![]() |
Miguel Tapia G., Periodista
Es madrugada. Escribo las últimas notas para ZonaImpacto.cl número 199 y no puedo evitar toparme a cada instante con los archivos de algunos artículos que he escrito en los últimos meses. Permítanme compartir tres con ustedes. Sólo tres:
Hace pocos días, en Valparaíso, me encontré con quien fuera mi maestro de Matemáticas en el Liceo Escuti Orrego: el señor Carvajal. Lo saludé con afecto, a pesar que peleamos mucho hace más de cuatro décadas. Y no discutíamos por los temas de clases, sino por política.
Por cierto, me hizo evocar a tantos excelentes maestros que formaron tantas generaciones en el viejo Liceo de Quillota. Cómo no recordar, por ejemplo, a don Guillermo Cáceres, que enseñaba Historia pero nos hacía leer el libro “Corazón”, de Amicis. O al “Choro” Márquez, de la misma asignatura, pero que además nos enseñaba cosas de la vida.
El profesor Luis Yépes, de Castellano, definió la orientación que daría a mi vida incitándome a la literatura chilena, rusa y norteamericana e induciéndome a escribir mucho, a disertar para desarrollar la oratoria, a estudiar las corrientes de pensamiento...
La mayoría de mis compañeros lo detestaba porque era muy exigente. A mí jamás me obligó a aprender de memoria las denominaciones y formas verbales, por ejemplo, pero me provocaba a la discusión fundamentada y al ejercicio permanente del razonamiento. Él tocaba el violín y años más tarde lo encontré de madrugada con su instrumento bajo el brazo en el desaparecido bar “El Cabildo” de Valparaíso, donde compartimos un par de botellas de vino con una cálida y amigable conversación.
También hacía Castellano don Remigio Salgado, con quien nunca nos llevamos bien... hasta que décadas después fuimos compañeros de trabajo: él llegó como corrector de pruebas donde yo ejercía el periodismo.
Doña Adriana Prado fue también una maestra de la vida, preocupada más de enseñarnos a ser hombres rectos y honestos que de su asignatura de Trabajos Manuales.
La entonces hermosa profesora de Francés, Elena Cajas, me hizo soñar con París a tal extremo que llegué a coleccionar planos y fotografías de la Ciudad Luz, con cuyas maravillas me encontré en vivo y en directo ahora, hace un par de años, viejo ya.
En fin: mi corazón está lleno de gratitud hacia tantos maestros que grabaron sus enseñanzas muy dentro de mi ser en el viejo Liceo cuyo recuerdo me sigue estremeciendo aún hoy, cuatro décadas después.
No siempre tengo la ocasión de caminar por las calles de mi ciudad reconociendo lugares y rincones tan estrechamente vinculados con mi infancia, adolescencia, juventud y gran parte de mi madurez.
Pero en los últimos días he recorrido parte de Quillota, territorio tan mío, que alimenta mi espíritu y refresca tantas vivencias que mantengo nítidas en la memoria y el corazón.
Estuve en una ceremonia realizada en la Universidad del Mar, ocasión en que aproveché de admirar esa gigantesca obra que es la Nueva Avenida Condell, que cambia radicalmente la estructura de mi ciudad, haciéndola más grande, hermosa, próspera y eficiente. En el edificio universitario recordé que durante decenios fue la casa de la familia Durán, de cuyo patriarca –don Daniel, dueño de la Feria de Animales– conocimos tantas historias...
En el centro, me acongoja que finalmente haya cerrado para siempre la antigua casa Eco Discos y Eco Libros, que en los últimos años tuvo un anexo de lámparas y artículos eléctricos. Los discos de vinilo desaparecieron, pero los libros no. Y en ese establecimiento de Hernán Puchulú compré muchísimos textos, generalmente en época de ofertas y liquidaciones. Su dueño leía mucho y generalmente nos recomendaba lo mejor y más barato, con sinceridad y conocimiento. Pero la piratería ha ido ganando terreno porque venden los best seller a precios bajos, ya que no pagan licencias ni derechos de autor. La gente lee, pero la industria literaria va en decadencia por esta práctica indecente. Veo nuevas tiendas de libros en la misma calle O’Higgins, al llegar a Prat, y en esta última arteria. Pero ya no están los viejos negocios como las librerías Universo, Faura y otras cuyos nombres no afloran entre tantas identidades...
