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Por Mirko Macari
De: La Nación Domingo
El primero que sale a abrir la puerta de su casa en Ñuñoa es Rocinante, un pequeño y bullicioso perrito regordete. “Se llama así porque me lo dio la secretaria de la revista del mismo nombre. Ella recogía perros callejeros y los cuidaba”, cuenta este militante PS, ex ministro de Allende, Aylwin y Frei Ruiz–Tagle, mientras posa para las fotos en un enorme pasillo decorado con mucha onda y estilo. El can no se pierde detalle, e incluso quiere quedarse a ver lo que tenemos que conversar en la salita con el también abogado y economista que acaba de dejar la rectoría de la Universidad Arcis, ya que “hay allí un grupo pequeño de personas que piensan que un socialista de la Concertación no debe ser rector de la universidad. Y para facilitar las cosas dejé un cargo que nunca quise”. Sin embargo, aclara que seguirá ligado a esta corporación. Arrate no lo dice pero se nota que vibra con la producción de ideas, teorías y, por supuesto, libros, que abundan en su sala de trabajo. De hecho, su última publicación, en coautoría con Eduardo Rojas, son los dos tomos de la “Memoria de la izquierda chilena”, de Ediciones B, un fresco histórico que recorre el pensamiento, los movimientos, partidos y líderes de este heterogéneo sector, desde 1850 hasta el 2000. Hoy, en junio de 2006, no es malo dar una mirada a lo que está pasando con esa perspectiva que sólo da la historia.
En su libro se refiere a la cultura de izquierda que va de Recabarren y Miguel Enríquez a Los Prisioneros y Los Miserables. ¿Cómo ha cambiado la globalización a esta cultura de izquierda?
– El modelo neoliberal, que se ha extendido en el mundo y que tiene un vigor muy fuerte en Chile, ha conllevado una invasión de la democracia por el mercado. Tenemos un sistema de instituciones democráticas que sigue siendo muy imperfecto, y el libremercadismo ha tenido un impacto muy grande en los partidos políticos porque los ha desconfigurado, para usar un término acorde con la era computacional. Hay quienes piensan que en este momento hay un enfrentamiento entre la vieja izquierda, que quiere mantener los moldes clásicos, y una nueva izquierda, que está surgiendo en una realidad más movimientista, como es la realidad del Foro Social, del propio movimiento sindical, estudiantil, poblacional, de esos nuevos gérmenes de rebeldía que hay en la sociedad.
¿No es la historia de la izquierda indisoluble de esos movimientos?
– Creo que es un error el interpretar la situación actual como una situación de enfrentamiento entre la vieja izquierda y la nueva izquierda. La izquierda que se está reconstruyendo en Chile no es ni la vieja, porque nadie pretende ni puede reconstruir eso, ni tampoco es la nueva, porque la nueva se ha inventado 589 veces. Cada elemento que nace cree que es fundacional.
Y hoy, ¿carece la izquierda de un relato sobre la sociedad que sí tuvo antaño?
– Creo que sí. La llamada vieja izquierda, incluyo ahí a socialistas, comunistas, ex miristias, sigue teniendo un relato, y es el que recogimos en el libro. Los partidos son hoy día una vertiente seca en materia de producción de ideas estratégicas, y las universidades han estado fuertemente sometidas a un ajuste económico que hace cada vez más difícil la investigación. Hay algunas de derecha, eso sí, y hay otras con un signo de izquierda. Creo que Arcis ha sido un sitio donde se siguen generando nuevas ideas, donde se hace debate.
Pero Arcis está situada en la marginalidad.
– Uno puede compartirlo o no, pero el libro que ha hecho la crítica más aguda de la transición chilena lo escribió un profesor de Arcis, que es Tomás Moulian; Arcis organizó Utopías, hace tres años, que fue un gran evento político cultural, ahora ha hecho el Festival de Ideas Políticas. Es marginal porque se la considera marginal, porque los medios de comunicación están controlados por las grandes universidades privadas, con las que hacen relaciones, constituyen editoriales conjuntas, convenios... Y en Chile hay un sistema de medios completamente antidemocrático, que no permite la libre expresión de las opiniones. Cuando usted me dice que es marginal, es marginal a un sistema que construye la marginalidad.
¿Y eso no es también responsabilidad de la Concertación?
– Creo que tiene una enorme responsabilidad. Nadie que haya estado 17 años en el Gobierno puede despiojarse como gallina del hecho de que en 17 años ni un solo medio privado haya podido sostenerse manteniendo posiciones tan moderadas como las que mantenía, por ejemplo, el “Diario Siete”. Yo era colaborador de “Rocinante”, y viví cómo a la revista se le negó la sal y el agua porque tenía una perspectiva crítica. La crítica ha terminado no siendo bienvenida en la Concertación, ejercerla en la Concertación significa discriminación, aislamiento.
