Por Mo-Wi (a) “El Chino”
A cierta edad, cuando comenzamos a jugar los descuentos, nuestras visitas a iglesias –pese a nuestro agnosticismo- se hace de más en más frecuente. Vamos a despedir a los amigos y amigas que decidieron partir, dejándonos en la incertidumbre sobre quién será el próximo. Nuestras miradas durante las ceremonias respectivas consiste en adivinar a cuál entierro iremos próximamente, a quién le llegó su turno, convencidos que seremos los últimos en dejar esta vida que nos ofrece nada más que males por todos lados, temores y angustias, especialmente cuando hemos tomado gusto a una existencia que, con sus altos y bajos, nos sigue llenando el gusto.
Una de las tres Britt, la menor, me llamó el lunes recién pasado para anunciarme la infausta noticia: la abuela Britt, había dejado este mundo a los 102 años, durante su sueño. Y me informaba que me había legado un objeto que toda la familia desconocía, en una caja de madera de balsa, liviana y sellada por todos los lados. “Está destinada expresamente para ti”, me dijo por teléfono su nieta.
Recordé entonces mis visitas a La Haye, Países Bajos, cuando me iba a la casa de la abuela Britt y nos contábamos historias increíbles, en un combate sin igual, mientras jugábamos sendas partidas de ajedrez, bebiendo té y gozando sus galletas recién salidas del horno.
La conocí aún chiquilla, frisando los ochenta años, con su pelo cano, firme y derecha como un mástil de velero holandés, una piel que en su debido tiempo fue dulce y suave, hecha para las caricias, una mirada que penetraba hasta la profundidad del alma de sus interlocutores en sus ojos azules magníficos. Siempre encontré que se reía del mundo entero, con su ironía y picardía que no siempre se encuentra en sus compatriotas del plano país.
Britt vivió durante ocho años con su primer marido en Ecuador, un misionero protestante que estaba convencido que los “Shuars” (jíbaros) también tenían el derecho a recibir el bautismo, aunque en ningún caso de los curas católicos. Ocho años en la selva amazónica, sin saber con exactitud si se encontraban en territorio peruano o ecuatoriano, hasta que Eric desapareció un día de esos, en la jungla, sin dejar rastro alguno para rescatarlo. Semanas y semanas a pedido del cónsul holandés, compañías del ejército lo buscaron sin mayor fortuna. Fue en 1931, el doce de marzo, la última vez que Eric vio y conversó con su mujer, aún chiquilla y hermosísima.
A Britt le encantaba contarme su experiencia al lado de los “shuars”, que difería totalmente de la mía, cuando a los dieciocho años decidí que ya era tiempo de abandonar unos estudios de derecho que no me satisfacían en absoluto y partir a la búsqueda de la ciudad perdida, “El Dorado”, allá, en el Amazonas. Allí permanecí cuatro meses, a orillas del río Upano, compartiendo con buscadores de oro y de petróleo, compartiendo con los “shuars” una existencia donde el Mundo se reducía a oír historias de guerreros que lucían con orgullo las “tsantsas” (cabezas reducidas) de sus enemigos y compartir el lecho de una hermosa que bauticé “Orquídea De Mis Amores”.
Britt me pedía que le hablara de ella, por qué la había dejado al medio de los suyos y no me la llevé a Chile, “como debieras haberlo hecho, Canalla”, me decía agitando su dedo acusador. Por más que le repetía que para “Orquídea De Mis Amores” hubiese sido su muerte sacarla de un medio aún protegido, para llevarla a las enfermedades de los blancos; para Britt era una excusa que no tenía mayor peso.
Hay veces que me lo confieso sin encontrar la redención a este vergonzoso pecado de juventud.
La casa de Britt era modesta, sin excesivas decoraciones, simple, llana como ella misma. La casa de una familia protestante. En el salón, en un lugar destacado, un dibujo atribuido a Rembrandt, que Britt-Nieta un día heredará. En cambio, entre unas cuantas decenas de fotografías de familia, sin mayor relevancia, el rostro de Eric figuraba con su barba pelirroja, apoyado en uno de esos sillones de antaño y que no faltaba en los estudios fotográficos de la época. Un hombre atlético, hermoso.
Dos años después de haber desaparecido en el Amazonas, Britt contrajo segundas nupcias con el ateo más reputado de Mastrich, un bandido que le dilapidó su fortuna, que hizo lo que quiso en su vida, pero que “jamás me engañó, siempre me amó con una pasión que bien valía perder hasta el último shilling”, me confiaba en nuestras largas tertulias Britt-Abuela, con el rostro iluminado y sin olvidar de lanzar un tremendo suspiro al aire. Él, por el contrario, tenía su enorme retrato en el el dormitorio. Britt, seguramente, pese a sus años, seguiría soñando hasta su último día en las caricias que su amor le prodigaba con creces desde la distancia.
