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10 de abril de 2006
Dunas en el Sahara

Espejismo en el Sahara (I)

Por Mo-Wi (a) “El Chino”

Hay instantes en los cuales hay que dejar todo tirado, olvidarse que hubo un ayer o un mañana –aún menos un presente- y partir, irse, olvidarse de si mismo en lo posible, alejarse de la rutina de los días que no dejan huellas, convertir el viaje en un objetivo en sí, buscando quizás recuperar una juventud que dejó de ser un hecho para transformarse – ¡Malaya!-, en una vejez precoz con sus achaques y dolencias de todo tipo.

Partir...

...Es no morir.

De ahí que decidí cumplir mi promesa hecha hace veinte años, a mi amigo Idir Yidir El Kebir, de regresar a Túnez cuando su país cumpliera cincuenta años de la independencia del colonialismo francés. Y más precisamente, en algún lugar del Sahara, donde instala su campamento de nómada.

A Idir Yidir lo conocí cuando estudiábamos Bellas Artes en Bucarest. Hijo de beduino, cara de beduino, modo de vivir beduino. Por eso su modesta pieza de la capital Rumana, contenía su único tesoro: un tapiz confeccionado por su madre, sobre el cual dormía y oraba mirando hacia la Meca, cinco veces al día. En los muros, había reproducido el paisaje de un oasis y sus respectivos dromedarios, utilizando en lugar de pigmentos la arena de sus dunas traídas en cada viaje de regreso a su país.

Un verano lo acompañé y me quedé dos meses en el Sahara, trasladándonos de un sitio a otro, de un oasis a otro oasis, buscando la buena hierba para los dromedarios y el rebaño de corderos, que con buena fortuna encuentran romero y tomillo salvaje, que le otorgan a su carne un sabor excepcional. Su familia me acogió como a un nuevo miembro, como el hijo pródigo que se perdió en un Continente que no era el suyo y que volvía a la casa, allá, donde el silencio se escucha y el hombre se descubre a sí mismo, para bien o para mal.

Ya en Chile era un amigo del desierto, el nuestro, que recorrí de punta a rabo, sin dejar recoveco sin conocer, habitando pueblos fantasmas de las salitreras, descubriendo en poblados indígenas el gusto de un estofado de llama con orégano plantado en terrazas, la alegría de una conversación acerca de nuestros mitos y leyendas, salir a cazar vizcachas y adobarlas como corresponde para devorarlas con placer inaudito, contar las estrellas una a una sin que falte ninguna hasta que el sueño invadía, el frescor de la noche que entumía los huesos y la camanchaca que te despertaba con ese rocío existencial que hace florecer las esperanzas de un nuevo día.

“Elrajolo Eldhi Yamuchi Wahdaho Fi Essahara”

“El Hombre que camina totalmente solo en el Desierto”, es el largo nombre que me dio Rahal, padre de Idir Yidir, impresionado porque un día partí con el dromedario que me había regalado solo al desierto. Sin brújula, sin conocer los riesgos de quien no ha nacido ahí, al medio de dunas sin fin, de ese mar de arena con sus olas que el viento otorga formas increíbles, incluso las dulces curvas de un cuerpo de mujer que te llama, te exige a sabiendas que amándola, te perderás para siempre.

Hoy, cuando lo pienso, es bien probable que es lo que ansiaba: perderme para siempre, en un lugar sin nombre, al medio de ninguna parte, envuelto por el silencio que se escucha, sin soñar ni pensar, dejarse ir, abandonarse, convencido de que era el lugar justo y preciso para morir con el alma tranquila, sin memoria, sin recuerdos alegres o tristes, sin imágenes que porfiadamente volvían día a día del pasado, como verme al lado de los míos en la mesa familiar mirándonos con ternura, los míos que un día partirían al Cosmos sin verlos o llorarlos en el instante de los adioses, los míos, los míos...

