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25 de abril de 2006
Mo-Wi, beduinoMo-Wi, beduino en el Sahara.
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Veinte años después: el regreso

Por Mo-Wi (a) “El Chino”

Mientras Ridha Tlihi nos transportaba con su jeep desde Houmt Souk, en la isla de Djerba, Túnez, hacia algún lugar en el Sahara, al sur de ese país, La Huasa se quejaba –para no perder la costumbre-, del estado de la ruta, vaticinando que no tendría agua suficiente para sus dos duchas diarias y que estaría obligada a comer cordero que no soporta, junto a que no tendría un momento de reposo auscultando, diagnosticando y dando sus sabios consejos de matasanos a mis amigos del desierto, por mi parte reflexionaba en mi viaje de hace veinte años, cuando descubrí por primera vez la inmensidad y el silencio del Sahara.

Que reclame mi victimaria, no es cosa nueva. La llevé conmigo a fin de que descansara un poco de su pega y agotada como está luego del largo invierno que se nos vino encima, y qué mejor descanso que el trabajo, según mi modesto parecer. Ella no está de acuerdo, no les quepa la menor duda.

Es lo que nunca he podido entender de las mujeres. Uno cree hacerlo por el mejor de los casos y responden con esa ingratitud que me hace hervir la sangre de rabia.

Es la incomprensión femenina. Está en su naturaleza. Seremos siempre –nosotros las víctimas-, unos incomprendidos.

En la frontera con Libia

Allí encontré las tiendas de mis amigos. La familia había crecido y otros beduinos decidieron acoplarse en su búsqueda de volver a las tradiciones nómadas, luego de haber intentado un sedentarismo que no les correspondía, pese a los intentos del gobierno tunecino en este sentido.

¿Quién estaría lo suficientemente loco para dejar la paz y la libertad del desierto a cambio de una vida entre cuatro muros sin otro horizonte que la pantalla de la televisión?

Porque si se trata de estar informados, pueden creérmelo, los nómadas saben tanto o más que nosotros lo que pasa en la región, el país y más allá de las fronteras, con el famoso “teléfono árabe”, que en la realidad no desvirtúa en ningún caso el mensaje cuando pasa de boca a oreja, de campamento en campamento. Incluso, estoy convencido que mis amigos sabían de mi llegada antes de que pusiéramos el pie en el jeep de Ridha.

Llegamos al atardecer, dando la espalda al ocaso, sin poder afirmar si aún estábamos en territorio tunecino o de la Libia vecina. Aporreados, polvorientos, escuchando los lamentos de La Huasa: “¡Esta es la última, pero la última vez que te sigo, Desgraciado!” o bien, “¡Me llevas de vuelta inmediatamente, al menos donde pueda lavarme...!”

Ridha Tlihi movía la cabeza y me hacía gestos con la mano, pasándose el dedo por el cuello indicando que era tiempo de degollarla. Francamente, estuvimos tentados, para qué negarlo. Pero recapitulando me convenzo que no es ni fue nunca la solución. Después de treinta y tantos años soportándola, sé que lo mejor es darle trabajo hasta que se vaya a la cama agotada, rendida, incapaz de decir “esta boca es mía”. ¡Infalible!

Ahí estaban, a la orilla del oasis sin nombre y, si lo tiene, no lo retuve. Para qué mentir. Cuando escucharon el ruido del motor, los hombres salieron de sus tiendas, convencidos que nuevamente serían esos europeos en busca de sensaciones fuertes y que después tendrían que socorrer al perderse en el desierto, a pesar de sus GPS y otros aparatos inútiles, cuando la máquina se niega a seguir abriéndose una ruta entre las dunas.

Después de veinte años, los abrazos y besos de acuerdo a la tradición beduina, son más efusivos que de costumbre. Las mujeres se llevaron al interior de la gran tienda a La Huasa, que rogaba por un poco de té a la menta, un pañito húmedo (“No es necesaria tanta agua...”, pidió con modestia) y, según me contaría más tarde, le preguntaban qué tal era su vida a mi lado, al lado del “Hombre que camina totalmente solo por el desierto”. Entonces comprendió que su marido era ya una leyenda, incluso en el Sahara.

Modestamente.

La fiesta duró hasta que rendido me quedé dormido. Rahal –el padre de mi amigo Idir Yidir-, hizo sacrificar dos de sus mejores corderos para un mechuí, otorgándome como siempre la mejor parte. Mis regalos pasaban de mano en mano, la miel de acacia para la madre de Idir Yidir, las telas para Hmija y también para su mamá, un fusil para Rahal y para mi querido hermano del desierto, una profusión de colores, pinceles y, de paso, un par de botellitas para que se las beba para callado, escondido por ahí.

