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17 de junio de 2006

La virtual dimensión

Por Mo-Wi (a) “El Chino”

Muchas lluvias han caído, repetidas estaciones donde no se detiene ningún tren, desde que visité por última vez a José y su Ernestina allá, en la región del Ruhr, capital alemana de la siderurgia y del carbón. Y también a Pepito, que ahora ya no está, que se fue un día de esos, dejando a sus padres con un vacío inmenso, sin saber en qué ocupar sus días cuando ya no tienen que preocuparse del niño-hombre enfermo, inválido por una miopatía que, día a día, lo iba reduciendo en tamaño, al punto de que se perdía en su silla de ruedas.

A José lo conocí en el Norte de Chile, en las cercanías de Copiapó, en uno de mis tan-tos viajes a la búsqueda de un espacio de silencio y belleza, donde el hombre se enfrenta a sí mismo y sus fantasmas. José era “pirquinero” y poseía una pequeña mina de cobre que explotaba con sus hermanos menores.

Hombre parco en palabras, decidido y corajudo, seguro de sus ideales revolucionarios, mismo si jamás militó en partido alguno: “Mi lucha consiste en construir la alegría para mi familia, sacarla de la pobreza, enseñar a los míos que puede y debe existir un mundo mejor y sólo se logra con un pensamiento de izquierda...”-me decía a la ocasión.

Exiliado debido a un canalla que miraba con envidia que un hombre de pueblo pudiese levantar cabeza, José llegó a Alemania y luego a la región del Ruhr, donde continuó ejerciendo lo único que conocía: la mina. Bajó al fondo de las galerías extrayendo el carbón: “He pasado treinta años de mi vida en la oscuridad y lo poco que he gozado de la luz fue para compartirla con mi Pepito, que es mi luz, mi única luz...”

Ernestina habla aún menos. Jamás le he podido encontrar sin su delantal floreado, el mismo que ha perdido incluso el color de las flores estampadas, el mismo que se marchita con ella, a medida que pasan los años.

Cuando los visitaba, rapidito se encerraba en la cocina y no me dejaba partir hasta que no me hubiese engullido unas diez empanadas como mínimo, metiendo otras tantas para la Huasa. Su pan amasado nadie lo iguala y para qué hablar de su charquicán o su cazuela de ave.

Ernestina me conmueve con su mirada franca, que no permite renuncio alguno. Para ella se es o no se es y punto. Nada de chamullos ni de farsanterías. Es la verdad que cuenta, sea la que sea.

Chile en imágenes

Durante años estuve recopilando cuanto reportaje aparecía en la televisión francesa. Los hubo de todos los rincones de nuestro país, desde Arica hasta la Antártica, pasando por el Valle Central y sus cultivos, los lagos del sur, los mariscos de Angelmó y Tenglo, mi Chiloé nunca bien ponderado, los fiordos y archipiélagos, los pescadores solitarios en islas sin nombre, Llancahué (donde viví unos meses siendo chiquillo), Coyhaique, Palena y todo lo que me traía recuerdos de mis errares de enamorado de mi tierra.

Y como todo enamorado que ha perdido su gran amor, necesitamos conservar cada imagen para que no se pierda ahora o más tarde, cuando la memoria comienza a flaquear.

Les llevé una copia. No sé si cometí un error o fue un acierto. El asunto es que Pepito, postrado en su cama o en su silla de ruedas, incapaz en el último tiempo de realizar el más mínimo movimiento, repetía una y mil veces el video, deteniéndose en una imagen precisa, observándola hasta el cansancio: “¡Es ahí dónde quisiera estar!” – nos decía.

Pepito desarrolló su inteligencia incapacitado de hacerlo con su cuerpo. Sin moverse de su silla, podía conversar conmigo en un francés envidiable y su alemán producía franca admiración. Su cultura literaria iba de los filósofos alemanes a cualquier autor que lo mereciera, con una predilección por la “ciencia-ficción”, cuyos libros se amontonaban en su dormitorio.

