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11 de marzo de 2006
Miguel Tapia G., Periodista

Soy republicano

Miguel Tapia G., Periodista

Todavía me mueve a risa cuando escucho a los periodistas de Radio Agricultura referirse al ex dictador como “el ex Presidente de la República” o “el Presidente Pinochet”. Es que aunque se haya proclamado como tal, técnicamente nunca lo fue porque para que haya un “Presidente de la República” tiene que haber República y no lo era la nación que condujo con la fuerza de las armas y mediante la persecución, la tortura, el encarcelamiento, el crimen y el terrorismo de Estado.

El diccionario Bookshelf en Español –incorporado al disco duro de mi computadora- define el sustantivo República como la “forma de gobierno representativo en que la soberanía reside en una asamblea del pueblo o en un senado; el poder ejecutivo, no hereditario, reside en un presidente”. Clarito, ¿no?

Pinochet fue un dictador, un jefe de Estado, un cruel gobernante... pero también un aprovechador y deshonesto alto funcionario. Jamás Presidente de la República, aunque haya firmado decenas de miles de documento con ese mote.

Tal vez por eso lo dejaron fuera de la colección de postales con la imagen de los distintos Presidentes de la República de las últimas décadas en Chile, editado por el Centro Cultural La Moneda... aunque sus autoridades se deshicieron en excusas y finalmente sacaron la saga de circulación.

Más republicano...

Ahora los chilenos asistimos a esa fiesta de la democracia que es la entronización de un nuevo Presidente de la República; esta vez -¡enhorabuena!- la primera Presidenta de nuestra nación, elegida libre e informadamente por los ciudadanos de la República; es decir, por los republicanos.

Por cierto, hoy me siento más republicano que antes. He votado para elegir Presidentes de la República desde 1970, aunque ya trabajé en la campaña electoral de 1964... Cada vez que he sufragado, lo hice por quien resultó elegido; es decir, Allende, Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet. Pero después de haber sobrevivido a una dictadura feroz y reemprender el camino democrático con tantas limitaciones desde 1988, cuando trabajamos y triunfamos en el Plebiscito, esta vez la emoción fue distinta. Quizá porque el Presidente Lagos se iba en medio de elogios y aplausos que resonaron fuerte en todos los rincones del territorio y en los cuatro costados del planeta. Tal vez porque asumía la primera mujer en la más alta magistratura de la Nación. Pudiera ser porque los que saben, sostienen que el país está en excelentes condiciones para emprender –ahora sí- el camino al desarrollo. Y hasta porque se percibe en el ambiente que hay especial confianza en la sensibilidad femenina de la nueva Jefa de Estado.

Autoridad sorprendente

...Pero también se puede deber a que la Presidenta Bachelet ha sorprendido a gran parte del país con sus demostraciones de un estilo muy personal y hasta insospechado de conducción.

Nunca antes había conocido tal nivel de presiones para obligar al nuevo Mandatario a nombrar a sus colaboradores más directos en un plazo mínimo. Esta vez, la Presidenta electa fue acosada para que apresure la designación de su Gabinete, para lo cual le hicieron llegar todo tipo de propuestas, sugerencias e insinuaciones. Pero si bien está claro que ella tuvo que apurarse más de lo previsto, no lo está menos que no aceptó presiones de ningún tipo y que las nutridas proposiciones no tuvieron efecto alguno en las decisiones finales.

Pero apenas los ministros estaban nombrados, vinieron las presiones para que la Mandataria defina las Subsecretarías, y cuando estas fueron anunciadas, se le exigió la nómina de intendentes, de gobernadores, de directores de servicios y directivos de empresas estatales.

La Presidenta mantuvo su ritmo inalterable, demostrándole al país un estilo y una forma de hacer las cosas que no puede llevar a equívocos. La que manda es ella y ejercerá su autoridad en todo momento, sin dudas, de manera reservada, escuchando a todos los sectores... pero resolviendo sola, en conciencia.

Ha costado... y mucho

Me asombra y perturba saber que los acontecimientos de mi país sean considerados como un fabuloso fenómeno social a nivel internacional. Creo fervientemente que una vez vencida la dictadura y ahora que ha quedado al desnudo la inmensa corrupción manejada desde el propio Jefe de Estado, su familia y altos oficiales del Ejército bajo su mando, nuestra sociedad va reiniciando el camino que nunca debió abandonar; es decir, ha ido restableciendo su profunda tradición republicana. A pesar de quienes siguen despotricando contra la política –justamente porque no la conocen ni la ejercen- y de los nostálgicos del autoritarismo extremo, la perversidad institucionalizada y la sangre derramada en todos los rincones de la Patria.

