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07 de noviembre de 2006

La bendición

Por Mo-Wi (a) “El Chino”

Mássimo es un verdadero apasionado por Chile. Lo ha recorrido, por lo menos, dos o tres veces, de punta a rabo, en su moto. Para alcanzarlo, trabaja como guía del Vaticano para una agencia de turismo en Roma. Los turistas no saben que Mássimo es ateo y no tiene respeto alguno por la Iglesia Apostólica y Romana, aunque reconoce que la  Santa Sede del Papa, da a comer bastante gente en Italia.

Me dice que Chile es el país más hermoso de la Planeta…sin los chilenos; cuestión que todo viajero dice de los habitantes del país que visita. Sea cual sea. Y, generalmente, es cierto: existe una contradicción enorme entre los paisajes y los habitantes que los ocupan.  Señala que en Chile le interesa, conjuntamente,   la gente humilde, sencilla, “que es  auténtica, franca, generosa, derecha”.  Una buena parte del resto, para él, es una banda de siúticos acomplejados por  el billete: “Ese afán ridículo de tratar de convencerte que son aristócratas de origen europeo, a pesar de que tienen una cara de autóctonos, indiscutible.” Reconoce que  en Arauco se siente excelentemente bien  con los mapuches: “Los que jamás te dirán que son de pura cepa  española,  se dicen chilenos,  aunque prima el orgullo de su raza…”

-¿Así que lucharon durante siglos contra los huincas?”

- Desde la llegada de los conquistadores hasta comienzos del Veinte.

- ¡Ah! ¡Esos sí que son guerreros! – expresa con admiración.

De regreso de sus recorridos por Chile, me llama por teléfono y me narra  sus encuentros y las bellezas que vio, la buena gente que conoció y me  “saca pica” con los locos, erizos, machas, picorocos y almejas, que comió.

- ¡Se te hace agua la boca, bandido!

Le saco la madre y en italiano, al canalla.

(¿Por qué cuando me vienen a ver, no se les ocurre al menos traerme una lata de erizos?)

Mássimo es especialista en turistas provenientes de América Latina. Respecto a éstos, aún no puede entender que se peguen tan largo viaje, con el incomprensible objetivo de ser bendecidos por el Papa a trescientos metros de distancia.

- Los hay que a  toda costa quieren ser recibidos en privado por el “Polaco”-, me dice irreverentemente refiriéndose al Santo Padre, que vive en el Vaticano…y  que le siguen matando a sus palomas.

- No te imaginas lo importante que es para ellos: ir a Italia, no ver al Papa y, para los siúticos, regresar sin farsantear que los recibieron en audiencia  privada, es como decir que fuíste a París y no subiste a la Torre Eiffel. La Religión es cosa seria en mi Continente.

- Lo triste del asunto es que ni siquiera visitan un museo (¡El Vaticano tampoco!); comen apresuradamente un helado, un sándwich, no conversan con la gente, no beben un solo vaso de vino, no les interesa nada, en definitiva. Pero sí van a comprarse un pañuelo a “Gucci” y recorren una tras otra las tiendas baratas de Roma, ignorantes que todos los trapos que adquieren, están fabricados en Marruecos.

- ¡Qué quieres…! Tienen que aparentar, al regreso…Lo importante es la etiqueta.

- ¡Prefiero, sin lugar a dudas, los mapuches! –acota.

Este Mássimo es un canalla.

En Chile aprendió a hacer bromas de mal gusto.

Durante el pasado verano europeo, la agencia de viajes le señala que acompañaría una  pareja de nuestros compatriotas, al Vaticano. Ella (“¡Una verdadera anoréxica!”) muy de punta en blanco, cartera de cocodrilo y todo, con traje largo de fiesta, collar de perlas y una panoplia de pulseras, broches y anillos. El, su víctima, un gordo que sudaba como bestia bajo los treinta y ocho grados a la sombra de la capital italiana; corbata, chaqueta estrecha para su talla, la mano en el bolsillo del pantalón, para que no le robaran el “paquete de dólares” que cargaba consigo.

