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11 de julio de 2006
Miguel Tapia G., Periodista

Patrimonio triste

Miguel Tapia G., Periodista

“Te declaro mi amor, Valparaíso”. Con esta bellísima frase de Neruda terminó su discurso la Presidenta Michelle Bachelet cuando recibió el título de “Embajadora de Valparaíso en el mundo”, que le fue concedido por la Municipalidad porteña al cumplirse el quinto aniversario de la declaración de la capital de la V Región como Patrimonio de la Humanidad.

El periódico web de fotoperiodismo Huella Digital (www.huelladigital.cl), en cambio, hizo un fotoreportaje titulado “Bodas de Cuero” que lo percibo muy cerca de la realidad cuando sostiene lo que yo puedo comprobar a diario: la condición de “Patrimonio de la Humanidad” en nada le ha cambiado la vida a los habitantes de Valparaíso.

Al menos nadie ha experimentado un cambio positivo... excepto uno que otro inversionista o comerciante capitalino que instaló algún local exótico y relamido en el área patrimonial: pub, restaurante o taberna, especialmente si ha sabido motivar la concurrencia “multifacética”; esto es, si ha logrado atraer tanto a jóvenes como adultos, mujeres, hombres, homosexuales, lesbianas o bisexuales; chilenos y extranjeros... O sea, toda la jungla consumidora en el más amplio espectro posible.

El pueblo se fue...

Pero el pueblo-pueblo... desapareció del plan de Valparaíso, dejando todo el espacio disponible a la “reconversión” patrimonial.

La gente modesta que ocupaba un par de piezas en esas enormes edificaciones de principios de siglo por el cerro Concepción, en el Barrio La Matriz o lo que alguna vez se consideró el “barrio chino” del puerto, se tuvo que ir a los cerros empujada por los nuevos aires del negocio inmobiliario.

La Municipalidad y el Ministerio de la Vivienda establecieron las zonas de “renovación urbana”. Son áreas donde se otorga todo tipo de facilidades y hasta franquicias tributarias a quienes “rescaten” las viejas edificaciones, las reconstituyan pero a la vez las remodelen convirtiéndolas en edificios de departamentos.

Hoy está de moda vivir en Valparaíso. Los inversionistas compran edificios viejos –desde donde la gente modesta tiene que salir arrancando–, los remodelan y luego venden departamentos “patrimoniales” a precios de oro. Y el Estado subsidia a los compradores, incentivando un negocio de lo más “chic” que ya tiene viviendo glamorosamente en parte del Plan y en los cerros Alegre, Concepción y Bellavista a rutilantes figuras de nuestro jet set político y farandulero.

El pueblo quedó arrinconado en la parte más alta y miserable del elevado Cerro La Cruz, o en sectores del Noveno adelante, de Playa Ancha. O al final del Cerro Placeres, donde se pierde la urbanización. O levantaron paupérrimas mediaguas o simples mejoras en el tajo central de las quebradas de los cerros, por donde un violento caudal se precipita sin compasión cada vez que llueve estrepitosamente, como sucede en el instante mismo en que escribo estas líneas desde la parte baja de un popular cerro porteño. Y digo popular, para no repetir el concepto “miserable”.

Patrimonio de mierda

Claro que ha cambiado la vida de los porteños desde que se le asignó el fastuoso título patrimonial a la ciudad.

Es que el ex alcalde Hernán Pinto se sacrificó demasiado para lograr tan anhelada distinción; tuvo que gastar miles de millones de pesos en viajar hartas veces con sus jóvenes asesores de lo que fuera –casi todos sin siquiera Licencia Secundaria– a luchar por el mencionado pergamino a la sede misma de la Unesco, en París, Francia.

(Eso de viajar con “asesores” podría entenderse, pero lo inconcebible es que el ahora defensor público llevaba a Europa puros muchachitos amigos suyos, que no tenían experticia alguna para defender el carácter patrimonial de Valparaíso. Raro ¿no?)

Entonces sucede que las arcas municipales quedaron vacías. Y, peor, con un déficit tan multimillonario que cuesta comprender su magnitud.

Los efectos no se dejaron esperar. La empresa encargada del recolectar el aseo (basura) domiciliario, mantenía los contenedores de basuras en los barrios y limpiaba diariamente las calles del viejo Puerto, quebró. Sacaron los contenedores donde la gente botaba sus bolsas con desperdicios. Entonces ahora los habitantes de los cerros y el plan, sencillamente arrojan las basuras –papeles y plásticos, pero principalmente restos de comida que se pudren rápidamente– a las veredas; los miles de perros vagos rompen las bolsas y diseminan los despojos por aceras y calzadas, un hedor insoportable se apodera de las vías y los autos y transeúntes deben esforzarse por avanzar entre la carroña y los animales vivos...