Ha costado, qué duda cabe. Fueron 17 años de borrar a sangre y fuego todas las conquistas sociales que había alcanzado el pueblo chileno. Diecisiete años de denostar a la democracia y a los políticos... casi dos décadas de convencer a los chilenos que no debían participar en la estructura social de su comunidad; que los trabajadores no debían hacer otra cosa que trabajar y que los estudiantes no debían pensar, sino aprender.... Y que nadie tenía que ocuparse de los problemas comunes, porque para eso estaban los “iluminados”, apropiándose de todo cuanto se pudiera a su alcance...

Pero la recuperación comenzó. Costará muchas décadas alcanzar parte de la protección social que existía en 1973, cuando no vivíamos dominados por el miedo a enfermarnos, perder el empleo o jubilar pobres, viejos e inútiles.

Resonancia internacional

Creo que la evolución que hemos registrado como sociedad en los últimos 16 años ha sido razonable, tal vez demasiado tímida y lenta... pero no se ha detenido.

Por lo mismo me asombra la resonancia internacional que alcanzan nuestros acontecimientos internos.

Claro que también entiendo los ojos con que nos observan desde otras latitudes. En Europa, mucha gente me comentaba –en Suiza, Alemania, España y Francia- que el golpe militar de Pinochet provocó tanta solidaridad porque en 1970 las mayorías ciudadanas habían brincado de alegría al saber que en un pequeño país del rincón más austral del mundo, un socialista y marxista había llegado a la Presidencia por la vía democrática y republicana, elegido con los votos de la mayoría ciudadana.

Por esos tiempos, los teóricos del marxismo concebían la toma del poder sólo por la vía armada, pues no imaginaban que las clases privilegiadas locales y el poderío de las transnacionales y particularmente del gobierno de los Estados Unidos fueran a permitir que un socialista sea elegido democráticamente en el Gobierno.

Y en Chile nadie pudo impedir que Allende ascendiera a la Presidencia; ni siquiera los asesinos del General Schneider ni los fanáticos de Patria y Libertad.

No tuvieron que pasar muchos años para que el mundo se diera cuenta que si bien no pudieron impedir que un socialista asumiera la Presidencia, la derecha política y económica local se aliaría con el poderío financiero manejado desde Estados Unidos para crear un caos social que allanara el camino al derrocamiento del Presidente y la sangrienta represión consustancial a la dictadura.

También a la más descarada corrupción desde el corazón mismo del poder, que incluyó la apropiación de bienes y dineros ajenos o del Estado, el tráfico de armas y drogas, el robo más descarado de inmuebles y beneficios de las víctimas asesinadas o enviadas al exilio (conocí muchísimos casos de jubilaciones, desahucios e indemnizaciones de personas asesinadas o exiliadas, cobradas por cercanos a las autoridades militares).

Hoy, más allá del dolor por tanta sangre derramada y de la angustia por el enorme retroceso social que la dictadura representó para la patria, al pensar en los tiempos de dictadura no siento más que repugnancia. Una incontenible repulsa frente a tan nauseabunda inmundicia.

Sobre todo, República

Con perspectiva de país, he sido reiteradamente crítico de los gobiernos de la Concertación. No puedo manifestarme plenamente satisfecho, aunque me sustraiga de la visión individual: personalmente, me ha ido mal durante el período de recuperación democrática.

Sin embargo, no puedo sino enorgullecerme de que como nación hayamos recuperado ese republicanismo que yace en la conciencia y el espíritu de cada ciudadano.

Verdaderamente, temí que tardaríamos mucho más en restablecer el sentido republicano en el alma de los chilenos. Y no era una aprensión peregrina. Comprobé, sufrí y viví la máxima de que ninguna dictadura es posible solamente con un dictador. Bajo él hay muchos dictadorzuelos y dictadorcillos que hacen posible el abuso de poder. Son los soplones, los favorecidos de alguna manera por el sistema, los arribistas, aprovechadores y oportunistas... Aquellos que Unamuno definió como “hombres ordinarios con poderes extraordinarios”.

Y tuvimos no sólo un sanguinario Pinochet dominando la vida nacional, sino muchos pinochetzuelos y pinochetcillos en cada escuela, barrio, centro laboral, ciudad, servicio público, plaza, microbús, cine, estadio, calle, población, región... en todos los rincones florecieron los dictadorzuelos y dictadorcillos como la hierba más venenosa, la especie humana de la peor calaña, una estirpe de detestable ralea...

Fui un convencido que desmontar el entramado de tantos y tantos tiranuelos grandes, medianos, pequeños y mínimos que surgieron en nuestro entorno sería una fatigosa tarea que tardaría varias décadas.

Afortunadamente estaba equivocado. La fuerza de los verdaderos demócratas pudo más, mucho más que la cobardía de tales tiranillos que hicieron del soplonaje y el mariconeo una forma de vida, el método infalible para surgir refugiados detrás de las armas y la paranoia del poder absoluto.

Ganó el republicanismo. Y yo soy un republicano. Tal vez hoy más que hace treinta años...

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