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09 de mayo de 2006
Guerrero MasaiMasai, el guerrero.

La Bella Durmiente

Por Mo-Wi (a) “El Chino”

Para Mateo y Rafael

Hace años que estaba allí, acostada, con los ojos cerrados, durmiendo. Los médicos concluyeron que la joven mujer sufría un extraño coma, del cual nada ni nadie podía sacarla. Lo extraño del asunto, es que su cerebro –según los aparatos a los cuales estuvo conectada día y noche– demostraba una actividad sin equívocos. Algunas enfermeras escribieron en su ficha al pie de la cama hospitalaria, que la escucharon suspirar o abrir los ojos y fijar la mirada más allá del estrecho cuarto donde el mundo había comenzado a olvidarla.

- Sueña-, decía Jeanne Edou, la enfermera proveniente del Gabón y que trabajaba en los turnos de noche.

A Jeanne le gustaba hacer compañía a la enferma. Después de hacer su recorrido de cama en cama, de pieza en pieza, se instalaba a su lado y comenzaba su macramé con una agilidad que solo años de experiencia y de labor podían lograr.

- Te haré esta noche, chiquilla, un bonete y, en las horas siguientes, la bella durmiente lo lucía. En todas partes del cuarto los paños en macramé se iban juntando a medida que pasaba el tiempo: pequeñas cortinas, un paño debajo del florero, un cubrecama, adornos en su camisa de dormir abierta en la espalda de arriba abajo, en su pequeña lámpara de velador, calcetas, guantes que jamás portaría, adornos para una blusa y la lista de objetos era tan larga como las noches que pasó a su lado, durante años.

En la mañana, al término de su servicio, Jeanne contaba lo que nadie hubiese querido creerlo:

- La joven pasó una excelente noche. Me contó sus viajes en mi continente africano y el gran amor que tuvo por un guerrero Masai, muerto por un blanco que se oponía al amor que se profesaban-, decía con una naturalidad que, si no estuviesen convencidos del coma profundo, la habría escuchado con interés o curiosidad. Pero nadie le prestaba atención a sus historias. “Dile que nos hable también a nosotras”, exigían sus colegas. Y reían.

- Estas negras tienen imaginación- repetía infatigablemente el médico jefe de servicio.

En la hoja de admisión no aparecía nombre alguno: “Desconocida”. Ni una marca, algo que pudiese identificar su identidad, nada. Pero nadie ignoraba su nivel de colesterol, temperatura diaria, glicemia, cantidad de glóbulos blancos y rojos, plaquetas y todo el arsenal de exámenes biológicos, radiografías y escáneres que periódicamente se practicaban en ella, buscando las causas de ese coma tan poco convencional.

- Pareciera que duerme, simplemente-, le confiaba a Jeanne el kinesiterapeuta, mientras la maseajaba para evitar la atrofia de sus músculos.

- Con tal que no la hagas suspirar, todo está bien-, le decía Jeanne, sentenciándolo con un índice acusador.

- ¡Ay, Jeanne, por Dios!- le respondía ofendido.

En el piso, a medida que transcurría el tiempo, la Bella Durmiente, pasó a ser una parte más del mobiliario, una paciente que nunca tuvo un nombre, ni siquiera una vida pasada, presente y bien probable, tampoco, futura. Y la dejaban dormir el sueño de lo injusto, ansiando que un día de esos o bien se decidía a despertar o simplemente partir, definitivamente, allá, donde podría seguir con sus ojos cerrados o abiertos, hasta el fin del mundo, en una tumba común, donde yacen los que si tuvieron un nombre o no, no podían pagarse la paz eterna.

En cambio, Jeanne, que bien pudo haber tenido una vida fuera del hospital, seguía con su labor de macramé sin necesariamente conversarle cada noche, simplemente instalarse a su lado y escucharla, historias que nadie creía, que nunca nadie quiso creer.

