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08 de agosto de 2006
Soldados israelíes

La máquina militar israelí no consigue destruir a Hezbollah

Israel en el pantano

Por Alejandro Kirk, desde Nueva York
De: La Nación Domingo

En 1964, diez años después de la derrota francesa que dio la independencia a Vietnam en Dien Bien Phu, el mítico general vencedor, Nguyen von Giap anunció que los norteamericanos correrían la misma suerte de los franceses, y por las mismas causas: no conocer las motivaciones profundas de su enemigo.

Si antes de anunciar que erradicarían de raíz “el cáncer del terrorismo” en Líbano, los líderes israelíes le hubiesen pedido consejo al viejo Giap –todavía vivo en Hanoi–, posiblemente no se hubiesen metido en el pantano en que se encuentran ahora, y unos 800 mil civiles libaneses no andarían errando debajo de las bombas, sin casa, sin agua, comida, medicinas, esperanzas, ni siquiera carreteras para huir, ni habría más de 600 muertos en Líbano y casi 60 en Israel.

Todos los sureños son terroristas

En un intento desesperado, la ONU pidió una tregua humanitaria de 72 horas para evacuar a los niños, enfermos y ancianos, y ayudar como se pueda al resto.

Al embajador de Israel en Naciones Unidas, Dan Gillerman, le gusta hablar golpeado. En los primeros días de los ataques anunció al mundo que sus Fuerzas Armadas no se detendrían hasta que “no quede traza” del cáncer de Hezbollah, porque “cuando quedan trazas, el cáncer se expande otra vez”.

Gillerman fundamentó la necesidad de ir tras ese cáncer hasta sus raíces con los mismos argumentos sobre los cuales el propio “cáncer” basa todas sus esperanzas de victoria: Hezbollah, dijo el embajador, está integrado en todos los tejidos de la sociedad libanesa, en escuelas, hospitales, comunidades, centros vecinales y en el propio Gobierno central.

En términos médicos, eso se llama metástasis, y hasta ahora no se conoce remedio. Pero hay más: con la muerte del paciente, curiosamente, mueren también las células cancerosas, que son, por eso, suicidas. Analogía que viene al caso, en el choque global de fanatismos fundamentalistas que vivimos hoy y algunos de cuyos participantes más destacados, en el bando musulmán, son Hezbollah en Líbano y Hamas en Palestina.

El Gobierno de Estados Unidos se convenció en 1968 de que la guerra de Vietnam no iba a ninguna parte cuando la ofensiva vietnamita del Tet demostró que ninguna ciudad, y ni siquiera su embajada, estaban a salvo del Vietcong, la guerrilla comunista. Ese mismo año comenzaron las negociaciones en París. Pero los militares argumentaron que para vencer se necesitaban más tropas y más bombardeos. Y obtuvieron todo. Más napalm, más agente naranja, más aviones, helicópteros y soldados; eliminaron la selva, para que no tuviesen donde esconderse, y los cultivos, para que no pudieran alimentarse. Cuando se dieron cuenta de que el “enemigo” estaba en todos lados, en forma de soldados, niños, viejitas, mendigos y prostitutas, comenzaron las masacres, la destrucción de aldeas, pueblos, ciudades y plantaciones de arroz.

Pero, ¿qué quería decir el embajador israelí con lo del cáncer? Muy probablemente lo mismo que el ministro de Justicia de su país, Haim Ramon, quien el jueves afirmó que “todos” los que se encuentren en el sur de Líbano a partir de ahora son terroristas, porque de otro modo ya se hubiesen ido. Ramon afirmó que Israel tiene luz verde para hacer lo que quiera, porque los 15 países reunidos en Roma el día anterior no demandaron el cese de hostilidades que viene suplicando el titular de la ONU, Kofi Annan.

Para erradicar el cáncer se necesita matar el cuerpo

Los aviones israelíes lanzan panfletos diciéndole a la gente que se vaya. Si no se van, parecen pensar, es porque son combatientes de Hezbollah. Pero, ¿cómo se van? Una familia de 20 personas, según relata el corresponsal británico Robert Fisk, siguió el consejo israelí, se subieron todos a una van y partieron. A los pocos minutos, un caza israelí les pegó un misilazo fatal.

En una lógica parecida a la del general norteamericano William Westmoreland en Vietnam, el mando israelí explica que en sus operaciones ha destruido los tres aeropuertos principales de Líbano, tres puertos, 62 puentes, la principal planta de energía eléctrica, todas las carreteras importantes del sur, unas cinco mil viviendas, antenas de telecomunicaciones y estaciones de radio y televisión, debido a que son todos elementos usados por los terroristas. Las casas de los campesinos surlibaneses, dijo el diplomático Gillerman, tienen un cuarto especial que se usa para lanzar misiles.

Para erradicar el cáncer se necesita matar el cuerpo. Pero ocurre que si es cierto aquel tópico de Carl von Clausewitz, de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, la destrucción del Líbano no parece comportar ningún beneficio político de largo plazo, sino apenas una euforia interna que ya comienza a enfriarse. Y comporta además un odio que obliga a los gobiernos de los aliados árabes de Estados Unidos a pedirle a Condoleezza Rice que no les haga el honor de una visita, so riesgo de una rebelión popular. Ergo, reunión en Roma.

