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Miguel Tapia G., Periodista
Más de una vez he sostenido que lo peor que nuestra sociedad ofrece a los habitantes de mi querido país es la locomoción colectiva.
A raíz de la reciente tragedia carretera en el río Tinguiririca, que dejó el horrendo saldo de 26 pasajeros muertos, el Canal 13 retransmitió un reportaje realizado por “Contacto” sobre el trabajo de los choferes y auxiliares de las grandes empresas de buses, especialmente Pullman y Tur Bus.
Quedé abrumado y confundido.
Durante siete meses, el equipo periodístico recorrió miles de kilómetros y conversó con muchos trabajadores de las empresas de buses, logrando demostrar –a prueba de desmentidos que nadie ha intentado siquiera- que en la inmensa mayoría de los casos, los choferes y auxiliares son sometidos a jornadas más que extenuantes y que las empresas no respetan para nada las normas mínimas relacionadas con el personal a cargo del transporte de pasajeros.
Los televidentes conocimos de extenuantes jornadas de hasta 28 horas seguidas, ínfimos descansos en algún rincón de la misma máquina para seguir con otro viaje, y otro. Supimos de trabajadores de los buses que ven a sus familias apenas dos días al mes y muchas semanas deben conformarse –como el caso que mostraron en imágenes—con abrazar furtivamente durante un par de minutos al pequeño hijo que lo espera en algún recodo del camino.
Vimos a choferes y auxiliares que llegan a un destino después de 22 horas de extenuante viaje, alcanzan a ducharse en baños inmundos y malos, lavan apresuradamente algo de ropa –apenas un par de camisas y calzoncillos- para volver a encaramarse en la máquina y emprender un nuevo viaje. La ropa la dejan secar en los maleteros o cerca del motor. Andan con prendas limpias, pero hediondas.
Descubrimos a un chofer conduciendo más de 15 horas, enfermo, con fiebre. Los relevos deben conformarse con dormir enrollados en algún rincón de la cabina. Duermen algo, pero no descansan. Y a otro, comiendo algo a modo de almuerzo... pero sin dejar de conducir.
Muchos relataban que por largos años no compartían fines de semana, ni cumpleaños, fiestas patrias, navidades o años nuevos con sus familias...
Y mucho, mucho más.
Uno se pregunta: ¿Qué moral enseñarán esos empresarios a sus hijos? ¿Cómo disfrutarán esos empleadores del descanso dominical o las festividades públicas o familiares sabiendo que hay gente impedida de celebrar porque están trabajando forzadamente para ellos? ¿Cómo puede llegar a tanto la ambición de caer en una criminal sobreexplotación de seres humanos, tratados de manera inhumana para gastar menos y enriquecerse más fácilmente? ¿No habrá ni una gota pequeña de humanismo en los espíritus y mentes de esos micreros para reflexionar que son los verdaderos culpables de tantas muertes que cada día y noche tiñen de sangre y dolor nuestras carreteras...?
Con esas preguntas a flor de labio viaje en un Sol del Pacífico entre Valparaíso y La Calera. Y lo comenté con el chofer y el auxiliar. “Nosotros sufrimos lo mismo, extremadamente sobreexplotados y ganando una miseria”, fue todo el doloroso y preocupante comentario.
Siempre he denominado al gremio de los micreros como una mafia. Suena fuerte, pero así es.
En esta zona no olvidamos cuando una empresa de Santiago denominada “Power” llegó con buses chicos muy modernos para hacer el servicio entre La Calera y Valparaíso, por el Camino Internacional (“Vía Aeropuesto”).
Cuando los “Power” comenzaron a trabajar, fueron atacados brutalmente en la ruta. Los hacían parar, les tiraban peñascos al parabrisas y quebraban los vidrios con fierros. Lo hacían choferes y auxiliares de las líneas que ya estaban en el mismo recorrido, porque no aceptaban competencia de ninguna manera. Y la autoridad no hizo nada por defender la tan manida “competencia”, viga maestra de un modelo de mercado como el nuestro.
En la época en que el mismo recorrido era exclusivo de una empresa “Alfa 3” (su dueño se llamaba Ángel Arias Arancibia, un sujeto harto mafioso). La empresa Dhino’s trató de meterse, ampliando los servicios que hacía entre las dos ciudades por el Camino troncal (Limache y Quilpué). Y comenzaron a incendiar las máquinas de Dhino’s. Hubo detenidos; uno de ellos, sorprendido in fraganti –prendiendo fuego a un bus–, resultó ser mecánico de Alfa Tres. Pero después de unos cinco buses incendiados, todos los detenidos quedaron en libertad, los “intrusos” tuvieron que abandonar el recorrido para el cual había sido expresamente autorizado por el Ministerio de Transportes y Alfa Tres siguió manteniendo el monopolio, con un pésimo servicio y fijando las tarifas a su antojo.
Ahora ya no existe “Alfa 3”, pero el monopolio de este servicio lo tiene la empresa Sol del Pacífico, demás de unas pocas máquinas de buses La Porteña, que llegan desde Valparaíso hasta La Ligua, Cabildo y Petorca.
El servicio es pésimo y sus choferes y auxiliares se reconocen igualmente sobreexplotados hasta el límite máximo de su resistencia.
Pero hay más: el pasajero es sometido a los tiempos que el chofer resuelva. El viaje entre Valparaíso y La Calera (70 kilómetros) no debiera demorar más de una hora o 70 minutos, a lo sumo. Pero se detienen en los principales paraderos cinco, diez o hasta quince minutos y al final el viaje tarda una hora tres cuartos o dos horas; es decir, desarrollan una velocidad promedio de... 35 kilómetros por hora ¡para un recorrido interurbano!
En tiempo, es más corto viajar a Santiago -120 kilómetros, una hora 20 minutos de viaje- que a nuestra capital regional.
La mayoría de las máquinas tienen al chofer aislado en una cabina. Uno ingresa por ella a la nave con asientos. Generalmente el chofer cierra la puerta y los pasajeros quedamos encerrados, porque la puerta no se abre por dentro –le sacan la manilla- y uno no tiene acceso a la única puerta del vehículo. En un incendio repentino no podría salir ningún pasajero; morirían todos calcinados... por esta maña incomprensible y demencial.
No hay control caminero alguno para estas máquinas, generalmente en muy mal estado mecánico e interior. He visto máquinas con problemas de frenos y dirección. Asientos malos y sebosos que ensucian la ropa del pasajero. Jamás funcionan las luces individuales de tal modo que cuando en las noches al chofer se le ocurre apagar la luz del pasillo, nadie puede leer... porque él así lo decidió.
Y la tarifa es nada modesta (1.200 pesos entre La Calera y el Puerto).
¡Para qué decir cómo maltratan y humillan a los estudiantes!
Una vez vi a un auxiliar tratar de humillar a una estudiante:
-¿Ésta soi tú? ¿Universitaria? –le dijo, burlándose y sugiriendo que la muchacha no tenía aspecto de estudiante de Enseñanza Superior- ¿Y qué estudiái?
- Mira huevón –respondió ella, muy digna-: estudio cualquier huevada con tal de no ser nunca, pero nunca, un picante auxiliar de micro.
El tipo quedó en silencio. Y avanzó por el pasillo. Ni siquiera tuvo ánimo para recibir la plata que le pagaba la estudiante. Yo le guiñé un ojo y la felicité con gestos. Ella solamente sonrió... digna.
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