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16 de octubre de 2006
Walter KrohneWalter Krohne, periodista / analista internacional.

Corea del Norte originó crisis que dejará serias secuelas en el este asiático

Por Walter Krohne
De: "La Claraboya", de Krohne

No se puede ignorar que la prueba nuclear subterránea efectuada esta semana por Corea del Norte no sólo hizo temblar la tierra en el extremo este asiático sino que produjo un terremoto grado siete a nivel internacional, poniendo en jaque a potencias como Japón, EE UU y China, un resultado previsto por el alto mando norcoreano al diseñar una nueva estrategia destinada a negociar sus planes atómicos previa exhibición de un mayor peso militar.

Esta táctica le permitió además insistir por enésima vez en la intransable postura de seguir adelante con el desarrollo atómico, aduciendo estar en el más pleno derecho porque lo mismo hacen desde años varias otras potencias del mundo, una posición compartida también por Iran.

Todo esto ha sido calificado por algunos expertos como una nueva estrategia de Corea del Norte para endurecer su capacidad negociadora frente a Occidente, a pesar de su contradictoria declaración difundida tras la explosión atómica en la que dijo que mantenía “su objetivo de una península coreana sin armas nucleares”. No es un misterio para ningún entendido en este tema que el régimen norcoreano tiene al menos un “doctorado” en el arte oriental de manipular y mantener a sus interlocutores “colgando de un hilo”. Es justamente lo que ha ocurrido esta semana.

El conflicto no parece que llegará a tener consecuencias de grave crisis, al menos en la actual fase, aparte de la aplicación de sanciones contra Pyongyang, que afectarán los campos económico y militar y que seguramente no serán tan severas como quisiera EE UU por presiones de China y Rusia. Igualmente se intentará gestionar una posible reanudación a largo plazo del estancado diálogo a seis bandas (EE UU, Corea del Norte, Corea del Sur, Japón, China y Rusia), bajo ciertas nuevas condiciones desde luego.

Ciertamente ni Corea del Norte ni Estados Unidos están en condiciones o no tienen intenciones de emprender ahora acciones militares reales. El primero por disparidad de fuerzas y por encontrarse en una zona geográfica donde la presencia militar estadounidense es fuerte; y el segundo por problemas de política interna, como son las elecciones legislativas de noviembre, en las cuales los republicanos de George W. Bush, debido en parte a los fracasos bélicos en Irak y Afganistán, podrían estar en riesgo de perder la mayoría en las dos cámaras del Congreso estadounidense.

Abrir un tercer frente bélico sería como una debacle en la política exterior y militar de Bush, aunque algunos analistas opinan que en el extraño mundo político estadounidense, mientras más revuelto esté el río externo más cohesión interna del electorado se produce en torno al Presidente, lo que no es irreal, según se ha podido demostrar.

Lo que quiere Corea del Norte es poder llegar a negociar “cara a cara” con EE UU como socio con los mismos derechos y a la misma altura. Para ello cree tener la capacidad disuasiva suficiente como son los misiles balísticos de largo alcance, de los cuales tiene hoy operables cuatro de seis sistemas que están en pleno desarrollo. Si bien los dos primeros –Scud B y Scud C- tienen un alcance limitado de entre 300 y 550 kilómetros, amenazando sólo a Corea del Sur, los más peligrosos son el Nodong con 1.300 kilómetros de alcance, suficiente para atacar objetivos en la capital china de Beiying; Vladivostock en Rusia y Japón; y el Taepo Dong 1 con un alcance de 1.500 a 2.000 kilómetros.

En desarrollo están otros dos misiles: El Taepo Dong 2 con 5.000 a 6.000 kilómetros de alcance (China, Japón y Rusia y a EE UU); y el Taepo Dong 2 con tres etapas, programado para el año 2015, que cubrirá un área a la redonda de entre 10.000 y 12.000 kilómetros (alcance de Japón a EE UU).

Con este arsenal y acciones tácticas sorpresivas, Corea del Norte quiere perseguir una política de logros concretos que va más allá de la negociación a seis bandas, aspirando con EE UU a una garantía de seguridad, un acuerdo de paz bilateral y una normalización de las relaciones mutuas.

El país asiático, uno de los pocos estados comunistas que quedan en el mundo, no desea cambios políticos internos ni implantes de democracia occidental. El régimen de Kim Jong iI no tiene ninguna intención de abandonar la península de Corea ni acatar nuevos lineamientos políticos como ha ocurrido en Irak y en Afganistán, donde se ha intentado imponer una democracia “made in USA”, pero ambos países se han acercado cada vez más al peligro de una guerra civil.

Estas pretensiones hacen impensables las especulaciones sobre supuestos ataques de Corea del Norte contra Japón, Corea del Sur o Estados Unidos, que circularon veladamente durante la semana, porque esto significaría para Pyongyang ni más ni menos que la firma de su propia condena a muerte.

En la práctica, el régimen estalinista de Kim Jong iI, calificado como el último sobreviviente de la Guerra Fría, aplica una política de confusión regional e internacional para esconder su caos socio-económico y poder navegar esquivando “tiburones”. En otras palabras, es una forma de ir ganándole “tiempo al tiempo”, como ocurrió en 1998 cuando un cohete norcoreano sobrevoló Japón y cayó luego al Océano Pacífico. La reacción frente a este incidente fue el retorno nipón al nacionalismo militar, como ahora la nueva prueba atómica ha permitido un sorpresivo acercamiento entre Tokio y Beijing, gracias al nuevo y pragmático primer ministro nipón, Shinzo Abe, quien se reunió con el presidente del gigante chino, Hu Jintao, tras un distanciamiento severo que se extendía desde el año 2001.

Tampoco debe subestimarse la actitud “chantajista” de Pyongyang porque tras cada prueba que realiza para medir el pulso y la paciencia mundial, ocurren cosas. Por ejemplo, no se descarta que en Japón se abra ahora el apetito por el poderío atómico o que se reactiven planes en este mismo sentido en Corea del Sur. Si se permitiera este desarrollo es posible pronosticar el caos y una nueva Guerra Fría en esa región. Japón ha aplicado ya duras sanciones contra Corea del Norte al prohibir que buques de ese país atraquen en puertos japoneses y anular las importaciones (122 millones de dólares anuales).

Para China la situación es más compleja porque abastece a Corea del Norte en un 70 por ciento. Esto conduce a Beiying a argumentar que la aplicación de sanciones muy duras podría convertirse en arma de doble filo: por un lado, producirse una fuerte reacción de Pyongyang con nuevas pruebas atómicas y, por otro lado, caer en una crisis económica grave que impulsaría a millones de norcoreanos a huir a China por hambre (población: 22 millones de habitantes).

Todos estos efectos en China, Japón y Corea del Sur podrían cambiar en corto plazo el mapa de distribución del poder en el este asiático. Pero igualmente este incidente podría tener una réplica a corto o mediano plazo en Irán.

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