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17 de junio de 2006
Edificio del Congreso Nacional, en Valpa

La derecha está parapetada en el sistema binominal

Miguel Tapia G.

Como un desesperado concierto de voces reaccionó la derecha apenas supo que la Comisión que estudió propuestas legislativas para modificar el sistema binominal de elecciones había finalizado su labor generando una iniciativa que ya fue formulada a la Presidenta Michelle Bachelet.

El organismo asesor –presidido por el ex ministro y ex senador DC Edgardo Boeninger- concluyó su tarea y aun cuando la propuesta no ha sido oficialmente difundida, se sabe que considera aumentar la cantidad de diputados (de 120 a 150) y de senadores (de 38 a 50).

Sistema perverso

El proyecto tiende a corregir la distorsión del sistema implantado por la dictadura, que consiste en que para las elecciones parlamentarias cada lista o alianza política sólo puede presentar la cantidad de candidatos similar a los cargos a ocupar. Un distrito para Diputación o una circunscripción para Senaduría eligen dos parlamentarios, respectivamente. Entonces, cada lista puede postular a un máximo de dos candidatos.

Y una lista puede elegir sus dos candidatos sólo si dobla en votación a la lista que le sigue en cantidad de votos.

Así, si son seis los candidatos (tres listas) y dos los cargos a llenar, la lógica indica es que debieran ser elegidos quienes obtengan las dos mayores votaciones. Pero el sistema impone el famoso doblaje, de tal modo que pueden resultar elegidas la primera y la tercera mayoría.

Eso sucedió, por ejemplo, cuando el ahora asesinado ideólogo de la dictadura Jaime Guzmán (UDI) ocupó un sillón en el Senado a pesar de haber obtenido menos votos que el otro candidato de la Concertación, Ricardo Lagos, quien quedó fuera de la Cámara Alta.

El otro fenómeno que provoca este perverso sistema electoral es que deja fuera del Parlamento a los partidos, alianzas o movimientos con menor votación; o sea, las que ocupan desde el tercer lugar en adelante. Por tal motivo, sectores como el pacto Juntos Podemos, siguen excluidos del Poder Legislativo a pesar de conformar una importante corriente de opinión: minoritaria, pero importante.

Frescura sin límites

El ejemplo Guzmán-Lagos se ha repetido muchas veces y en distintas regiones del país en los últimos 16 años. Y siempre la beneficiada ha sido la derecha, que por nada del mundo acepta modificar el régimen instituido por Pinochet, que consiste en que si un sector tiene el 66 por ciento de respaldo ciudadano y el otro sólo el 33, ambos obtienen el 50 por ciento de representación parlamentaria.

La gente de la UDI y Renovación Nacional ya no disimula -¡para qué!- su intención de no cambiar un sistema electoral que le permite igualar fuerzas con la Concertación a pesar de tener un respaldo ciudadano muy inferior. Tampoco oculta su interés en mantener excluidas del Poder Legislativo a las minorías políticas, especialmente si entre ellas se incluyen al Partido Comunista y al Humanista, entre otros.

Los argumentos para parapetarse detrás del perverso sistema electoral binominal han sido muchos y muy variados. Pero los más recurridos para la derecha son:

  1. “Si hasta ahora ha funcionado bien, ¿para qué lo vamos a cambiar?” Claro: ha funcionado bien para la derecha, sobre representada en el Congreso. Pero mal para el pueblo chileno, que vota de una forma y aparece representado de otra. Y para las minorías que por obra del régimen electoral quedan afuera de la participación legislativa.
  2. “El sistema binominal le ha dado estabilidad al país”. Para la derecha, “estabilidad” es sinónimo de engañar al pueblo burlando su decisión, permitiendo que existan sólo dos grandes fuerzas equiparadas engañosamente. En tal caso: ¿para qué efectuar elecciones si eternamente, en todas las jurisdicciones, van a ser elegidos uno de cada conglomerado? Sería más sencillo (y práctico) que cada uno de los dos bloques designe a su parlamentario en cada distrito y jurisdicción. Sería fácil... pero tramposo.
  3. “El sistema proporcional fracasó”. Mentira: no fracasó. Fue derribado por las armas cuando el pueblo eligió un Presidente y un Parlamento que la derecha y el poder económico chileno y transnacional no aceptaron.
  4. “No es la ocasión de discutir el tema”. Este libreto lo usan siempre RN y la UDI cuando se acercan las campañas electorales.