La primera noche levanté mi campamento y dejé libre al “Guanaco con Mochila”, como apodé mi camello con una sola joroba. Hice mi fogata y preparé mi té a la menta, bien azucarado. Comí lo que Hmija – la “Ola”-, hermana de mi amigo, me había preparado, acompañado de ese delicioso pan de sémola del desierto. Para no perder la costumbre, comencé a contar las estrellas de un hemisferio que nunca será el mío: faltaba la “Cruz del Sur”, “Las Tres Marías” y todas las otras, a las que chiquillo les di el nombre de cada una de mis amores, esas ingratas que me hicieron tanto sufrir y que hice tanto feliz.

“El Guanaco con Mochila” presintió una tormenta de arena y se acercó a mi tienda. Afirmé las cuerdas de pelos de cabra y me encerré esperando la tragedia. Hasta que llegó y duró dos días enteros. Hay que vivir una tormenta de arena para conocer el miedo, que no sea el que provocan los canallas en uniforme. El miedo a la Naturaleza que puede ser feroz cuando se lo propone. Dos días esperando esa muerte que ansiaba pero no de esa manera, la muerte del poeta que fija el diáfano cielo por última vez, ese cielo sin nubes en el cual verás –porque así tiene que ser- los rostros de los seres amados, que te esperan y te dicen con esa voz del viento: “No temas, verás, nos abrazaremos nuevamente.”

Salí a ver el sol, el paisaje que ya no era el mismo. Esa duna que estaba allí, solamente ayer, estaba más lejos y otra nueva la había reemplazado. Recuerdo que lloré con lágrimas que seguramente dejaron un surco en mi rostro. Vi a una centena de metros mi dromedario como si “¡aquí no ha pasado nada!” y lo fui a buscar para darle a beber. Bebimos juntos y creo que hasta nos reímos en un momento dado.

Entonces ocurrió lo inimaginable.

¿Fue un espejismo?

Nada más hermoso que el silencio luego de la tormenta. Nada más hermoso que escuchar los latidos de tu corazón que ha descubierto la compañía de la Soledad. La Belleza adopta formas que te conmueven profundamente, incluso allí, donde nunca habrá otro camino que el de las estrellas que te guían hacia las esperanzas nuevas.

Ignoro cuantas horas quedé inmóvil mirando más allá de la memoria, más lejos que el desierto, sin pensar en otra cosa que el tiempo se había detenido, que yo podía disponer si el sol continuaría su ruta al ocaso o bien, permanecería fijo al mediodía, donde no hay sombras de laya alguna.

Entonces la vi venir, a Ella, caminando -¡No!- flotando sobre la arena, con su movimiento de caderas que me volvía loco de celos cuando otros la admiraban en nuestro Chile de fulanos sin respeto, vestida de niña que nunca envejecerá (incluso hoy, cuando está más bella que jamás lo estuvo), con su mirada complaciente para perdonar mis errores y pecados que no son pocos, la sonrisa ancha –como dijo el cantor-, vestida con el viento cálido del desierto, con su chiquillo en los brazos, caminando -¡No!- flotando, musitando palabras de ternura sin abrir sus labios, bastaba su mirada que lo decía todo, para escucharla en ese silencio, el extraordinario silencio del desierto, el silencio que se escucha y que apaga los latidos de tu corazón que sufre de nostalgias, de rostros que ves en cada nube que pasa o bien, en el cielo diáfano donde los imaginas, esos rostros que un día veré en el Cosmos de las Esperanzas, luego, muy luego, luego, ¡muy luego!.

Volví al oasis donde se encontraban mis amigos. Las mujeres gritaban con el tradicional saludo de los beduinos, moviendo rápidamente la lengua en la boca a medida que gritan. Todos pensaban que me había perdido en el desierto y ya tenían todo listo para ir a buscarme.

Lo que ellos no sabían, no podían entender, es que el Hombre siempre encuentra su camino cuando los sueños vuelven, cuando tu amada te espera con su chiquillo en los brazos.

Entonces, la Muerte puede esperar ahí, en el desierto, donde se escucha el silencio.

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