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Joan Barril, España
Doña Esperanza Longeva acababa de soplar las velas de sus 90 años. Sus hijos, sus nietos y sus biznietos no se habían limitado a ponerle dos velas de estas que son cifras. ¿90 años? Pues 90 velas. "A ciertas edades, un pastel de cumpleaños ya no es un pastel: es un incendio". Risas, aplausos, regalos. Doña Esperanza pide silencio. "Mañana iremos al notario y quiero que cumpláis mi última voluntad". Y el resto de la familia diciendo que nada, que está en plena forma, que todavía dará mucha guerra. Pero la decana de la mesa insiste: "Mi última voluntad es que, el día que me muera no quiero que lo sepa nadie. No quiero esquelas ni velatorios ni ceremonias. De casa al coche de la funeraria y con el coche al cementerio. Como quien lleva un paquete. No quiero ver a nadie. Estoy harta de entierros".
Hablaba en serio y como todas las cosas serias a la mañana siguiente les recibió el notario. Y la vida de doña Esperanza siguió como siempre, entre tazas de chocolate y cuentos magistralmente explicados, mimando a sus bisnietos y a todos los amigos de los bisnietos, acompañándoles al cine y a merendar. Doña Esperanza era un lujo como abuela, como bisabuela, como vecina y como amiga.
Lo de la amistad, sin embargo, se le estaba poniendo cada vez más difícil. Cuando decía que estaba harta de entierros era por la frecuencia con la que había ido despidiendo a sus amigas y amigos acumulados y trabajados durante tantos años. Solía ir al cementerio unas horas antes para dejar que la soledad se instalara en el centro exacto de su vida. Y allí, antes de que llegaran las multitudes con sus chistes y sus saludos de compromiso, llenarse de los recuerdos compartidos con aquella amiga o aquel amigo. Recordar era una manera de frenar el acceso brusco hacia la muerte. Esperanza tampoco deseaba una ceremonia con mucha gente a la que en vida ni siquiera habría reconocido.
Sabía que en esos fastos póstumos existe una extraña competencia para intentar convencer a la sociedad de que la importancia del muerto se mide por los asistentes a su entierro. La vida de Esperanza había estado demasiado marcada por la calidad y no estaba dispuesta a ser considerada el centro postrero de la cantidad de supuestos dolientes.
Pasó el tiempo. Y con una vitalidad envidiable Esperanza Longeva volvió a soplar en esta ocasión las 91 velitas de un pastel cada vez mayor, porque la familia crecía y nuevos biznietos desde sus pequeñas cunas se añadían a la fiesta de la abuela. Y después de las velas, la misma advertencia: "No aviséis a nadie cuando muera. De casa al coche y del coche al cementerio". Y sus hijos, que ya hacía años que empezaban a peinar canas diciéndole que sí, que no se preocupara, que la última voluntad ante notario se cumpliría. Doña Esperanza se sentaba en su balancín, dispuesta a bordar pañuelos para todos los niños que correteaban a su alrededor. La Gran Cangura era para nietos y biznietos un parque de atracciones sin sustos y con muchas emociones destinadas a ser evocadas muchos años después.
Pero llegó el día. Fue de madrugada. Entró la muerte y se llevó sus ojos. Y se dijeron los tópicos que intentan dulcificar el dolor: "Fíjate: parece que duerma". "Mejor así. No ha sufrido nada". Vestida y peinada para el último viaje los hijos recordaron la última voluntad notarial y decidieron cumplirla. No avisarían a nadie. La funeraria trajo un elegante ataúd y la casa de la abuela Esperanza aquella tarde estuvo más silenciosa que de costumbre. Se les dijo a los nietos y biznietos y a los amigos de todos ellos que aquella tarde Doña Esperanza no se encontraba bien y en vez de cuentos contados tuvieron que quedarse con los dibujos animados en una casa desanimada.
Pero nada escapa a la intuición de un niño. No salió ni una esquela en los periódicos. Se desconectaron los teléfonos móviles para poder ocultar la noticia. A primera hora de la mañana de un sábado metieron el féretro en un coche negro y los hijos de doña Esperanza, compungidos pero resignados, dejaron a los nietos y biznietos dormidos convencidos de que el entierro iba a ser una cuestión rápida sin ceremonia ni música ni flores, tal como quedaba estipulado en el documento final de la finada.
Y mientras el pequeño grupo daba tierra a la Esperanza aparecieron junto a la tumba niños y más niños. Salían de todas partes. Algunos llegaban por el bosque, otros en bicicleta. Nietos y biznietos, amigos y amigas de merienda y chocolate, de cuentos y de juegos, de pañuelos bordados de largas sesiones de peinado y de olor a lavanda, de fotografías antiguas y de historias en blanco y negro que ella pintaba de colores.
Sin duda fue un entierro de cantidad. Pero sobre todo de altísima calidad. La última voluntad se había cumplido.
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