Idir Yidir estuvo quince años en los States, pintando. Se casó con una gringa color chocolate que le dio seis críos e inmediatamente hizo buenas migas con La Huasa, pidiendo que yo interviniera para que le dijera a su marido que ya quería parar la fábrica de chiquillos, que ya estaba bueno con seis, más el otro no quería escuchar nada y dale que dale al asunto. “Sólo se le escapan los camellos...”, confió a La Huasa.

¡Dura la vida de artista!

Por espacio de tres días tuve que contar con pelos y señales lo que había hecho esos veinte años de “ausencia del País.” Rahal sonreía, moviendo la cabeza incrédulo cuando yo exageraba un poquito, sólo un poquito nada más. (Ustedes saben que si bien es cierto tengo algo de imaginación, no es para tanto).

Dieciséis camellos y un poco más

A medida que pasaban los días, La Huasa comenzó a sentirse más a gusto. Las mujeres la adoraron inmediatamente y aún no puedo saber qué diablos copucheó con ellas. El hecho de que fuese “toubib” hizo su efecto y como por arte de magia aparecieron pacientes venidos anda a saber de dónde.

Uno de ellos, El-Houssine Bekouassa, estaba maravillado con ella. Se enamoró a primera vista, como se dice. Sesentón o setentón, no podría decirlo. La piel curtida por el sol, los dientes manchados por tanto fumar la “chicha”, fuerte en su cuerpo sin grasa alguna, vestido con su tradicional turbante color índigo y el resto de blanco, propietario de decenas de dromedarios e innumerables cabras y ovejas, catorce críos y sospecho que unas cuantas mujeres.

Esta es la conversación fidedigna que tuvimos:

Él: - ¡Pero qué blanca es!

Yo: - Criada con pura leche, bañada desde su infancia en leche, alejada del sol para que conserve su blancura sin igual...

Él: - ¡Pero qué blanca es!

Yo: - Aún más donde no se ve.

Él: - ¡Pero qué blanca es!

Yo: - ¡Ya lo dijiste, Huevón!

Él: - ¡Siempre soñé tener una mujer tan, pero tan blanca...!

Entonces llamé a La Huasa que vino a regañadientes, sospechando que algo andaba tramando.

Ella: - ¿Qué quieres, Infeliz?

Le subí la manga de su delantal blanco y le mostré a Bekouassa la piel blanquísima de La Huasa.

Él: - ¡Pero qué blanca es!

Sus ojos salían de las órbitas. Noté que el beduino estaba decidido a un trueque justo.

Él: - ¿Tú quieres dármela?

Yo: - Tendría que pensarlo...

Él: - Te doy dieciséis camellos, veinte corderos y treinta cabras.

Yo: - ¿Y quién me va a atender el rebaño y a mí?

Él: - Más dos de mis hijas. Basta que escojas... Sólo dos, porque tu mujer ya no es tan joven.

Yo: - Si, mas ella sabe de la ciencia médica y te cuidará hasta tus camellos...

Él: ¡Bueno! Tres mujeres, ninguna más.

Casi-casi le cierro la mano para sellar el acuerdo.

Rahal, que escuchaba la conversación, se torcía de la risa, dándonos la espalda. Idir Yidir tuvo que salir para no mearse allí mismo. El-Houssine se dio cuenta que todo era una broma, se paró indignado, pegó un grito y toda su prole, mujeres y miembros de su tribu partieron.

Esa noche, La Huasa fue informada acerca de la negociación. Hasta hace diez minutos todavía me echa cuanta chuchada se le pasa por la cabeza y, sin lugar a dudas, informó a nuestros tres críos: “¡Si desaparezco, ya saben dónde tienen que ir a buscarme!”

Al menos ella ya sabe que cuesta tres chiquillas, dieciséis camellos, veinte corderos y treinta cabras en el Sahara.

Aunque me den el doble, cien veces más, mil veces, no la cambiaría por nada en el mundo. Es mi Huasa, la mía y me cuida como a huesito de santo.

No obstante... a veces... para qué negarlo... la idea no me desagrada. Sería un buen capital para iniciar mi vida allí, donde puedo caminar solo y escuchar el silencio, tendido sobre la arena con mis nuevas mujeres y enseñarles el nombre de cada una de las estrellas, entre beso y beso, como lo hice entonces, siendo chiquillo, cuando creí que la vida no tenía fin y que bastaba amar para alcanzar la eternidad.

La que hoy se me escapa, en este cielo sin estrellas de la ciudad.

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