Debido a la reestructuración del hospital, una mañana la subieron a una ambulancia y se la llevaron a la clínica de un pueblo cualquiera, para que continuara durmiendo y así liberar una cama para otros enfermos en coma, enfermos que si no lograban despertarse al menos utilizaban aparatos respiratorios y todo ese arsenal costoso del servicio de reanimación.

Jeanne decidió acompañarla en la ambulancia que, sin sentido alguno, se fue urlando con la sirena al máximo, abriéndose paso entre autos y camiones, a ciento veinte por hora, conducida por el chofer que un día soñó con ser el nuevo Fangio, el rey de las rutas.

Luego de los trámites de rigor, Jeanne Edou ayudó a instalar a su paciente en un dormitorio común, donde otras mujeres más o menos enfermas, más o menos locas, más o menos débiles o incapacitadas físicamente, le harían compañía. Con parcimonia comenzó a colocar sus cortinas de macramé, su cubrecama en macramé, camisa de dormir, adornos y objetos de todos los días y de todas las noches en macramé. Las otras enfermas miraban o se acercaban para apreciar el magnífico trabajo de la negra, que explicaba los puntos, los gestos necesarios para obtenerlos como correspondía y una infinidad de detalles que la ocupó un buen par de horas, mientras el chofer la ambulancia lustraba hasta el cansancio una carrocería que un día fue nueva y brillante.

- ¿Necesitan una enfermera de noche?- preguntó Jeanne a la enfermera jefe.

- Tú sabes que siempre estaremos necesitadas de una enfermera, especialmente de noche-, le respondió.

Una semana después la gabonesa apareció en el servicio, con sus palillos para el macramé. Puso un viejo sillón entre la cama de su paciente y de una anciana con Alzaheimer que le pareció simpática y que, no le cabía la menor duda, le contaría también su vida.

Pasaron seis años, seis años con sus respectivas noches. Jeanne, infatigable, seguía con su macramé y la Bella Durmiente, envejecía al mismo tiempo que ella. Comenzaron a aparecer las primeras canas, el caminar difícil de Jeanne que no quería dejar a “su” paciente sola y, según cuentan las otras enfermeras, jamás dejó de narrarles lo que la enferma le contaba en esas noches donde nadie pudo ser testigo.

El 29 de abril, a las quince horas, Jeanne Edou dejó de existir en una clínica sin nombre en las cercanías de París. Partió mientras dormía al lado de su Bella Durmiente, esta vez en calidad de paciente y no de enfermera.

El mismo día, a las quince treinta horas, la paciente sin nombre, que por espacio de veinticuatro años vivió en un coma profundo, se despertó. Nadie se encontraba en ese momento en la sala para comprobar el acontecimiento. No obstante, existen pruebas de que ella estuvo lúcida mientras buscaba entre tanto macramé un objeto bien preciso: el par de guantes que Jeanne Edou le había tejido y que se suponía jamás luciría en sus manos.

En una hoja de papel que encontraron sobre la mesa, la Bella Durmiente había escrito:

“Me voy con Jeanne al mundo que ella me inventó cada noche y donde me espera mi guerrero Masai, el único hombre que amé en mi vida y conoceré hoy, cuando viaje hacia las amplias sabanas del África, donde me está esperando...”

A las 15 horas cuarenta y cinco del 29 de abril del 2006, entró en la pieza el doctor Antonio Vásquez en su contra-visita de la tarde. Encontró a las dos mujeres con vestidos en macramé y ambas sonreían tomadas de la mano. Se habían dormido para siempre.

Esa noche, en los alrededores de París, sin saber el lugar preciso, se escuchó el Tam-tam de tambores africanos y, de acuerdo a testigos dignos de crédito, tanto Jeanne Edou como la Bella Durmiente, habían desaparecido de la morgue.

Algunos dicen que aún viven, que solo fue un simulacro de muerte y que hoy caminan felices por las praderas de Ys, mi país, donde un día de estos las encontraré para que me cuenten la historia de la Bella Durmiente y de su guerrero Masai.

Será un día de estos, cuando me despierte de mi sueño de nunca acabar.

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