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11 de marzo de 2006
Manuel Guerrero C.Manuel Guerrero Ceballos.

Manuel Guerrero habla; los chacales actúan

Por Manuel Guerrero Ceballos, 1976
De: manuelguerrero.blogspot.com
Gentileza: Manuel Guerrero Antequera/ Política Cono Sur

El mensaje viene firmado por Manuel Guerrero Antequera, hijo de Manuel Guerrero Ceballos, una de las más emblemáticas víctimas de la dictadura. Y contiene parte del testimonio escrito por Guerrero Ceballos en 1976, cuando nadie imaginaba que podría ser asesinado por degollamiento junto a otros tres profesionales.

El siguiente es el mensaje que nos hizo llegar Manuel Guerrero hijo a través del servicio de difusión política Cono Sur:

La voz del hijo

“Nuevamente golpeo a tu puerta y agradezco el que te abras a estos escritos a pocas semanas de cumplirse 21 años del asesinato de papá, Manuel Guerrero Ceballos, junto a Santiago Nattino, José Manuel Parada y los hermanos Vergara.

“El siguiente relato lo escribió estando preso en el Campo de Concentración de Tres Álamos, en Santiago de Chile, en 1976. Pero podría haber sido en cualquier otro rincón donde la inhumanidad se vale del horror para aplastar las transformaciones sociales de ayer y de hoy.

“La lucha contra la tortura tiene lamentablemente plena vigencia, desde el Chile de Pinochet al Irak actual invadido.

“Un abrazo, Manuel Guerrero Antequera”

Los chacales actúan

Herido, con la vista vendada, las manos esposadas a la espalda y la angustia dentro, me ordenaron bajar.

Después del camino de tierra, el vehículo ingresó a un lugar campestre, traspasando un gran portón de fierro, arrastrándome retrocedí. El roce del cuerpo por el piso ahondó el dolor. Dificultosamente me paré. Giraba todo alrededor. Sentí que estaba en medio de un remolino que me volteaba. Las piernas eran de plomo. Parado en ese lugar, a oscuras y maniatado, la soledad comenzó a hacerse patente.

- Camina, huevón.

Avancé a ciegas y caí desvanecido. Recobré los sentidos. Me pararon y empujaron. Di algunos pasos, me sostenían por los brazos.

- Entra.

Caminé y la cabeza se estrelló contra un muro. El dolor fue intenso.

- Tenís que agacharte, tonto huevón.

Lo hice. Había olor a limpio. Captaba espacios amplios. Seguimos avanzando.

Trastabillaba, tropezaba, caía.

Cada golpe provocaba la hilaridad de los verdugos.

- Baja.

Calculé una escala y el paso para un escalón. Estrepitosamente caí. El cemento de la escala golpeó mi cuerpo. Por fortuna era corta.

Entramos en una sala como gimnasio. Las voces retumbaban. Existía agitación, movimiento, varios hombres y mujeres hablaban.

Una radio sintonizada en frecuencia modulada tocaba fuerte. Era música de supermercados, como llamaba a esas melodías un amigo. Entre disco y disco, daba mensajes de la Junta invitando a incorporarse a la reconstrucción nacional.

Me sentí torpe y voluminoso.

Esperaba. Nadie decía nada. Parecía que se habían olvidado de mí, que no tenían interés en hablarme.

Pasaron los minutos; la debilidad aumentaba. La boca la sentía enorme y áspera.

Quería dejarme caer. No lo hice. Fueron momentos de duda, pensaba: si hago tal cosa puede resultar esto o aquello. La expectativa era dramática.

Como en diferentes ocasiones anhelé abrir los ojos y encontrarme en otro lugar.

Aguardé el golpe que podía venir de cualquier lugar.

- Sáquenle la ropa.

Abrieron las esposas, me sobé las muñecas. Me empezaron a sacar la ropa. Seguí con la vista vendada.

Fui empujado hasta el borde de una tarima, camastro liso o mesa.

- Súbete.

Con trabajo lo hice. Quedé tendido de espalda. Desnudo, con los ojos vendados, acostado sobre una cubierta fría y dura –como de latón o baldosas- terriblemente dolido, mi angustia se desbordó. A pesar de mi oposición, las lágrimas rodaban por las mejillas. El cuerpo brincaba, me estremecía.

“Ahí tienen lo que buscan...”

Recordé el bolsón escolar de mi hijo. Debían estar examinándolo, abriendo sus forros y tapas. En la orfandad renació la ira. Balbuceo las primeras palabras después de la agresión:

- Ahí tienen lo que buscan, los cuadernos de mi hijo les van a servir harto.

No respondieron. Quedé tirado. No decían nada.

A pesar de no desearlo y buscando controlarme, tiritaba con agitación.

Sentía más frío que nunca. Lo dientes rechinaban.

Sentí fluir sangre de la herida.

Hubo silencio y otra vez pareció que nadie se interesaba en interrogarme, que cumplían labores más importantes. Sentía que me observaban, pero no sabía si había alguien al lado mío o más lejos.

Un golpe de puño, seco, recibí en la herida.

- Cuenta ahora, concha de tu madre.

Grité de dolor.

Mordiendo las palabras contesté preguntando.

- ¿Qué quieren que les cuente?

- Todo pu's huevón.

- No tengo nada que contar-. Esperé otro golpe. Llegó y fue más violento. Del pelo a los pies me sobrecogió el dolor. La herida manaba más sangre.

- Vos creí que somos aprendices, hijo de puta... Si te buscamos fue por algo. Si querí tirarte a choro te vai cortado. Por lo demás ya estai harto cagao.

Otra vez me dejaron. Algunos se alejaron y a otros los supuse al lado. Reían, bebían café, hablaban de la OEA mofándose de las discusiones sobre los derechos humanos.

- Eso es puro hueveo, igual hacemos lo que queremos.

La desnudez me hacía sentirme desamparado, más estando con los ojos vendados y amarrado al mesón. A esta indefensión absoluta se unía la duda lacerante de ignorar qué venía a continuación, de dónde venía y a donde iría el castigo siguiente.

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