Por Mo-Wi (a) “El Chino”
Yo no sé de qué se quejan tanto los africanos con la supuesta agresividad de sus elefantes. Los expertos dicen que se están vengando por las masacres organizadas de los blancos en busca de emociones y de negros que necesitan los marfiles para negociarlos bajo cuerda. Sea el motivo que sea, los elefantes –es sabido- tienen una memoria de paquidermo y hoy, con justa razón, se desquitan como pueden.
Los míos, en cambio, luego de treinta años de convivencia, están más que bien domados.
Incluso (con buenas maneras, por cierto), les he ensañado hasta a volar.
No niego que de vez en cuando están un poco agresivos, especialmente cuando los obligo a irse de la pieza porque se han puesto a saltar sobre la cama. Sobre todo “Tequila”, que es juguetona como ella sola en su traje rosado con lunares violetas. Además -como toda hembra que se respete-, se pone celosa cuando me voy de fiesta con mis dos compinches preferidos: el “Ron” y “El Jack Daniel’s”, que no aflojan en la parranda y me traen a la casa en el estado que me encuentre.
¡Fieles amigos!
Sin ir más lejos, la semana pasada nada más, me convencieron de ir a dar una vueltecita por el lado de Frankfurt, a fin de rendirle visita a un viejo amigo que hacía tiempo no veía, porque ahora que los años pesan, no es fácil desplazarse así como así, sin otro motivo que salir por salir. “El Mirada Triste” nos esperaba en su nuevo domicilio, una hermosa jaula dorada del zoológico de esa ciudad alemana. “El Mirada Triste” es un gorila. Cuando nos vio comenzó a golpearse el pecho de puro contento, convencido que lo sacaríamos de allí para irnos a beber unas cuantas cervezas. Cosa que hicimos a regañadientes, porque con un poco de trago se pone pesado, le da por arrastrar el poncho a sabiendas que más temprano que tarde terminarán por sacarle la cresta. Y a nosotros también.
No hubo excepción a la regla.
Por más que le advertimos que si se ponía violento, lo mandaríamos retobado al zoo. El asunto es que le dio con que un alemanote con manos tan enormes como las suyas, me miraba feo. “¡Ideas tuyas!”- le repetíamos infatigablemente. “¡Es un fulano que toma su aguardiente tranquilo y ni siquiera nos mira...!”-insistíamos.
No hubo caso: hasta que salió la pelea no se quedó tranquilo. Y como siempre yo tuve que dar la cara, el pecho, la espalda, las piernas y los brazos para sacarlo de la pelea. Por poco no me mata ese desgraciado. Por suerte llegaron los pacos y nos salvaron. Lo único malo fue cuando me obligaron a dejar mis elefantes fuera del comisariato. Por más que les advertí que si no los encadenaban se iban a volar y yo me quedaría sin medio de locomoción para regresar a mi casa. Junto a ello, son los únicos que me defienden contra los ratones, que por muy desarrollados que se creen estos países, igualmente sufren de terribles plagas de estos malditos bichos. Asimismo, pareciera que yo los atraigo como si fuese un queso listo para ser devorado. Basta que mis elefantes me dejen solo para que me ataquen sin misericordia...
Ni siquiera pasé a ver al “Mirada Triste” cuando me dejaron salir. ¡Todavía estoy enojado con ese bandido! ¡Si al menos hubiese participado en la rosca que armó, habría merecido el perdón!
Mas se corrió por la tangente, haciéndose el leso, que “Yo no conozco a este señor”, “Nos encontramos solamente en la puerta y me amenazó con sus dos elefantes si yo no me tomaba unas cervezas con ellos...” y así más lejos, justificándose el Canalla frente a la autoridad que, por mimetismo, se visten de verde como los otros, en Chile.
Al “Ron” me lo traje de Kenya, en un viaje loco que hice buscando el sol e invitado a un “safari” fotográfico por una amiga italiana, la Angelina, que en la época se las daba de fotógrafo de moda en una famosa revista femenina de la Bota. Todavía guardo algunos “clichés” que me sacó con el “Ron” en los brazos, cuando aún era un bebé. Ella me lo ofreció luego de una noche terrible cuando los negros me querían hacer “Mondongo” por culpa de un primo hermano del “Mirada Triste”, que salió tan rosquero como su pariente y todo porque sin querer, le pasé a llevar el trasero a una negrita que bailaba como endiablada frente a mí y casi en pelotas. ¡No soy de fierro que yo sepa!
El problema era cómo hacer pasar al “Ron” por la aduana y los respectivos servicios sanitarios, tanto al salir del África como al ingreso en Italia. Por suerte se me iluminó la ampolleta y logré introducirlo en una botella de ron que siempre llevo conmigo, por si las moscas no encuentro en el país que visito. Entró justito y así logramos introducirlo clandestinamente en Europa.
Sacarlo de la botella no costó nada: en un dos por tres, el asunto quedó arreglado.
En cuanto al “Jacky”, llegó haciéndose el tonto a la casa, con su acento de gringo de porquería. Se incrustó sin que nos diésemos cuenta y hoy, el Perla, tiene hasta su rincón preferido, de donde me conversa, echado en el que fuese mi sillón predilecto...”Tú sabes, Mo-Wi –me dijo antes de ayer- me estarías regalando una hamaca para ponerla en mi rincón...Luego llegará el verano y me hará falta mi siestecita...”
¡No faltaba más! ¡Hamaca quiere el huevoncito...!
Le daré en el gusto, porque así se debe ser con los amigos: generoso.
Total, me acompañan, son fieles, cuando los necesito están ahí, si quiero salir a dar una vuelta volando, la “Tequila” no se hace de rogar; si estoy triste, el “Ron” me canta una “salsa” bien alegre y para qué decir el “Jack Daniel’s”, que durante treinta años ha sido un fiel amigo, nunca me ha llevado la contra en nada, me escucha atento cuando quiero contarle mis aventuras o mis penas.
Por eso, aunque todo el mundo se queja porque los llevo a todas partes conmigo, nunca los abandonaré. No negaré que por momentos también se ponen violentos, sobre todo cuando con un poco de trago me da por pintarlos de rojo, verde o amarillo para no confundirlos con los otros elefantes que andan sin dueño ni ley en el pueblo, destrozando por el solo placer de hacer daño, sin que siquiera sirvan para espantar los ratones que de día en día –¡maldita cosa!- invaden todo.
Los africanos no tenían por qué asesinar a los familiares de sus elefantes. Por eso se están vengando con justa razón.
Desgraciadamente, mi casa no es muy grande. Un par de piezas más y bien hubiese dado refugio a los elefantes del África. Yo sé que conmigo no tienen problema ni rencor alguno. Por el contrario:”Tequila,” “Ron” y el “Jack Daniel’s” saben que soy un tipo correcto, salvo cuando me da por ir a buscar al “Mirada Triste” que aunque es un rosquero de porquería, no es malo.
Lo único que exijo, sin ser excesivo, es que me alejen esos guarenes de mierda y a la Delirio Tremenda que los cría.
Es lo menos que pueden hacer mis elefantes por mí a cambio de mi enorme sed de ternura.
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