“Tú sabes, Chino, he logrado viajar sin salir de mi casa. He descubierto que más allá de lo real está el universo que sólo nos puede pertenecer a los hombres como nosotros, el universo onírico que, te lo puedo asegurar, puede ser incluso más tangible que este otro, el que me ha condenado a la soledad...”

Agregaba: “A veces me despierto en un sueño y descubro paisajes que nada tienen que ver con la Tierra... Converso con seres que estoy cierto que conozco, que me aman y amo, al punto que creo tener una amada en el otro lado, en lo que llamo mi Mundo Paralelo, y regresar, Chino, regresar es un martirio, es dejar de existir...”

Hablábamos horas enteras. José y Ernestina nos escuchaban y los veía mover la cabeza con felicidad las veces que comenzaba con mis historias que Pepito me exigía una y otra vez, a sabiendas que las sacaba de mi sombrero de mago de las ilusiones. Él, a su vez, me contaba las suyas y la tertulia familiar terminaba siempre en grandes carcajadas.

Pepito me estrujaba inquiriendo acerca de Chile. Tuve que detallarle cada uno de mis viajes, a quien conocí, que es lo que fui hacer allí, por qué mi necesidad de partir sin rumbo fijo, así, a la aventura, vestido con lo puesto y una muda de recambio, nada más. “Chile, Pepito, es una geografía donde logras encontrar todas las bellezas reunidas y si sabes buscar, tendrás la ocasión de querer gente magnífica –como tu padre y tu madre-, a la cual jamás olvidarás y que llevarás para siempre en tu pensamiento”.

Le contaba cuando partía con los pescadores de Cartagena mar adentro, cargado al pisco y al brasero para desentumir los huesos, capear las olas de este tremendo porte, convencido que esa noche el viejo bote se convertiría en astillas y nos mandaría al fondo. O bien, de cómo preparaba mi famoso caldillo de “peje-sapo” y de qué manera jugaba con las “viejas” que se escondían en los roqueríos a unos cuántos metros de fondo. También mi encuentro con el “Caleuche” y “La Viuda” que esa noche sin luna, quiso llevarme a su mundo para que le hiciera compañía:

- “¡Chino amor mío, de ésta sí que no te escapas!” –me decía la maldita.

José reía y reía. Sentía que mi corazón se llenaba de ternura hacia mi amigo y Pepito, con sus ojos brillantes, exigía una más y otra más...

Ernestina me contó que Pepito viajaba a Chile mirando el video. “Tú no sabes el bien que le ha hecho”, me repetía una y otra vez.

Tanto ella como José nunca más volvieron a Chile. José afectado por la silicosis, escupiendo la mina que le destruyó sus pulmones, ahogándose, pidiendo un aire que no lograba penetrar en sus pulmones. Ernestina, saliendo de un cáncer en un seno, disminuida y enflaquecida hasta los huesos, más siempre ágil, preocupada de su José que nunca dejó de mirarla como la chiquilla que un día lo fue, hermosa como ninguna en el pueblo.

Pocas veces he amado una pareja como a mis amigos. Creo haber encontrado en la sencillez de los humildes la auténtica ternura, la franqueza que necesito, la lealtad que un día me negaron los “compañeros de ruta”. Es raro que pase un día con supuestos intelectuales, hinchándome las que les dije con sus discursos demasiados conocidos, prefiero al hombre que ha luchado por dar la felicidad a los suyos en la pega que sea menester, pero lo han hecho con honestidad y amor.

Es lo que vale. El resto son huevadas. En la sencillez se encuentra la verdadera cultura; en la simplicidad, la esencia de cualquier filosofía. Ser “culto” no es otra cosa que saber vivir.

El último viaje

Hace un par de semanas fui a verlos, a Castrop-Rauxel, Alemania. Tienen su casita con tantas flores que da envidia al pintor que pretendo ser. Los colores han sido combinados con un gusto exquisito y no falta, en un pedacito de tierra, el ají chileno, los tomates y unas cebollas que permiten la mejor ensalada chilena que he comido en el exilio. ¡Para qué decir mi chancho en piedra!