Y allí en Roma, donde gracias a Rice no se exigió el fin de las hostilidades que todos los demás propiciaban, el compungido Primer Ministro libanés, Fouad Siniora, aquel fiel aliado de Estados Unidos, preguntó al final del encuentro: “¿Qué frutos, aparte de dolor, frustración, ruina financiera y fanatismo, puede salir de estos escombros?”.

ONU: espectacular capacidad de parálisis

Kofi Annan aguantó varios portazos antes de decir lo que Giap advirtió hace 42 años y que el subsecretario de Asuntos Humanitarios, Jan Egeland, había insinuado dos días antes: que a Hezbollah no se le puede eliminar con la fuerza militar y debe ser parte de cualquier acuerdo.

En el proceso, el Consejo de Seguridad de la ONU demostró una vez más su espectacular capacidad de parálisis frente a las crisis fundamentales. Un ejemplo es la muerte el martes 25 de cuatro oficiales desarmados, observadores militares de la ONU, que se encontraban agazapados en una base en la localidad de Khian, al sureste de Líbano.

Un detallado informe de Jane Lute, secretaria general adjunta de la ONU para Operaciones de Paz, explica que la posición fue objeto de 14 ataques, que el general francés Alain Pellegrini, jefe de las fuerzas de paz de la ONU en Líbano, llamó seis veces a los comandantes israelíes para pedirles que dejaran de atacar el puesto. Que ella misma llamó a la misión de la ONU en Nueva York. ¿Para qué? Para que los cuatro murieran sepultados bajo una masa de escombros tras el impacto de una bomba aérea.

Annan condenó el ataque como “aparentemente deliberado” el mismo día, pero el consejo se demoró casi tres días en emitir una declaración en que no condena el ataque. Tan contento estaba el embajador de Israel, que agradeció públicamente la declaración y aprovechó para decir que Annan había sido “precipitado e irresponsable” en su condena, mientras el Consejo de Seguridad fue “justo y equilibrado”.

En el tema de los observadores bombardeados, hizo una de sus entradas en escena el embajador de Estados Unidos, John Bolton, para decir que no tenía por qué dudar de la veracidad de la versión israelí y para advertir contra cualquier tentación de “utilizar este incidente para tratar de obtener un cese del fuego por la puerta de atrás”.

Israel y Estados Unidos argumentan que un cese de hostilidades sin una solución permanente del problema equivale a postergar la violencia por unos meses. Una de las demandas clave es “desarmar” a Hezbollah, lo que ya renunció Israel a hacer por sí mismo ante los resultados desastrosos de su intento de ofensiva terrestre.

Pero lo que árabes e israelíes consideran solución permanente, no se limita a Hezbollah, sino a la ocupación de territorios. Ya prácticamente nadie niega a Israel su derecho a existir allí donde está desde 1948, pero dentro de los límites previos a la guerra de los seis días, de 1967.

Hezbollah no puede desaparecer

El viernes, Annan insistió en que a Hezbollah no se le puede hacer desaparecer, pero que sí se le puede controlar, integrándolo, por ejemplo, como una especie de Guardia Nacional, a las Fuerzas Armadas, bajo mando civil. Annan también dijo que se debe negociar con Irán y Siria, que aparecen como los principales financistas y sostenes políticos de Hezbollah, pero con quienes ni Washington ni Tel Aviv quieren hablar.

Contrariamente a lo que dijo Bolton, que un cese del fuego es un acuerdo político impensable “entre un Gobierno democrático y una banda terrorista”, Annan dijo que hay muchos ejemplos históricos de acuerdos de paz entre gobiernos y milicias. Centroamérica y Sri Lanka son dos de ellos.

Tras el fracaso el miércoles en su intento de tomar el bastión de Bint Jbail, Israel ahora sólo aspira a “debilitar” a la milicia y crear una zona de seguridad en su frontera con el Líbano, ojalá patrullada por la OTAN y con mandato de la ONU. Para allá van las negociaciones actuales, que contemplan una posible reunión ministerial del Consejo de Seguridad para resolver sobre la misión de una nueva fuerza internacional.

Pero, como advierten muchos diplomáticos, una fuerza de intervención sin la aprobación de Hezbollah (y de Irán y Siria) sería vista por los locales como una fuerza de ocupación y sometida al mismo tratamiento que los israelíes en sus anteriores tres invasiones de Líbano.

En Europa no parece haber voluntarios para mandar soldados a enfrentar legiones de mártires islámicos, pero sí varios dispuestos a participar si hay una solución negociada con todos. Si Hezbollah puso en jaque al Ejército israelí en los ’90, cuando era un grupo mucho menos articulado que ahora, su resistencia de 15 días al poderío militar abrumador de Israel lo ha convertido en una potencia político-militar con influencia formidable, mucho más allá de las fronteras libanesas.

Como dicen los propios israelíes, como Israel prometió eliminar a Hezbollah, todo lo que tiene que hacer el grupo islámico para vencer es sobrevivir. Y si lo hace como hasta ahora, a ritmo de 100 misiles diarios, su resistencia pasará a ser mítica en el mundo árabe. El líder político y religioso de Hezbollah, Nassar Nasrallah, ya comienza a ser venerado como el Nasser del siglo XXI: una especie de mesías del siempre postergado renacimiento árabe.

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