Por Mo-Wi (a) “El Chino”
La casa poseía un aire de tristeza con sus muros grises que, en otra época, ciertamente estuvieron pintados con colores alegres, con ventanas, puertas y todas las características del “Art Nouveau” de comienzos del Siglo XX.
Sin embargo, esa casa me atraía enormemente. Las persianas de madera cerradas, al interior seguramente dominaba una oscuridad donde se escondían fantasmas y pesadillas, amarguras y tristezas sin fin. En el jardín, las plantas morían por falta de cuidados, unas cuantas flores sobrevivían esperanzadas en una lluvia repentina, de un poco de sol, de una mano verde que las hiciera revivir.
Dos o tres árboles morían estoicamente de pie, estirando sus ramas al cielo, desnudas, sin las hojas de verde nuevo que ornaban los árboles de las otras casas vecinas. Un gato negro me observaba desde un balcón y sus ojos brillaban con odio, el pelo erizado, a punto de saltar del segundo piso para atacarme.
Imaginé la casa con colores. Los puse en la tela y sentí que ya era otra cosa, que en mi paleta mezclaba los pigmentos como en su pasado esplendor, cuando en las ventanas había luz, en el jardín jugarían unos chiquillos gritones, que la dueña de casa tijeras en mano podaba sus rosales, hortensias, arbustos de mil colores, mientras el dueño de casa, en pantuflas, leía que la guerra se había terminado, que los soldados regresaban a sus hogares, que la pesadilla llegó a su fin dejando tras si millones de muertos, huérfanos e inválidos.
Nadie salió de la casa a preguntarme que estaba haciendo allí. Sólo noté un postigo se había entreabierto y luego, suavemente, fue cerrado.
El mayor de los míos comenzó ir a la escuela pública del barrio. Allí hizo su aprendizaje de la diferencia, cuando se debe defender a combo limpio el derecho de existir sin que se burlen de su acento o de su francés primario. Llegaba a la casa con su moretón, con sus pilchas rasgadas, con el puño ardiendo, pero con la cabeza en alto, con una seriedad que me aterrorizaba: el chiquillo se hacía hombre antes de tiempo, descubriendo en la maldad natural de los niños que su padre lo había traído en un mundo que él no pidió, privándolo de crecer junto a los suyos, allá, en ese país que de paraíso se transformó en un infierno.
No obstante, tuvo la fortuna de encontrar a una profesora que le tomó un cariño inmenso. Ella lo guardaba después de las clases y le corregía su francés, lo escuchaba y le exigía que sus cuadernos estuviesen al día, apoyándolo en las materias en las cuales flaqueaba.
Al término de las clases lo pasaba a buscar y saludaba a la maestra que mi chiquillo adoraba. Nunca pasó más allá de un “Bonjour, Madame!” o bien, “A demain, Madame!”.
Su rostro de mujer que se acercaba a su jubilación, conservaba todavía rastros de una juventud que no quería partir, a pesar de todo. Empero, sus ojos, que con mi crío se llenaban de ternura, denotaban una profunda amargura.
Una tarde me atreví a invitarla a la casa, a comer. No quería aceptar, pero gracias a mi insistencia terminó por asentir, amablemente. Llegó a la hora prevista, siempre con su traje sastre oscuro y su prendedor de oro en una solapa. Traía flores para La Huasa y para mí una buena botella de tinto, que me apresuré a abrir para que respirara como corresponde.
Conversamos de esto y de lo de más allá, el por qué nos encontrábamos en Francia, aunque ella ya lo sabía. Le era incomprensible que los soldados fuesen los torturadores y asesinos de su propia gente, de sus hermanos, de su familia nacional. “¿Qué pasa, Dios mío, en el Mundo?”, exclamaba una y otra vez.
- ¡Simple: jamás hemos logrado salir de la Barbarie. Lo de la Civilización del género humano es un mito!- le respondí con vehemencia..
Entonces observó el cuadro con esa casa con la arquitectura del “Art Nouveau” que había pintado semanas antes.
- Yo diría que es igual a mi casa, salvo que tiene colores- dijo.
- ¿Y dónde vive Usted?
- 15 rue Victor Hugo...
- ¡Entonces, estimada señora, es su casa!
Le regalé el cuadro respectivo, al despedirse.
Nos hicimos amigos. A veces pasábamos tarde magníficas a su lado. Poseía el encanto de las mujeres románticas, de las que jamás han perdido sus sueños, las que viven esperando al hombre que las lleve al universo de las caricias, de las ternuras, de la compañía.
Recuerdo que en su salón traté de abrir una persiana para que al fin entrara un poco de luz en la pieza. Desde su asiento me rogó que no lo hiciera, que por favor lo dejara así, bien cerrado, que no quería ver lo que pasaba al exterior, que prefería guardar la intimidad de sus recuerdos.