La Flaca, estaba convencida que en Europa, la gente bien, cena todas las noches con traje largo y el marido en “smoking” o “frac”. Su marido –decía Mássimo-, era un tipo que se hizo rico durante el período más nefasto de Chile. ¡Anda a saber de qué manera…! No obstante, comparado a su mujer era, incluso, simpático. De tal modo, “ella tenía que regresar antes de las ocho de la tarde, obligatoriamente, para ponerse en tenida”.

- ¡Tú tienes que conseguir una entrevista con el Santo Padre!- exigía al Gordo.

- ¡Pero mujer! ¡No es llegar y pedirla! ¿No es verdad Mássimo?

- ¡Cierto, señor! Hasta los presidentes de la República tienen que esperar largos meses antes de verlo y tocarlo.

Con una mirada coqueta ella se dirige a mi amigo:

- Pero usted que se ve tan bien, es seguro que tiene relaciones para obtenernos una…

- …Les costaría una pequeña fortuna…

- ¡Mi marido paga lo que sea menester! ¡No pienso volver a Chile sin haber visto al Papa! ¡Qué diría la gente!

Mássimo es un cabro gentil, buena persona. Cumple su trabajo con empeño y no le agrada defraudar sus clientes.

- Haré lo posible, señora: necesito mínimo quinientos dólares a fin de “convencer”  un pariente que trabaja en el Vaticano mismo. Justamente él  conoce todos los desplazamientos del Santo Padre.

- ¡No faltaba más! ¡Ya pues hombre, dale el dinero al joven!

Mássimo guardó la tucada y prometió que a las ocho de la tarde tendría la respuesta.

También es muy puntual. A las ocho en punto estaba en la recepción del hotel.

-¿Y?– preguntó la Flaca, ansiosa.

- Todo está arreglado, señora. En cambio, Usted no puede ir vestida con  traje largo, ni con todas esas maravillosas joyas. Dónde iremos, es un lugar modesto, los parroquianos son todos obreros o empleados, gente humilde…

-¿El Vaticano, humilde?

- …Es que no vamos al Vaticano, propiamente dicho…

- ¿Dónde, entonces?                                                                                                                                                                                                              

El Gordo feliz porque no tendría que ponerse ése ridículo smoking, que le daba el aire de mozo. Ya se estaba desabrochando la impecable camisa blanca con flecos en el pecho, ansiando sacarse esos malditos  zapatos de charol que le apretaban tanto los pies, cuando Mässimo les dio, casi en un murmullo, el lugar del tan ansiado encuentro.

¡Un verdadero canalla!

No quise creerlo cuando me contó la historia. Lo dramático del hecho, que es auténtica. Ocurrió así:

Primero les hizo recordar que el Papa era de origen polaco: Karol Wojtyla.  Que venía de un país que fue comunista y que en su calidad de Cardenal de Polonia, siempre tuvo un contacto privilegiado con la gente humilde, todavía le parecía que era de su ministerio sacerdotal, mezclarse con el pueblo, con el verdadero Pueblo, con mayúscula.  De esta manera, en algunas determinadas ocasiones, se vestía de civil y, tal que cualquier polaco, le gustaba tomarse su vodkita en un bolichito del barrio…..

- “¡No lo puedo creer”, -cuenta que dijo la Flaca con los ojos desorbitados. Mássimo le rogó que no gritara, que hablara en susurro, por favor. “Son pocos los que están en el secreto…”les confió. El marido que, al parecer, era otro ateo, agregó:

- ¡Yo siempre dije que tenía cara de curadito!

- ¡Blasfemas, otra vez, Bestia del Demonio! ¡No sé para que te traje!

Los llevó por las estrechas calles del barrio, haciéndoles notar, de paso, que tal inmueble pertenecía al Vaticano y que, según las malas lenguas, era una casa de putas. El de más allá, también pertenecía al Vaticano, mas no era una casa de putas sino que una financiera, que es más o menos lo mismo. Enseguida, les hizo ver que ese conventillo era, no lo pongan en duda…¡Del Vaticano!