Sin embargo, yo siempre le preguntaba acerca de Eric, por qué había decidido partir al Amazonas a evangelizar a gente que en ningún caso quería serlo, felices como estaban con sus mágicas creencias, con su shamán que ayudado por la “Ayahuasca” se dirigía directamente al Supremo “Arutom” o a los difuntos de la tribu, adivinando un futuro que les sería de todos modos nefasto con la llegada del hombre blanco, de los curas apollerados que traían consigo junto a la cruz cristiana el pecado. Entre otros males.
Pero Britt desviaba inmediatamente la conservación, diciéndome que era un hombre que “tenía mala cabeza”, que detrás de una fachada religiosa se escondía un hombre extraño, falso, que en el Amazonas mostró su verdadera fibra, donde la lujuria ocupaba un papel importante, salvo con ella, que abandonaba semanas enteras mientras partía al interior de la selva, acompañado por guerreros jóvenes y fuertes.
De ahí que apenas pudo, al término de vanas búsquedas, Britt regresó a Holanda, abandonando todo lo que a su marido le era importante; incluso la religión. Ello no quita que en el fondo de ella misma, la austeridad protestante le venía de perillas habiendo perdido el patrimonio familiar al lado de su verdadero gran amor: Lars.
Es extraña la sensación de participar en la lectura de un testamento. Aún más cuando nada tienes que ver con la familia que no sea una amistad de muchos años. El notario comienza a mirarte con desconfianza, al igual que los presentes, temerosos que seas el heredero de la única riqueza, el famoso dibujo atribuido a Rembrandt. De todas maneras, no tenía intención de aceptarlo si se hubiese dado el caso.
Britt dejó algunas pertenencias, distribuidas equitativamente entre Britt-Hija y Britt- Nieta. Un par de donaciones a una fundación y al último, una caja de madera para mí, bajo la condición de ser abierta solamente por mí y lejos de la familia.
Prometí cumplir con la condición fijada por Britt-Abuela, no tanto por la exigencia del testamento, sino que por honorar a mi vieja amiga, que estoy cierto debe estar muerta de la risa mirándome desde el Cosmos.
El entierro fue sobrio. Dije unas cuántas palabras que nadie entendió en mi castellano que Britt adoraba cuando lo acompañaba de chilenismos bien castizos. “¡Todos huevones, Mo-Wi, todos huevones!”, decía riéndose al referirse a los hombres. Es la palabra que más le gustaba y la usaba con una gracia increíble.
De regreso a Ys, puse la caja en la maleta y apoyé en el acelerador para hacer más corto los cuatrocientos y tantos kilómetros. En Bélgica estuve tentado de aprovechar una parada para aliviar el cuerpo y abrir la famosa caja.
Lo hice sólo ayer, a las cuatro de la tarde. Con mi cortaplumas fui sacando la cera que unía las dos partes de la caja en madera de balsa. Con cuidado, ansioso de saber qué herencia me había dejado Britt y que prometí informar oportunamente a su hija y nieta.
Al interior, en una pañuelo de seda, bordado esmeradamente con el nombre de “Eric”,
unos pétalos de orquídeas y una argolla de matrimonio. Saqué el objeto que se encontraba envuelto por el pañuelo y delicadamente cogí cada punta del género hasta encontrarme con el legado de Britt a su amigo, que escuchó sus historias y que a su vez le inventó una y mil otras en esas interminables partidas de ajedrez bebiendo té y comiendo galletas recién salidas del horno.
Hoy, el legado de Britt cuelga frente a mí, incapaz de verme o de decirme el secreto que Britt guardó durante toda su vida a su familia: de qué manera Eric se perdió en el Amazonas.
Su cabeza reducida, del tamaño de un puño, con su pelo y barba pelirroja, es incapaz de responderme por qué Britt decidió legarme su cabeza, con los ojos y la boca cerrados por un hilo que el tiempo comenzó a destruir.
Cuando llame a Holanda, diré que Britt-Abuela me dejó como herencia el combate de su vida en la forma del macabro trofeo de una mujer que venció a su principal enemigo: su marido.
Desgraciadamente, la “tsantsa” de Eric, con su boca cosida, sus ojos cerrados, no podrá contarme lo que le sucedió ese doce de marzo de l931, día en que vio por última vez a su esposa que esgrimía un enorme machete para redimirlo de sus muchos pecados en la selva del Amazonas.
En el futuro, cuando vea a La Huasa con un enorme cuchillo en la mano, le sonreiré con enorme ternura y le diré que si algún día le fui infiel, lo hice simplemente porque perdí la cabeza y que no vale la pena –de ninguna manera entonces-, cortármela. Mas, conociéndola, terminará por hacerlo un día de éstos, lejos del Amazonas y de “El Dorado” que jamás encontré.
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