- ¿Qué recuerdos?-, le pregunté.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y no me respondió.
A mediados del año escolar tuvimos que partir a otra ciudad, gracias a un trabajo estable. Me fui a despedir de ella, llevando de la mano a su preferido. Nos sirvió una taza de café para mí y un refresco para el niño. Ella adoraba jugar con su melenita, hablándole siempre como una madre que se dirige a su hijo bien amado, preguntándole –me decía mi chiquillo-, cada mañana, qué había hecho la tarde anterior, en qué había pensado, soñado, qué había comido, si estaba bien o mal, si era feliz.
Salimos al patio posterior de la casa. Me mostró una escultura y quería saber quién era su autor. Le dije que era una copia en yeso patinado de Donatello, representando a David y quise saber como la había obtenido.
- Es mi padre quien me la regaló cuando anunciamos nuestro noviazgo...
Entonces imaginé que su gran amor había muerto durante la Segunda Guerra, de ahí la tristeza de su mirada, su soledad voluntaria. Seguramente perdió al amor de su vida, pensé.
No era el caso. No fue así, desgraciadamente. Hubiese sido preferible para mi amiga profesora.
Sentados en un banco que también había perdido su color, ella me contó su drama.
Se conocían de niños. Sus padres eran amigos, vecinos, sus casas estaban frente a frente y las dos familias pasaban de una en otra, diariamente. Ella siempre supo que él sería más tarde su marido, sin olvidarse que era un joven hermoso y alegre, tanto como ella. La vida les sonreía, se amaban con la fuerza de los años mozos, cuando el sexo exige ternuras y la moral de la época las impedía. Ambos se preservaban para esa noche que sería magnífica, ella toda vestida de blanco, su pelo ornado de fragantes azahares y él con su frac y sus corbata gris perla, su cuello duro y su sombrero de copa. Esa noche, el dormitorio estaría adornado de azucenas y flores de lis, el ajuar estaría al pie de la cama, un biombo en el cual despojarse púdicamente de su vestido de novia, su corona de flores afirmada en su cabellera dorada, sus medias blancas de seda que de sólo pensarlo despertaría en el novio el apetito más insaciable...
Vino la Guerra. Él partió con su regimiento a defender la frontera de la invasión alemana. A las pocas semanas era prisionero y en un tren de carga partió a Alemania. Desaparecido. ¿Muerto? ¿Es que estaba muerto? Nadie lo sabía en esos meses, cuando la Francia se transformó, cuando perdió su honor con un gobierno de colaboración y a nadie, en el poder, le interesaba la suerte de sus propios soldados.
Su amor tenía orígenes alsacianos y fue, una vez prisionero, enrolado de fuerza en la Wehrchmacht, el ejército alemán. En su casa, por cierto, lo ignoraban.
Combatiente en Stalingrado y, por segunda vez, hecho prisionero. De allí partió a los trabajos forzados en Siberia, construyendo el famoso transiberiano, que en cada travesaño dejo un muerto, sea nazi, soldado alemán o de otra nacionalidad que participó en el conflicto,
asimismo, soviéticos disidentes.
Ella era hermosa, las fotos que me mostró lo graficaban. Vi en ella la fuerza de su pasión en la espera, cuando le tomaron las fotografías. Ella nunca dudó un instante que su único amor seguía vivo, mientras los otros portaban tempranamente el luto. Ella sabía que regresaría, que portaría su vestido de novia, que ornaría el dormitorio nupcial con las nuevas flores de su jardín, que él le musitaría esas palabras de amor que le daban escalofríos soñando ya con sus caricias, una vez desnudos, sobre la cama.
De tal modo que en sus noches solitarias, en su dormitorio, imaginaba esas caricias que la enloquecería, esos besos ardientes en cada centímetro de su cuerpo, en su sexo, en la base de sus senos, al fin de su columna, en cada vértebra, en sus axilas, en su nuca. “¡Ah! ¡Qué bien besa el amado mío!”
Noche a noche, luego de su escuelita de barrio donde envejecía mientras los niños se hacían hombres, ella lo amaba: ¡Tanto lo amaba! A veces su sexo le hacía daño de tanto amarlo, sus dedos se encogían acalambrados por las caricias, sus manos sabían lo que él se perdía por el instante, mas ya volvería, ya estaría de vuelta y la penetraría con rabia, con amor, con dulzura, con rabia, con amor, con dulzura... “¡Así, así, amor mío, que tanto te he esperado!”
Los padres partieron y también los que hubiesen sido sus suegros. Empero, cada tarde atravesaba la calle para limpiar la casa de su amado, cuidar el jardín, ventilar las piezas. Hubo veces que hizo el amor con su amado en la cama que había perdido incluso el olor de su cuerpo. Revisaba su ropa, la lavaba y planchaba como si al otro día él se la pondría para salir juntos a caminar y decirse lo mucho que se amaban.
