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11 de julio de 2006

Margarita Está Linda La Mar

Por Mo-Wi (a) “El Chino”

Este fin de semana se me casa la niña: Margarita Está Linda La Mar. Toda vestida de blanco, almidonada y compuesta, hermosa como sólo ella puede serlo, con su inmensa alegría de vivir y de amar.

Mi niña se me va. Ya la estoy echando de menos.

Ando con el alma en pena, para serles franco. Y no es por culpa de Arnaud, su fiel “compagnon”, que es un cabro de todo mi gusto, diáfano y macanudo, terriblemente sentimental, trabajador y honesto, enamorado hasta las patas de su media naranja.

No, no es culpa de Arnaud. Sé que mi niña está en buenas manos y que juntos me darán otros nietos y nietas, que construirán su futuro como pareja en la felicidad de los que realmente se aman.

Simplemente, sufro al pensar que ya no la veré todos los días en sus ritos de niña coqueta, con su interminable estadía en su baño, combatiendo esa minúscula espinilla que sólo ella logra ver y que cubre con una capa de este grueso con cremas y qué sé yo cuántos otros productos femeninos. No la veré probarse sus trapos y preguntar a su madre si están bien combinados o no, si tal peinado le da realce a su rostro, si tal perfume va con su piel y vamos mirándose en el espejo de este tremendo porte, faltando únicamente preguntarle: “Dime espejo mágico, ¿quién es la más hermosa?”

¡Ella, por supuesto!

¡Qué quieren: es mi niña adorada!

Margarita es profesora de español. Este año consiguió su traslado al lado de su víctima conyugal. Sus alumnos le dedicaron versos, joyitas fabricadas por ellos mismos, tarjetas con sentidas frases de agradecimiento a modo de despedida. Ella sabe hacerse querer; sabe transmitir, enseñar. Realmente posee vocación en su oficio y los críos –hoy, cuando los profesores europeos la van perdiendo poco a poco-, aprecian a quien les da algo más que aprender vocabularios, verbos perfectos e imperfectos, textos y gramática. Los alumnos requieren más atención que nunca, cuando el futuro se les presenta oscuro, con el fantasma de la cesantía que recorre el mundo entero, cuando los padres son licenciados por las fábricas que se mandan cambiar a otro país, que cierran para beneficiar accionarios sin escrúpulos, que obligan a los trabajadores agachar el moño si no quieren ser despedidos mientras los dirigentes se llenan los bolsillos con la miseria del pueblo.

¡Triste época ésta, en la cual no existe un real derecho a pataleo!

Pero esta semana estamos de festejo. La familia entera, salvo yo.

La Huasa anda preocupada hasta el más mínimo detalle: que el vestido de novia necesita un prendedor de tal característica que, por cierto, no se encuentra en ninguna parte y vamos recorriendo tiendas. Que vamos comprando revistas especializadas en peinados de matrimonio y juntas hojean hasta dolerles los ojos para terminar diciendo: “¡Hija mía, ninguno me gusta!”

Y La Huasa que se compró un dos piezas de lo más chic que hay, haciendo un esfuerzo increíble para amansar un par de zapatos que, invariablemente, le quedan apretados en el talón y la punta, en los costados y el empeine. Le digo que no es ahora que se acostumbrará a usar zapatos y más encima con taco, cuando de todas maneras a la media hora se los sacará y andará a pata pelá como siempre lo ha hecho. Le aconsejé que mejor se compre un par de alpargatas y le ponga lentejuelas doradas y de colores, que nadie se daría cuenta del subterfugio y así andaría más cómoda e, incluso, podría hasta bailar su tradicional cueca chillaneja, a calzón quitado. Nos ha costado convencerla que en ese tipo de fiestas no se toma chicha en cacho y que el vino se sirve en una copa; en ningún caso en jarro de greda y vaso para mote con huesillos..

El atavismo campecha de La Huasa es difícil de cambiar.

A mí me dijeron que no necesitaba comprarme traje, que bastaba con mi terno azul con el cual salí de Chile, hace treinta y dos años. Prometieron remendarlo y plancharlo. Me prohibieron ponerme mi camiseta del Colo-Colo y mis calcetines blancos con un bordado en que figura mi querido “Condorito”, regalo de mi comadre Margarita, tía de la novia.

Más me regalé una corbata el descueve de linda: una mansa mina en pelotas con palmeras y todo el tralalá. Voy a causar sensación, ya lo estoy viendo.

Las dejo que organicen todo. Total, eso es un asunto de mujeres. De lo único que me preocupé es del mastique, que es mi fuerte, como ustedes ya lo saben. No niego que me costó convencerlas que las guatitas “a la florentina” también podían ser elegantes si eran servidas como corresponde, como el cauceo de patitas de chancho a la chilena –con pebre cuchareado- sería una gran sorpresa para los invitados, sin olvidarse que una cazuela de rodajas de cordero era para rechuparse los dedos...

Me acusaron de cagado. Así que también se ocuparon del menú. ¡Allá ellas!

Si quieren gastar la piel del culo -como dicen los franchutes- , no cuenten conmigo.

De todos modos lo harán. Yo no cuento para nada. Soy un mueble más, que mueven como quieren, que lo dejan deteriorarse y La Huasa (siempre con sangre en el ojo) me sigue tratando de “¡beduino de mierda!”

Por cierto que no conozco a nadie de los invitados. La familia del novio ocupa la guía de teléfonos de punta a rabo, los amigos de los novios me aterrorizan cuando aparecen por la casa  con su manso diente, sacos de arena que chupan todo, que dejan mi bar vacío y a mí con una tremenda sed. Por nuestro lado, nos contamos con los dedos de las dos manos y cuatro de la pata derecha...

Desgraciadamente, la familia chilena no pudo venir. Los echaré de menos.

Afortunadamente tengo únicamente una niña. A la hora que tengo dos... ¡Habría terminado a la salida del estadio con la mano estirada!

Amor de mi vida

Soy un padre feliz. Mis críos y nietos me han otorgado alegrías y también preocupaciones, como a cualquier otro padre o abuelo. No obstante, cuando me permito hacer un balance de todos estos años, me digo que bien valió la pena echarlos al mundo, a pesar de las circunstancias durísimas del exilio, cuando nos transformamos en verdaderos gitanos llevando nuestra casa cuestas por los caminos de Europa, sobreviviendo a medio morir saltando, aunque convencidos que un día de esos la diosa fortuna nos sonreiría. Estábamos juntos y eso era lo importante.

Hemos logrado mantener la familia unida, solidaria, magníficamente cariñosa: nos amamos. Cuando nos reunimos en la casa “matriarcal” de La Huasa (que me sigue aceptando a regañadientes),  no es imposible mantenernos sin un cariño, un gesto de ternura, diciéndonos sin tapujos que nos queremos, que nos es imposible estar separados mucho tiempo, pese a que sus respectivas ocupaciones los han llevado a Reims, Metz, París.

La próxima semana, La Huasa y yo deambularemos tristes en una casa que ya nos queda demasiado grande. Iré al dormitorio de mi niña a oler su perfume, cerraré la puerta para que no se escape, miraré su colección de muñecas, sus libros de la infancia, sus dibujos encuadrados en el muro, veré si olvidó algo para guardarlo como una preciosa reliquia, que llevaré siempre conmigo; abriré su armario y  descubriré que ya no queda nada, que sus pilchitas se fueron con ella, que su cama siempre estirada servirá únicamente cuando venga en visita. Luego iré al dormitorio de Rodrigo y de Francisco, siempre desordenado, y constataré que tampoco están, que se fueron, pero el recuerdo me devolverá sus risas, la música a todo vuelo, el teléfono que no dejaba de sonar con lolas enamoradas que trataban de conquistar a una suegra celosa y a un padre complaciente, los muros con pinturas de Francisco y las esculturas de Rodrigo, el “bongó” abandonado que permanecerá para siempre en silencio, la radio que dejó de transmitir conciertos de los “Rollings Stones” o de “Indochina”, ese armario donde quedó colgada la infancia, como un pantalón o una chaqueta que ya no se portará jamás- nunca.

Mi niña se va. Mi niña se me casa este próximo sábado. Luego de la fiesta, iré a su dormitorio y me sentaré a llorar.

En este preciso instante, la veo correr en las praderas con narcisos, feliz de la vida, con su carita de niñita y su vestidito rojo, su pelito desordenado, sus primeros días en la maternal y un bolsón más grande que ella, la veo sentarse a mi lado y tomarme de la mano y quedarse así durante un tiempo que siempre fue demasiado corto, pasearse con su biberón colgando de la boca, gozar con placeres simples, conformarse con una “Barbie” para una Navidad de pobres y conversarle a su primera muñeca lo que sólo los niños alegres saben decir, adquirir imperceptiblemente a los ojos de sus padres su cuerpo de adolescente, encontrar su primer y único amor, provocándome celos feroces, ir transformándose en una mujer hecha y derecha, hermosísima, haciendo soñar a otros padres en transformarla en esposa para sus hijos, pero ella, mi Margarita Está Linda La Mar, ya había escogido al hombre de su vida: Arnaud.

Yo sé que La Huasa siempre lleva la procesión por dentro. Pese a que se desvela por otorgarle a su hija un matrimonio que le deje un recuerdo imborrable, está triste. Sabe que de ahora en adelante nos miraremos las caras, que quizás vivamos esperando el tradicional llamado telefónico cotidiano y, de no haberlo, preocuparnos exageradamente; nos preguntaremos qué estarán haciendo los niños, por qué no han llamado, que cuándo vendrán y miraremos el calendario para contar los días o semanas que los tendremos nuevamente a nuestro lado.

La próxima semana, ciertamente, habremos envejecido.

Entonces, me sentaré al lado de mi Huasa, la miraré como siempre lo hice, con mis ojos de chiquillo enamorado, la entusiasmaré para que hagamos un nuevo crío, me dirá que si acaso estoy huevón y se reirá, pero yo sé que estará feliz que se lo diga, porque mi Huasa siempre será una chiquilla, tal como la conocí, hace ya treinta y seis años y algo más. La más hermosa que he conocido o conoceré, el amor de mi vida, la que me dio mi niña que se me casa esta semana y mi dos hijos que hoy, seguros de sí mismos, caminan por el mundo a sabiendas que al fin nos detuvimos de errar y les dimos el hogar que ansiaban, ese lugar al cual llamarle “la casa”. La casa donde Chile sigue existiendo y también sus sueños.

Este sábado, sentado al pie de la cama de mi niña, lloraré con pena y alegría.

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