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25 de abril de 2006

Orgasmo femenino e igualdad

De: www.estocolmo.se
Traducción de Toni Tobella.

¿Ha variado la sociedad de hoy su enfoque de la sexualidad y del orgasmo femenino? ¿O se trata quizá de un cambio superficial que atañe sólo a actitudes y terminologías? ¿Ejerce la sociedad presión sobre las mujeres para que aún tengan que fingir orgasmos durante el coito, cuando no existe la más mínima necesidad para ello?

Hemos de repensar en su totalidad la esencia de la relación entre hombre y mujer en el centro de la familia.

Es decir, hemos de inventar una relación sexual nueva y mejorada que vigorice a las personas.

Esto no implica que Occidente deba abanderar la libertad sexual y la revolución sexual desde un ángulo misógino y exagerado. Tampoco significa que el fundamentalismo religioso tenga que apadrinar en soledad la pureza sexual, y erigirse en bastión contra la decadencia occidental.

La tradición democrática de Occidente representa la igualdad de los derechos de la mujer y de todas las personas, también en el sexo.

Sin embargo, hay mucha gente que margina el tema del sexo, y no lo incluye en la redefinición global de los ideales de la sociedad.

Pero ventilar bien esta zona de pensamiento nebuloso conducirá a una mayor alegría, tanto del hombre como de la mujer.

Y muchos se dirán: "¡Pero si el sexo no se puede cambiar! ¡Lo diseñó la naturaleza para asegurar la reproducción de la especie, y todo el mundo lo sabe! De tal manera que el orgasmo masculino durante el coito tiene que ser el eje central. ¡Qué pena que la naturaleza fallara un poco en el diseño del cuerpo femenino!".

Si este concepto tan simplificado de sexo fuera cierto, ¿cómo es que la naturaleza lanza a la mujer al acto sexual envolviéndola de tanto placer? ¿Por qué le da al cuerpo femenino unas sensaciones tan fuertes de excitación sexual, por no citar la posibilidad de alcanzar orgasmos durante la masturbación?

Existe desde hace siglos una enorme incomprensión de la sexualidad femenina, una incomprensión que ha dañado muchas relaciones, y ha hecho creer a la gente que la guerra de los sexos es inevitable, cuando eso no es cierto. El primer Informe Hite sobre la sexualidad femenina rompió con muchos siglos de incomprensión, en el transcurso de los cuales se predicó "la dificultad de la mujer para llegar al orgasmo --lo que es cierto sólo durante el coito, pero no durante la masturbación--, demostrando con palabras de las mismas mujeres que ellas eran capaces de alcanzarlo con facilidad cuando se estimulaban".

También demostró que la masturbación no incluye la autopenetración para la mayoría de mujeres, sino que casi siempre consiste en la estimulación exterior continuada de la zona púbica del monte de Venus.

Mostró científicamente que la posición de las piernas y el uso de sus músculos son importantes para el orgasmo femenino, llegando a la conclusión de que no son las mujeres las que tienen un problema con el sexo; es la sociedad la que ha bloqueado el pleno intercambio sexual entre hombre y mujer; es decir, que la que tiene un problema es la sociedad, no la mujer.

La mitología actual sobre un supuesto punto G ha conquistado el territorio tan caduco del orgasmo vaginal, conduciéndonos a la creencia equivocada de que las parejas pueden continuar con la misma vieja idea de sexo, que asegura que las mujeres alcanzan el orgasmo por medio de la misma estimulación que los hombres, esto es, la estimulación vaginal, aunque hay trabajos estadísticos que demuestran que las mujeres no lo logran generalmente de esta forma. Sin embargo, pueden fácilmente alcanzar el orgasmo por la estimulación que se aplican a si mismas en la masturbación.

Claramente, urge replantearse las cosas para conseguir que esa crucial relación esencial funcione mejor. La reaparición de esas viejas ideas disfrazadas de concepciones modernas significa que, desafortunadamente, el sexo aún no ha cambiado realmente.

La gente tiene mucha información falsa –y confusión- sobre quién es y qué espera, algo que la lleva a sensaciones de ineptitud personal y de dolor, unas sensaciones que pocos pueden realmente aceptar o comentar en detalle, porque la vergüenza y el oprobio aún van ligados a "no saber cómo" o (lo que es peor) a "no disfrutar del tipo de sexo adecuado".

En público, un hombre puede decir: "¡Yo ya sé cómo tener a mi mujer contenta!". Y ella puede esbozar una sonrisa de complicidad, lo cual no significa que ninguno de los dos sepa a ciencia cierta lo que le pasa al otro o a él mismo.

Lo que hace falta es un rediseño de la interacción sexual entre la gente. Mis trabajos muestran con claridad que hay que reconsiderar y transformar el paradigma sexual.

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