¿Y por qué la Concertación ha devenido en este ethos autoritario?
– Es que eso es parte de la cultura nacional. Chile tiene 500 años, y 500 años de autoritarismo, sólo en tres la tortilla estuvo a punto de darse vuelta, y usted ve lo que pasó.
Respecto de los medios, ¿nos será que en la Concertación falta una mirada más moderna del asunto, que incorpore mejores criterios de gestión?
– No, no creo eso. Basta, para que los medios hubieran podido subsistir, que la publicidad estatal se distribuyera con un sentido para mantener la pluralidad. Aquí la propaganda estatal se la llevan básicamente la cadena de El Mercurio y Copesa; los medios que están fuera de esas cadenas no tienen propaganda.
Es que esos son medios que tienen mucha circulación, y por ende mercado.
– Discúlpeme, si usted compara la circulación que tiene “La Tercera” con la circulación que tiene “El Mercurio”, éste tiene un porcentaje totalmente desmedido en cuanto a la publicidad. El Estado no hace grandes campañas de propaganda, el Estado no son las farmacias, no son los supermercados, no son las grandes universidades privadas, que hacen negocio. A mi juicio, es una obligación del Estado informar de una manera que permita que haya canales de comunicación que se salgan de los moldes que están establecidos por las dos grandes cadenas asociadas al poder económico.
¿Cree que el Gobierno debería hacer algo en el caso del finalmente cerrado “Diario Siete”?
– Hubo un momento en que el comando de Michelle Bachelet anunció que la publicidad estatal se iba a distribuir con un criterio que permitiera sostener la pluralidad y los medios regionales; yo espero que eso ocurra.
Estos días han sido noticia, junto con los secundarios, los encapuchados y agitadores. Parece una tradición inevitable que la ultraizquierda, pese a ser una minoría, se tome la agenda social y la boicotee.
– Una de las grandes diferencias entre la izquierda y la derecha es que la derecha está amarrada a como las cosas son, y que nosotros en la izquierda estamos amarrados a ilusiones, esperanzas, fantasías, imaginación. La izquierda es un mundo a inventar y por eso toda izquierda va a tener siempre un componente desencajado de la realidad. Lo tuvo Salvador Allende, en la época de la gran fuerza de la izquierda.
¿Con el MIR?
– No hago el símil entre el MIR y los encapuchados de hoy día, creo que cuando hablamos del Lautaro o del neo Lautaro estamos hablando de la VOP [Vanguardia Organizada del Pueblo]. La historia de la derecha también está llena de asesinos y de torturadores, de genocidas, de grandes estafadores y ladrones; cada uno tiene sus ánimas, sus fantasmas, espíritus que están penando.
¿Y cómo explica usted esta movilización de los estudiantes secundarios?
– Los estudiantes se cabrearon de un falso discurso, porque el discurso sobre la educación ha terminado siendo majadero. Se le atribuye a la educación la virtud de una varita mágica que arregla la igualdad social. Hoy día lo que vale no es ni redistribuir la riqueza ni redistribuir el ingreso, lo que hay que redistribuir es la educación, porque esa es una transferencia de conocimiento y eso es capital para el que lo tiene. Entonces, la única forma de que Chile avance para ser una sociedad más igualitaria es la educación. Este discurso majadero es completamente poco creíble. El discurso sobre educación terminó siendo una coartada para esquivar el tema de las desigualdades en la distribución del ingreso.
¿Y para esquivar el tema de los impuestos tal vez?
– Evidente, de otro instrumento para construir más igualdad, o de los salarios, o de la reforma laboral, o de la subcontratación, evidente. Lo que expresa el movimiento de los estudiantes secundarios es “estamos hasta la coronilla de oír este discurso de la educación, mientras el sistema educacional es un reproductor de desigualdades”.
En la forma y en el fondo de las demandas estudiantiles hay un escepticismo y desconfianza profunda hacia las instituciones representadas en los gobiernos de la Concertación. ¿Qué significa eso para los partidos de izquierda?
– Significa que la indiferencia, la apatía y el desprecio por el sufragio universal es muy fuerte entre los jóvenes. El movimiento secundario también expresa una profunda desconfianza de las instituciones, de la democracia cercenada, de la democracia limitada y tutelada. Este es el primer movimiento de hijos de la democracia y lo que están expresando ahora es un rechazo a la mercantilización de la sociedad. Yo no tengo una visión romántica del movimiento de los secundarios, y no me gusta ninguna de las dos cosas que ha pasado: ni los primeros días, en que todos querían ser amigos de los secundarios, ni los últimos, en que una gran parte de los medios estuvo dedicada a hacerlos polvo.