Ernestina regaba las plantas. José estaba en el salón con la televisión prendida, con la mirada fija, absorto, al punto que ni siquiera prestó atención a mi llegada.

Ambos vestidos de luto. José, con su trozo de tela negra en la manga como era costumbre en Chile.

Ernestina, secándose las manos en su delantal, me dice:

- “¡Se nos fue, Chinito, se nos fue! ¡Nuestro Pepito partió!”

Entonces me contaron lo que nadie jamás podrá creer, empero les aseguro que nunca José ni Ernestina me mintieron:

- Hace tres meses, cuando regresamos de la farmacia, Pepito había desaparecido...

- ¡Qué dices Ernestina! – exclamé atónito.

- Su silla estaba vacía, la cama hecha, el niño por ninguna parte.

(El “niño” tenía ya treinta y seis años...)

- Sí –confirmó José-, Pepito se fue...

- ¡Pero dónde por la cresta!- dije.

- A Chile, allí...- agregó Ernestina indicándome la televisión con mi video de regalo que llenaba la pantalla.

- ¡Qué estás diciendo mujer!- exclamé.

- No te preocupes, Chino, todo está bien. Pepito así lo decidió y nosotros ya lo hemos aceptado. Incluso estamos hasta felices que sea así- continuó José.

Me senté para acusar el golpe.

Y me confiaron su secreto. Pepito había partido porque así lo decidió mucho tiempo antes, porque quería conocer el país en el cual había nacido, ese país que le fue negado tanto por la enfermedad como por los canallas en uniforme.

Lloraron días enteros, preguntándose que sería de sus vidas sin el hijo tan amado, so-los los dos, viejos y enfermos, lejos del terruño, sin conocer a nadie porque toda su existencia se la dedicaron al niño inválido: “¡Mi luz, Chino, mi luz!”

Pepito, estoy convencido, logró lo que nadie ha logrado: viajar a su “Mundo Paralelo”. En estos instantes que escribo, me lo imagino al lado de su amada, gozando el placer de una piel suave, haciendo el amor y caminando por los senderos del cuerpo de su amada o bien, por los caminos de  Chile, donde la lluvia es como en ninguna otra parte, el viento conoce poemas que se cantan, la mar-océano ilumina las noches sin luna, los pájaros trinan melodías que  despiertan las emociones del nuevo día, las mujeres saben decir “te quiero” mientras se hacen las difíciles al comienzo y jamás satisfechas después, el ciego que vende peinetas en la micro ve mejor que nadie, el cojo proyecta películas mejicanas con sus respectivas rancheras, las siúticas sueñan con un roto de mierda en la cama, el vino se saborea mejor cuando la compa-ñía es buena y el dulce nombre de mi Tierra hace añicos el corazón en la distancia cuando se nombra...

Pepito partió a nuestra tierra. No sé como lo hizo, cuánto tiempo demoró en transformar su cuerpo para traspasar el espacio virtual, pero lo logró. Pepito partió. Quizás las decenas de libros que poseía lo ayudaron en su empresa, su inteligencia, sus ansias inconmensurables por conocer un país que le fue vedado.

Ernestina y José afirmaron haberlo visto varias veces en el video. Dicen que les hace señas con la mano y se le ve feliz, al fin, al fin, feliz de vivir.

Al irme, sin querer di media vuelta para entregarles el regalo que siempre les llevo. Miré por la ventana y los vi sentados tomados de la mano, esperando que Pepito apareciera para hacerles un gesto con la mano en ese video que un día les llevé.

Estarán sentados cuando el momento llegue. Mi esperanza es que también puedan ir al reencuentro de Pepito y en Chile, aunque sea en ese Chile onírico o virtual que hemos inventado.

Es mi anhelo más profundo.

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