Y como no se ha podido atajar el aumento de la cantidad de perros que pululan por calles del plan y recovecos de los cerros, la caca de esos animales (divertidos, aquí los vecinos hablan de “la-ca-ca-ca-ni-na”) incrementa la fetidez y como tapiza las vías, hay que redoblar los esfuerzos para no ensuciarse los zapatos. ¡Pobre de aquel que tropiece y caiga en cualquier vereda o calzada! Irremediablemente quedará embadurnado de plasta...

Asaltantes

Hoy Valparaíso no está solamente infectada por delincuentes que aparecen por cualquier lado, a toda hora.

He sido víctima de dos asaltos y cuatro robos en mi casa en apenas cinco años. Un amigo –hermano querido– que vino desde Francia a pasar cuatro días en mi casa porteña, fue asaltado pasado un mediodía de sábado en la muy transitada y céntrica calle Condell... Lo dejaron sin ni un peso...

Historias con delincuentes se me repiten a cada instante.

No. El problema es que además de los tradicionales bandoleros en Valparaíso cada día crece más la cantidad de pillos. En todas partes.

Muchos taxistas te cobran hasta el alma si antes no llegas a un acuerdo razonable. Hace apenas una semana, cuando intentaba llegar a la Universidad Arcis en el Cerro Alegre, a unas 15 cuadras del plan, un taxista pretendió cobrarme ¡seis mil pesos! por el viaje aprovechando que no había ningún colectivo... que cobran apenas 250 pesos por el pasaje.

Si compras cebollas, te las cambiarán al momento de pesarlas y en tu casa te darás cuenta que no te servirán porque están podridas. Los ajos se venden llenos de unos pequeñísimos bichos negros. Comprarás pilas y comprobarás que están vencidas. Las prendas de vestir –hasta en tiendas que uno considera “buenas” – te las despacharán con fallas. Si compras pasajes en el terminal de buses, puedes temer que al subir el asiento ya esté ocupado porque vendieron dos veces el mismo cupo... en fin. Terrible... terrible.

¡Pobre Patrimonio...!

¡Qué han hecho de ti, Valparaíso querido!

Duele demasiado este Valparaíso Eterno infestado de pedigüeños y mendigos de última generación por todos los rincones.

En calle Bellavista, a la salida de los supermercados, por toda la extensión de Pedro Montt o en avenida Uruguay no te dejan caminar los muchachotes que se ven rebosantes de salud... pero permanecen echados en alguna escalinata o al rincón de la vereda pero, desde la distancia, te hacen señas con la mano para que tú te acerques: “Tío, regálenos unas moneditas”. Y no tienen escrúpulos en insinuarnos que sus lindas acompañantes nos lo agradecerán. Por supuesto, en ninguna parte conocieron la palabra –ni la idea– “dignidad”.

Más allá, supuestos trabajadores que lucen cascos de seguridad y se dicen cesantes, piden plata para sobrevivir con sus familias, pero al final de la jornada se van a beber hasta quedar botados. Es buen negocio. A la salida de los supermercados, te tratan de vender ensaladas, cigarros contrabandeados, películas pornográficas, empanadas, pan amasado y caridad. Sí, caridad, porque abundan las mujeres inescrupulosas que exhiben sus criaturas envueltas en mantas para indicarte que debes darles plata para salvar a sus hijos. Pero más tarde puedes ver a esas mismas madres dolientes de pobreza, absolutamente borrachas en “La Cooperativa” de calle Uruguay, absolutamente despreocupadas de sus guagüitas.

No faltan los chicuelos los sábados y la mañana de los domingos despliegan en las aceras de avenida Pedro Montt la bandera de Santiago Wanderers para pedir plata para ir a los partidos, a apoyar al equipo en Valparaíso o fuera. Y mucha gente les da, aunque después no se aparezcan por el Estadio.

Patrimonio ¿de qué...?

Hoy Valparaíso es apenas una fantasmagoría de lo que fue antes.

Atrás quedó la bohemia. El Puerto se encerró en sus límites y dejó definitivamente de relacionarse con la ciudad; es una actividad económica aparte que genera escasos puestos de trabajo y ya no gravita –en absoluto– en la sociedad local. La Armada sólo representa algún grado de influencia política; ya no social ni económica...

Como las tradicionales industrias porteñas se fueron de aquí, la galopante cesantía no tiene otra salida que los programas estatales de empleo de emergencia que, para colmo, se han usado para cualquier cosa menos para dar trabajo.

Y el desempleo –que a estas alturas parece endémico– produce comercio ambulante, delincuencia y mendicidad. También multiplica males sociales como la prostitución, la drogadicción y el alcoholismo.

El verdadero patrimonio de Valparaíso, hoy dolorosamente son estos males: la basura, los perros vagos, el desempleo, la delincuencia, las adicciones y la prostitución, especialmente de niñas y niños desde los ocho años arriba que uno puede distinguir nítidamente en todas las plazas y calles del plan de la ciudad.

Triste patrimonio para una bella ciudad, pionera nacional en las iniciativas más trascendente de la historia pero agredida cruelmente por un sistema que la dejó moribunda.

Hoy, Valparaíso es patrimonio de la agonía social.

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