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Por Carlos Elordi
El Periódico de Catalunya
Dos declaraciones, una a cargo de George W. Bush, la otra de Tony Blair, marcaban la actualidad internacional el día después de que en Irak murieran 10 soldados norteamericanos.
Entrevistado por la cadena ABC, Bush reconocía que el incremento de la violencia en Irak “podía” ser comparada con la ofensiva del Tet (año nuevo) que las fuerzas del Vietcong llevaron a cabo en enero de 1968 en Vietnam.
Por su parte, Blair manifestaba lo siguiente en los Comunes: “Las tropas británicas podrían empezar a abandonar Irak dentro de 10 o 16 meses”.
The Washington Post añadía este comentario a las palabras del ocupante de la Casa Blanca: “Hasta ahora Bush se ha negado con fuerza a hacer comparaciones entre Irak y Vietnam, pero a la vista de que las bajas norteamericanas no paran de crecer, ha tenido que reconocer la analogía... añadiendo que el aumento de los ataques coincide con la inminencia de las elecciones de noviembre y pretende que Estados Unidos abandone su empeño en Irak”.
Y esto publicaba The Guardian:
“Los comentarios de Blair parecen ser un intento de pacificar la inquietud que existe en el Ejército británico y también reflejan la opinión cada vez más difundida en Washington de que, tras las elecciones de noviembre, se producirá, y de forma muy rápida, un cambio radical de la política norteamericana respecto de Irak”.
Thomas Friedman, la firma de The New York Times que más ardientemente ha defendido, hasta hace muy poco, la guerra de Irak, ha escrito lo siguiente:
“Es cada vez más difícil ver cómo la presencia norteamericana puede mejorar las cosas... Aunque no hay duda de que una retirada exacerbaría la guerra civil, seguir indefinidamente para tratar de que chiís y sunís no se maten los unos a los otros no va a ser tolerado por mucho tiempo más por la opinión pública norteamericana”.
Numerosos comentaristas coinciden en esa opinión. Pero ninguno se ha atrevido siquiera a sugerir cómo se podría articular, en concreto, esa marcha atrás. Del desconcierto que existe al respecto hablaba este párrafo del editorial de The Guardian: “En Washington, el Grupo de Estudios sobre Irak, que preside el exsecretario de Estado James Baker, está buscando desesperadamente soluciones, entre las que se incluye la de pedir ayuda a Irán y a Siria para sacar a Estados Unidos del atolladero”.
Los cierto es que muchos indicios apuntan a que el desastre de Irak puede provocar la derrota del Partido Republicano en las citadas elecciones de noviembre. “El número de norteamericanos que apoyan que los republicanos controlen el Congreso ha alcanzado su nivel más bajo en 12 años”, concluía el sondeo que The Wall Street Journal publicaba ayer.
Y esto escribían Adam Nagourney y Jim Rutemberg en la primera de The New York Times: “Hace cuatro meses, la Casa Blanca impartía estas instrucciones a los candidatos republicanos: 'Apoyad la guerra en Irak como algo decisivo en la lucha contra el terrorismo y menospreciad a los demócratas como abogados de la política de cortar y largarse, que es una expresión de debilidad'. Ahora, a tres semanas de las elecciones, los republicanos prácticamente no mencionan a Irak ni en sus discursos ni en sus anuncios televisivos... Son los demócratas los que han hecho de Irak el tema central de la campaña... Irak es el mayor problema de la campaña republicana”.
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