Por años me pregunté qué destino tendría el enorme edificio de la antigua Ferretería Montalvo, en calle Freire. Conocí numerosos experimentos, desde un restaurant, pasando por una sala de espectáculos hasta llegar a una surtida venta de baratijas. Ahora lo veo remozado y muy modernizado, destinado –seguramente por muchos años más– a una noble y necesaria tarea del chile de hoy: aplicar justicia en el seno de los hogares, pues allí se radicó el Juzgado de Familia para toda la provincia.
Me enfrento al esqueleto del que fuera la Estación de trenes y no puedo olvidar cuando el paseo tradicional de los quillotanos era la Plaza, O’Higgins, Chacabuco, Freire, Prat, 21 de Mayo y la estación, donde esperábamos los trenes para ver llegar y partir a tanta gente... Hoy, todo eso es pasado, un inolvidable pretérito que no debiéramos olvidar. Duele que nos hayan arrebatado el servicio de trenes de pasajeros. Y duele más aún, el conformismo, la resignación y la indiferencia de autoridades y ciudadanía frente a tan mayúscula injusticia contra la gente, la tradición y la historia.
Camino distraídamente por la calle. Los audífonos pegados a mis oídos y conectados al pequeño receptor de bolsillo me entregan música del recuerdo. Escucho “Baby face” en la versión de Boby Darin. El intérprete norteamericano me hace recordar los dorados tiempos de mi adolescencia, cuando lo admiraba profundamente, intentaba imitarlo con un inglés champurreado haciendo curiosas impostaciones de voz. “Natury boy” era otro de mis temas favoritos.
Parte importante de los muchachos de entonces abominábamos de la intromisión estadounidense en nuestro país. Había leído “Chile invadido”, del periodista y escritor Euardo Labarca Goddard, que demostraba cómo el país del norte se entrometía en la vida de nuestro pueblo a través de la Alianza para el Progreso –concebida por John Kennedy– y organizaciones como la Iglesia Mormona y otras denominaciones. Rayábamos “Yankis, go home” en las murallas del liceo. Rechazamos con fuerza las guerras contra Corea y Vietnam. Pero eso no impedía que disfrutáramos y admirásemos la música procedente de Gringolandia. Dean Read, Ray Charles, Pat Boone, Neil Sedaka no faltaban en nuestras discotecas.
Viajábamos desde Quillota a la biblioteca “Camilo Henríquez” de La Cruz para hurgar libros y descubrir lecturas de los clásicos rusos o de chilenos como Nicomedes Guzmán, Pablo de Rokha, Delia Domínguez, Guillermo Blanco, Volodia Teitelboim. O los clásicos rusos Tolstoi, Dostoievsky... O los norteamericanos como Ernest Heminway, Pearl S. Buck, Frank Yerby, Charles Dickens, Edgard Allan Poe...
Admiramos la revolución cubana y la emblemática figura del Che Guevara y rechazamos con pasión toda forma de dictadura.
Los dirigentes estudiantiles de Quillota recibimos una delegación de jóvenes brasileños que nos describían la cruenta dictadura militar que se había entronizado allá después de derrocar al Presidente Joao Goulart, que había visitado Chile poco antes. Nos relataban los crímenes de los escuadrones de la muerte y reflexionábamos ingenuamente: “En nuestro país nunca habrá una dictadura, ni muertes, ni secuestros, ni desapariciones...”
El receptor de radio me entrega ahora la versión de Frank Sinatra para ”You make me feel so young” (“Me haces sentir tan joven”). Y sigo transportado a esos dorados tiempos de inocencia o ingenuidad. O de las dos cosas.
Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso