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Miguel Tapia G., Periodista
Una nueva aunque breve hospitalización me permitió restablecer mi confianza en el sistema público de salud.
Muchos dicen que en los hospitales tratan mal a los pacientes. Pero yo he tenido experiencias muy diferentes.
En noviembre del año pasado fui hospitalizado por un “neumotórax”; es decir, acumulación de aire en una zona pulmonar donde debe haber vacío. Se complicó porque el aire se alojó bajo la pleura y luego se produjo una fístula o agujero.
Concurrí al Hospital Van Buren donde sin preguntarme qué previsión tenía o si estaba en condiciones de pagar, fui internado e inmediatamente me instalaron un tubo de drenaje; luego me trasladaron al Hospital Valparaíso donde me conectaron a un aparato mecánico para extraer el aire. Días después las radiografías demostraron que la cosa se estaba complicando, así es que los especialistas resolvieron recurrir a la cirugía.
En todo momento recibí excelente atención. Los cirujanos, al igual que la doctora anestesista y el cardiólogo, me conversaron ampliamente sobre los riesgos de la intervención, advirtiéndome que mi organismo podría no soportar.
Pero la operación fue perfecta y los cuidados posteriores también, incluyendo el trabajo de un kinesiólogo recién titulado.
Después de casi dos meses salí a la calle en buenas condiciones y liberado de todo pago. Seguí controles y terapia post operatoria en los consultorios del Hospital y me he rehabilitado de manera tan positiva, que me siento en muy buen estado y ya recuperé gran parte del peso que había perdido por enfermedades anteriores.
De paso, aproveché de dejar de fumar. Total, había completado cerca de dos meses sin cigarrillos. La oportunidad no podía ser mejor.
Pero ahora sufrí un resfrío que no cuidé adecuadamente y me vi afectado por una neumonitis incipiente. Nuevamente recurrí a Emergencia y me atendieron durante una noche con nebulización, suero y medicamentos, hasta que me sacaron de la crisis. Nuevamente debo reconocer que recibí una atención de muy buena calidad, por parte de médicos y funcionarios interesados en sacarme de mi trance, amables y correctos.
¿Por qué, entonces, tanto reclamo?
Es que se trata de un sistema harto engorroso.
Anteriormente, en otros hospitales, he sido atendido, internado y operado a raíz de una pancreatitis –en rigor, llegué con septicemia total y me salvaron–; luego fue una úlcera gástrica que afectaba a dos tercios del tejido estomacal. Siempre he sido excelentemente atendido.
El problema es que no se trata de ineficiencia en el sistema, sino de insuficiencia.
Cada vez que he sido tan bien atendido, he llegado a un hospital por la Unidad de Emergencia, en estado grave. Por lo tanto, siempre he sido privilegiado en orden de atención.
La gente que reclama no llega en estado grave; la mayoría concurre a los servicios de salud sufriendo distintas dolencias, pero sin riesgo vital. Entonces, se les va postergando y hay casos en que pasa y pasa el tiempo, los pacientes siguen sufriendo y no hay solución definitiva alguna.
Ahora, el Plan Auge garantiza atención oportuna y de calidad para una determinada cantidad de patologías. El problema lo sufren las personas que requieren atención médica inmediata, pero su enfermedad no está incluida en el Auge ni presenta riesgo vital. Sólo le queda esperar. Esperar hasta que “le toque”. O se muera...
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