Ella se encontraba limpiando los vidrios de su propio salón cuando los vio llegar.
Él traía dos inmensas maletas, ella con un hijo en los brazos y el otro –ya grandecito- tomado de su mano.
Sintió que se ahogaba, el aire no quería penetrar en sus pulmones, el pulso quería reventar las venas de su muñeca, el corazón que tanto esperó y amó quiso detenerse luego de una loca carrera en su confinado espacio: lo había reconocido, pese a su cabello gris y sus bigotes descuidados.
Él la miró, bajó la cabeza, abrió la puerta y entró con su familia.
Desde su ventana en el segundo piso, ella los miraba. Jamás atravesó la calle el amor de su vida, ni siquiera para oírla llorar día y noche, encerrada en su dormitorio que aún no había conocido hombre.
Él salía cada mañana al trabajo y ni siquiera se dignaba a mirar la casa de la que fue su novia. La rusa con su pañuelo chillón en la cabeza revoloteaba feliz en una casa que siempre le quedaría demasiado grande y sus chiquillos tiraban piedras a los pájaros y rompían las flores que ella había plantado esperando el regreso de su amado.
Aún era joven, luego de veinte años de espera. Ella lo sabía, cuando se miraba en el gran espejo: sus senos erguidos, sus nalgas más hermosas que antaño, su sexo que nunca había sido desflorado por hombre alguno, su cabellera dorada que encerraba en una pequeña malla imperceptible, sus piernas sin vellos, su sexo ¡Oh! Su sexo, que jamás conocería, tampoco, hombre alguno.
Pasaron semanas de llanto y dolor profundo. Él, no sabríamos decir si debido a su vergüenza, ni siquiera la miraba. Era cosa del pasado. Un pasado que era mejor olvidar.
Hasta que ella lo decidió: “¡Ya estaba bueno de vivir sin hombre!” “¡Se entregaría al primero que pasara o golpeara a su puerta!”
Lo hizo entrar. El tipo comenzó a desarrollar su labia de vendedor ambulante: ¿Una Biblia lujosamente encuadernada? ¿O esta magnífica enciclopedia universal con tapas en cuero y letras en oro? ¿O prefiere las obras completas de Víctor Hugo, ya que vive en la calle del mismo nombre?
Ella le sirvió un café y un vaso de agua. Ella temblaba. Él seguía con su cháchara de vendedor. Ella lo observaba, no se veía tan mal el hombre, al menos parecía ser un caballero, un hombre con cierta instrucción.
- ¿Le gustaría hacerme el amor? – le preguntó sin tapujos.
El tipo carraspeó, se metió el dedo entre la camisa y el cogote, abrió la boca y no pudo decir:
- ¿Es una broma, señora?
- No hay nada más serio-, lo contradijo.
Y se lo llevó a esa cama que esperó veinte años a la pareja convenida desde su infancia.
Ella decía mientras el tipo la abrazaba torpemente: “Te esperé tanto tiempo, mi Amor, te esperé tanto tiempo; bésame como siempre me besaste, ámame como siempre me amaste, no, así no, hazlo como tú sabes hacerlo, como nadie más que tú puede hacerlo, así, más fuerte, más fuerte todavía, termina con esta tan larga espera, hazme tu mujer, sí, besa también mi sexo que es nada más que tuyo, sí, así mi amor, como sólo tú sabes hacerlo, penétrame hasta que nos olvidemos de todos estos años separados, una y otra vez, sigue haciéndolo, más fuerte, ahora más despacio...más despacio, amor mío, amor mío...”
El tipo se dio cuenta que era virgen y sus palabras de mujer que tanto había esperado lo inhibió y su sexo flácido, fue retirado sin que lograra ni el uno ni el otro alcanzar la dicha de un orgasmo.
- Disculpe, señora, es primera vez que me pasa-, mintió el vendedor de enciclopedias.
- ¡Váyase, váyase por favor!
Sintió que la puerta de la calle se cerraba. Se miró en el espejo y estalló en llanto.
Al frente, el amor traidor, espiaba detrás de las cortinas del primer piso. Vio salir al vendedor que se arreglaba la corbata y amarraba el cordón de uno de sus zapatos.
Lo miró hasta que se perdió a la vuelta de la esquina y dijo:
“¡Hice bien en casarme con la Mariushka! ¡Yo siempre sospeché que no me esperaría, pero jamás imaginé que se transformaría en una puta!
Desde entonces, ella, la que tanto amó, nunca más conoció hombre alguno ni volvió a abrir las persianas de sus ventanas.
Hoy, en la casa que perdió sus colores, las malezas invaden el jardín y la última tempestad derribó el último árbol, las ventanas y postigos siguen cerrados y al interior, en la oscuridad, el fantasma de la mujer que tanto amó sigue llorando por el único amor de su vida, que jamás osó atravesar la calle para pedirle perdón.
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