Oriana Fallaci, a los 33 años de edad. Murió con 77. |
La periodista florenciana en 2002, afectada ya por el cáncer que le arrebató la vida. |
Por Elena Hevia, desde Barcelona
De: El Periódico de Catalunya
Muy pocos periodistas han sido capaces de elevarse al estrellato como lo hizo la italiana Oriana Fallaci, martillo de entrevistados y apasionada defensora de la verdad, concepto que ella defendió con una parcialidad absoluta. Esta mujer, obsesiva y controvertida, murió en la noche del jueves 14 de septiembre en su Florencia natal a la edad de 77 años, víctima de un cáncer que se le detectó en los 90.
Por aquella fecha describió su mal en una entrevista en el Washington Post. "Siento que hay un criatura dentro de mí, un animal, pero un animal muy inteligente. Él sabe bien lo que pienso, no puedo ocultarle que soy pesimista". La periodista se jactaba de haber insultado a gritos al animal alargado y blanquecino recién extirpado, ante la estupefacción de los médicos.
El año pasado, ya muy enferma y mientras se reafirmaba en su condición de “atea cristiana”, recibió la bendición del papa Benedicto, poco impresionado de que en el libro La fuerza de la razón acusara a la iglesia católica de “no defender a Cristo frente al Islam”.
Testigo directo de los grandes acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX, la Fallaci –como la llamaban a imagen de las grandes divas de la ópera– pasó de ser un icono de la progresía de los ‘60 a adoptar un papel reaccionario en sus últimos años apoyada por la Liga del Norte. Lo hizo en su libro La rabia y el orgullo (2002) feroz diatriba contra el Islam tras el 11-S, que ella contempló en directo desde Nueva York, donde vivía "lejos de las inquinas" de sus compatriotas.
“No quiero una mezquita cerca de casa –el templo se había levantando efectivamente junto a su residencia de la Toscana–; no quiero ver un minarete en el paisaje de Giotto, cuando yo en sus países no puedo llevar una cruz o una biblia... llamaré a mis amigos anarquistas, compraré explosivos y la haré saltar por los aires”, amenazaba a la vez que enarbolaba también una enardecida homofobia.
Fallaci, hija de un convencido antifascista, se inició en las filas del periodismo a los 17 años y muy pronto pisó los territorios de conflicto en Vietnam, la masacre en la plaza de las Tres Culturas en México –donde fue herida- Beirut, África y Latinoamérica.
Combativa y autoritaria, pese a su aspecto extremadamente frágil --poco más de 40 kilos-- era, como profesional, una mujer temible incluso para aquellos que suelen sentirse a salvo.
Henry Kissinger, uno de los peor parados de su ya mítica Entrevista con la historia –ese best-seller que tantas vocaciones profesionales llegó a despertar– se arrepintió de haber bajado la guardia ante ella: “Parecía una niña fácil de manejar. Aceptar esa entrevista fue lo más tonto que he hecho en mi vida”.
El vietnamita general Giap, la primer ministro israelí Golda Meir, el líder libio Moammar el Gaddafi y el ayatolá Jomeini fueron algunos de los objetivos de sus certeras entrevistas, cuyas grabaciones están depositadas en diversas universidades norteamericanas como material de estudio. Y como prueba irrefutable de que no se las inventaba, una acusación que la persiguió durante años.
Su gran historia de amor con el poeta y activista griego Alekos Panagulis, que encabezó la resistencia contra el régimen de los coroneles, también participó de ese carácter dramático e intenso. Panagulis murió en un atentado en 1976 y tres años más tarde ella relató su experiencia en Un hombre, uno de sus libros más celebrados.
Las entrevistas de Oriana Fallaci rompieron las normas de los manuales de periodismo. Ella no preguntaba, ella sometía a los personajes a un férreo interrogatorio y no dudaba en descalificarles si no respondían a sus preguntas. Fallaci (Florencia, 29-6-1930) se ganó a pulso su fama de agresiva, directa, escasamente imparcial, vehemente y comprometida con su ideología, que siempre juzgó la correcta.
De familia humilde, iba para médico y se quedó en periodista. Para pagarse los estudios escribió reportajes y logró el primer contrato en 1954 en la revista L'Europeo. Fue corresponsal de guerra y entrevistó a los protagonistas de la historia del siglo XX: Kissinger, Willy Brandt, Indira Gandhi, Gadafi, el sha de Persia, Jomeini y Golda Meir, entre otros.
En 1973 conoció al poeta griego Alexandros Panagulis, un luchador contra la dictadura militar griega, con el que convivió hasta que, en 1976, murió asesinado en una calle de Atenas.
Fallaci, condenada en 1977 a cuatro meses de prisión por no revelar su fuente informativa en el caso del asesinato de Pier Paolo Pasolini, ha escrito 11 libros traducidos a 10 idiomas. Llevaba años luchando contra el cáncer, que ella llamaba “el otro”, y que decía que lo contrajo al respirar la nube negra en Kuwait, durante la guerra del Golfo, en 1991.
A pesar de la enfermedad, no quiso interrumpir la traducción de su libro Inshallah, rodeado de polémica, que sería sólo el preludio de las que generó La rabia y el orgullo, basado en un artículo que publicó tras los atentados del 11-S de Estados Unidos.
A La rabia y el orgullo, siguieron La fuerza de la razón, tras los atentados de Madrid del 11 de marzo del 2004, y Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci.
En La fuerza de la razón, la periodista advertía “de las aviesas intenciones del Islam” y acuñó el término Eurabia, para definir en lo que a su juicio se ha convertido Europa, “una provincia del islam” que con “su sometimiento al enemigo está cavando su propia tumba”.
Algunas frases de este libro le valieron una denuncia por vilipendio al islam y un juicio, aún en curso, a instancias del presidente de la Unión de Musulmanes de Italia, Adel Smith, conocido por su campaña contra el crucifijo en las escuelas.
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