Como decía Antonio Cortés Terzi, que en tres días pasaron de vándalos a generación mesiánica.
– Claro, pero no tengo una visión romántica. No estoy de acuerdo con las formas de democracia directa, donde hay otros factores de poder, pero hay que reconocer que aquí hay un fenómeno extraordinariamente importante, de una generación que a mi juicio expresa, porque puede, un rechazo a la mercantilización y a la exclusión, a las limitaciones de la democracia. Le digo puede, porque si hay un segmento que no está sujeto al disciplinamiento total que impone el mercado, son los secundarios. Los universitarios tienen que pagar el arancel, muchos tienen que trabajar o sus familias tienen que sacarse la cresta para poder financiarles los estudios; a los secundarios, todavía el mercado no los alcanza a disciplinar, no están endeudados ni en Dicom.
¿Y qué importancia tiene este movimiento en una perspectiva histórica?
– Tiene una importancia mayúscula, sobre todo porque creo que abre otra etapa.
¿Qué etapa?
– No sé cómo será, pero aquí hay una recuperación del espacio público.
De la calle, que es algo muy simbólico de la izquierda.
– Y además porque hay una sanción social a los excesos de la fuerza legal. Y, claro, están también los encapuchados, pero ésos han estado siempre. Hay épocas en que éramos más fuertes para mantenerlos a raya, tampoco totalmente, pero lo que yo aspiro es a que la ciudadanía advierta que, tal como ha advertido que eso no representa a los estudiantes secundarios, tampoco representa a la izquierda.
El otro debate en la izquierda es la posición en América Latina. El senador Navarro dijo que Chile debería mirar los procesos victoriosos de Morales y Chávez. Inmediatamente, Ricardo Brodksky, secretario de Proyect América, lo refutó. ¿Dónde se para usted en esta disyuntiva?
– Estoy más próximo a la idea de Alejandro Navarro; creo que en nuestro país hace falta un movimiento social, y partidos políticos y dirigentes políticos que pongan por delante las grandes reivindicaciones democráticas y antimercantilistas que están pendientes en Chile.
Su libro termina analizando el período concertacionista sólo hasta el año 2000. ¿Qué debería decir el tercer tomo sobre el Gobierno de Lagos?
– No lo voy a escribir yo, tengo otros planes.
¿Pero qué diría?
– A mí me costó mucho el capítulo 9, que relata la transición a partir del ’90. Incluso le voy a contar una confidencia: en un momento le planteé a mi querido amigo Eduardo Rojas que no hiciéramos ese capítulo. Fue un tiempo, además, donde yo tuve posiciones más protagónicas, era actor, pero Eduardo dijo “Nos van a decir que somos unos maricones”. Llegamos al 2000 con mucho esfuerzo; entonces, no me pida usted que haga el esfuerzo hasta el 2005.
Hay una tesis sobre que el Gobierno de Lagos significaba el cierre del ciclo que comenzó con Allende. ¿Qué cree usted?
– El Gobierno de Lagos, del cual yo formé parte, realizó una gran obra dentro de marcos predeterminados, restringidos, donde no se propuso todo lo que Lagos o sus colaboradores hubieran querido hacer. Se actuó con moderación, con cautela, con prudencia; mal que mal, el principal asesor de Lagos escribió un libro que se llama “La osadía de la prudencia”.
Dígame tres cosas que la izquierda chilena en los gobiernos de la Concertación nunca debió haber hecho.
– Ufff, La primera es empeñarse más allá de lo estrictamente jurídico de la traída de Pinochet a Chile.
¿Cuando usted era parte del Gobierno de Frei?
– Así es, fui parte de ese episodio. Siempre sostuve que el Gobierno tenía que cumplir con su obligación, que era ejercer todas las acciones legales para evitar que alguien que tuviera un pasaporte de senador de la República y un pasaporte diplomático estuviera preso afuera. Cuando fracasó esa línea en las cortes inglesas, se sobrepasó hacia el terreno político.
¿Y qué otros sapos nunca debieron comerse?
– Nunca la izquierda de la Concertación debió haber aceptado que a Pinochet se le exonerara de la acción de la justicia cuando él simuló un intento de golpe de Estado para que se investigaran los pinocheques. Y creo que debimos haber perseverado para que el Congreso se pronunciara sobre el proyecto de derogación de la Ley de Amnistía.
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