¡Ah, Mássimo! ¡Conoce Roma mejor que nadie!

Llegaron a un bar de mala muerte, hediondo a meado de gato, debido a la proximidad del famoso Coliseo. Incluso alcanzaban a ver el monumento dedicado a Víctor Manuel II. Entraron sigilosamente. La Flaca caminando de lado para no ensuciarse con el más mínimo objeto. El Gordo, sudando, como Bestia en el Infierno. Ocuparon una mesa al fondo de la sala y Mássimo  dijo algo  al oído del  propietario. Este asintió gravemente con la cabeza, recibió el billete de cien dólares y salió a la calle. Su mujer recibió el pedido.

Poco a poco se fue llenando el bar. Mássimo se sabía observado, a pesar que los parroquianos desviaban las miradas discretamente. Hubo unos que sonrieron socarronamente, para callado.

Tipo once de la noche, un fulano entra acompañado de otros dos, vestidos de riguroso negro.

-¡Atención: es Su Santidad! (¡Señora, se lo ruego: no se persigne!)                            

-¡Creo que me voy a desmayar de emoción! ¡Sosténgame, se lo suplico!

Caballero, Mássimo la sostuvo. Nunca me dijo si tenía nalgas, o no. Yo estoy por la ausencia de redondeces.

El viejo, temblaba. Los dos acólitos, le sostenían el brazo para que se empinara el vaso de vodka. Chasqueó la lengua y pidió un segundo. Idéntica operación: sostenerle el brazo tembloroso, beber de un trago el líquido, limpiarle la boca con un inmaculado pañuelo blanco, bordado por virginales manos.

Me parece que un romano exageró la nota, arrodillándose y con serias intenciones de besar el anillo pontifical. Los acólitos (…¿O alcohólicos?) lo impidieron. El resto de la concurrencia no aprobó la “salida de madre”.

- ¿Es que yo puedo hacerlo? –preguntó, a punto del orgasmo místico, la Flaca.

- Espere un ratito, señora. Ya la llamará mi tío. Es el que tiene el brazo de Su Santidad…

- ¿Sacerdote?

- ¡Cardenal!

- ¿Un Cardenal que pide coimas para ver al Papa? – , dice el Gordo con desconfianza. Mássimo comenzó a dudar que fuese tan pelota.

- Para eso era el dinero que le pedí: distribuirlo entre los pobres del barrio. ¿No ha notado como llegan unos tras los otros?

- ¡Entiendo! ¡Entiendo! ¡Es para los humildes!

- …Sí. Los humildes.

Mássimo estuvo a punto de largarse a reír. Se contuvo con mucho esfuerzo . “Creí que me mearía en los calzoncillos”. Consciente que el supuesto Papa ya estaba a medio filo, decidió acercarse “al tío” para lograr la ansiada bendición. Este fue afirmativo. La Flaca se acercó, se arrodilló, puso sus manos huesudas palma contra palma, bajó la cabeza y esperó.

El polaco –porque realmente el fulano era de esa nación- realizó el tradicional gesto y murmuró (¡En latín, qué se creen! A la perfección)  la no menos tradicional frase: “¡Quién se cura, vive sano!” Yo la he traducido para ustedes, gentilmente, ya que de latín no conocen absolutamente nada. ¡Niente!.

La Flaca volvió al hotel flotando en su nube. Tan contenta, feliz, orgullosa, preparándose para contar la historia a sus amigas, que ordenó al Gordo de pasarle otros quinientos dólares a Mássimo, en señal de agradecimiento.

Mi amigo está convencido que el Gordo supo desde el primer instante que lo estaban haciendo huevón. Simplemente, quiso darle el gusto a su cuarto de naranja y que, -¡por la cresta!-, lo dejara partir en paz, esa misma noche, a la casa de putas que anteriormente Mássimo la mostrara en el camino. Su esperanza, era aprovechar su viaje a la Ciudad Eterna, nada más que para bendecir su pajarito en la dulce boca de una italiana.


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