Palabras al viento

Pero la desfachatez de los políticos pinochetistas no tiene límites. Durante la pasada campaña parlamentaria y presidencial, se manifestaron dispuestos a debatir el tema y reformar el sistema binominal. El tema fue reiterado enfáticamente por el candidato único de la derecha para la segunda vuelta presidencial, Sebastián Piñera, quien incluso formuló algunas propuestas reiterando que el discusión debía producirse después de las votaciones.

Ahora, han anunciado que ni siquiera debatirán el proyecto. Lo han descartado categóricamente. Antes de conocer siquiera oficialmente el proyecto de la Comisión, los políticos de RN y la UDI ya advirtieron que lo van a rechazar.

¿Argumentos?

Entre otros, que aumentar la cantidad de parlamentarios va a complejizar el trabajo legislativo. Pero antes habían reconocido que resulta extremadamente difícil conformar todas las Comisiones Legislativa que se necesitan con apenas 38 senadores.

También alegan que el costo presupuestario de mantener una cantidad mayor de senadores y diputados sería un despilfarro, porque los recursos que se necesitan se pueden emplear en programas sociales.

El ministro del Interior, Andrés Zaldívar, respondió a este argumento con un rotundo “la democracia no tiene precio”. Y explicó que hasta ahora, el Senado mantiene el Presupuesto concebido para financiar la cantidad de legisladores que había antes de las reformas constitucionales; es decir, incluyendo los designados y vitalicios. Para la Cámara se requeriría aumentar el presupuesto.

Parapetados

Los políticos derechistas no quieren desarticular el “seguro de vida” que les dejó la dictadura de Pinochet con este retorcido sistema electoral.

Por ningún motivo están dispuestos a renunciar a seguir sobre representados en el Parlamento, excluyendo a los sectores minoritarios que saben contrarios a sus intereses políticos y los de los grandes capitales.

Por eso seguirán atrincherados en el sistema binominal que les favorece tanto. Nada les importa seguir engañando a la ciudadanía y dar la espalda a la verdadera expresión del voto popular.

Sus intereses sectoriales son superiores. Y siempre han sido ajenos a los de las grandes mayorías nacionales.

Más alternativas

En lo personal, no estoy muy de acuerdo con aumentar tanto la cantidad de parlamentarios. Pero no por las razones economicistas esgrimidas por la derecha, sino porque me daría lata que se incremente a esos niveles la cantidad de apitutatados que pueden eternizarse en uno de los poderes del estado.

No descarto a priori la idea. Me gustaría que hubiese discusión. Hasta podrían llegar a convencerme.

Pero también existen varias otras fórmulas que habrá que analizar para resolver cuál es la mejor, buscando conjugar estabilidad con representación y alcanzar una generación parlamentaria proporcional tanto de las fuerzas políticas como de la cantidad de habitantes o población de cada jurisdicción.

Una de las ideas puede ser establecer igual cantidad de circunscripciones y distritos que la de senadores y diputados, respectivamente, a elegir. Es decir, tendríamos 38 circunscripciones y 120 distritos; cada territorio elegiría como senador o diputado -según corresponda- al candidato que alcance la primera mayoría, sin límite en la cantidad de postulantes.

Otra sugerencia considera reducir las jurisdicciones aumentando la cantidad de parlamentarios a elegir en cada una. Por ejemplo, dejar distritos y cada uno elegiría a cinco diputados. Así, quedarían representadas en el Parlamento también las minorías.

Y para evitar la excesiva proliferación de partidos, movimientos y coaliciones, se puede establecer que para existir legalmente deban alcanzar un mínimo de votación nacional, que muchos estiman en un cinco por ciento como límite.

Ideas y fórmulas hay muchas. Lo importante es iniciar ¡ya! el debate y no aceptar el rechazo a priori que quiere imponer la derecha, grotescamente guarecida en uno de los últimos amarres legislativos que les legó el dictador.

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