TV. Se me habían roto mis anteojos y me había puesto unos muy feos. Me miró y me dijo: "El primer deber de una revolucionaria es verse bonita, ¡y te ves feísima con esos anteojos!". No los usé más. No quería que nada lo perturbara.

Martes 11 de septiembre

¿Qué pasó con usted el día del golpe?

- Yo lo llamaba todos los días entre las 8 y 8.15. Ese martes muy temprano lo llamé. No lo encontré. Después lo llamé a su directo en La Moneda. Me contestó un compañero del GAP, que me dijo que Allende iba a pasar por ahí. No tenía derecho a copar su teléfono privado en esos instantes críticos: colgué. Mi amiga Sara me recogió y nos fuimos. Mi oficina ya estaba tomada por el Ejército. Fuimos al Ministerio de Educación, donde trabajaba Sara, y desde la terraza vimos cuando pasan los aviones y sueltan las bombas sobre La Moneda...

¿En qué momento se enteró de que estaba muerto?

- No lo recuerdo. Pero ya sabía qué iba a pasar. Estaba preparada por Allende y segura de que el día del golpe él moría en La Moneda. Pero el dolor no viene en seguida. Es como si una estuviera anestesiada... Al día siguiente, me llama mi amigo José Luis Roca y me dice: "El Ejército te está buscando, tienes que irte a la Embajada de Colombia". Y colgó. No me fui. También llamaron otros compañeros del PS diciéndome lo mismo. "No es un consejo, te lo ordena el partido", dijeron. Y obedecí. Ya unos amigos se habían llevado a mis hijas a una finca fuera de Santiago. Cogí una maleta y eché allí todos los regalos que me había dado Allende.

¿Qué regalos?

- Tres ponchos para mis hijas y para mí, con una tarjeta que decía "para que sientas el calor del pueblo chileno"; un collar de caracolas blancos mapuche; una pulsera y un collar de Marruecos; un radiograbador con un casete con un discurso donde él citaba a mi papá y una tarjeta que decía "aquí o desde el más allá yo siempre te hablaré". Cuando me lo regaló me dijo que debía escucharlo después de que muriera. Y se me olvidó poner cepillo de dientes e incluso ropa para cambiarme. Me metí en el baúl del Renault de mi vecina y llegamos a la Embajada. Pido asilo y el embajador Juan B. Fernández me dice: "Yo no la recibo porque soy partidario de los militares, váyase a la calle". Y el cónsul, Octavio Calle, dice: "Embajador, usted es el jefe de la misión, pero tendrá que pasar por encima de mi cadáver antes de que esta señora salga, si ella sale la matan". Se inicia una tremenda discusión. Calle dice: "Voy a llamar al presidente Pastrana". Y Pastrana da la orden de que me hagan entrar.

El hijo que no llegó…

Ya en Bogotá, ¿qué pasó con el hijo que esperaba?

(Otra vez la entrevista se interrumpe. Pasará más de una hora antes de que pueda relatar qué ocurrió un día de octubre de 1973 cuando un dolor agudo en el vientre le confirmó su peor pesadilla: su hijo se le escapaba en un hilito de sangre.)

- Fue un golpe muy duro. Yo estaba muy cerca de la Clínica de Marly, cuando sentí que me corría algo por las piernas. Me regresé para la clínica y al levantar los ojos vi el aviso que decía "ginecólogo" y el apellido Gaitán. Estaba justo frente a su consulta... No dudé, entré y el doctor me atendió de inmediato...

(El relato se vuelve a interrumpir al recordar el tacho verde donde quedó sepultado el hijo de Salvador Allende y nieto de Jorge Eliécer Gaitán.)

Usted me dijo que ese hijo no fue casual, que Allende le dijo a uno de sus amigos que cuidara de él.

- Así fue. Fue él quien lo decidió y en ese momento, cuando decide morir defendiendo la democracia y piensa que una manera de prolongar su vida es con un hijo... Además, le parecía un milagro que fuera también nieto de Gaitán. No, ésa no fue una historia de amor. Yo se lo dije.

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