Por Mo-Wi (a) “El Chino”
Al leer la lista de ministros, secretarios, subsecretarios, secretarios de subsecretarios (léase: jefes de servicios) del nuevo Gobierno de Michelle Bachelet, es para marearse con tanto título universitario. El que menos, profesor “Honoris Causa”, sin menospreciar, por cierto, los doctorados de todo tipo, “masteres” en esto y de lo más allá, puestos internacionales en la Metrópoli americana (como quien diría: “Si quieres trabajar en una sucursal tienes que pasar primero por la Casa Matriz...”) y cada currículo individual demuestra que su posesor es el más descueve de todos, que nadie le hace el peso.
Debe ser así, de eso no nos quepa la menor duda.
Hasta tal punto, que luego de mirar nuestro modesto diploma de tornero –todo engrasado de tanto pasar de mano en mano-, nos crea un complejo tal que dan ganas volver a la secundaria, luego a la universidad y vuelta de nuevo a la universidad (por lo menos cuatro veces) hasta terminar profesor de la misma, como mínimo. Doctor, sería poca cosa, en ese caso.
Y como decía mi amigo Guy Remarck, desesperado de ver que su crío iba de doctorado en doctorado en las universidades europeas: “¡Este Huevón entró al colegio a los cinco años y va a salir a los setenta, sin haber conocido nada de nada de la vida!”. Algo de verdad encerraban sus palabras.
Personalmente estoy feliz de la intelligentsia del nuevo Gabinete ministerial. Cargados de títulos y diplomas, capaces hasta decir “¡Basta, dejen un poco pa’ los otros!”, el nuevo equipo no sólo cumplirá en el plazo establecido las 36 medidas de nuestra Presidenta de la República, sino que, puedo apostar mi cabeza si lo quieren, lo conseguirán en la mitad del tiempo programado y hasta tendremos unas “yapas” en el lapso restante en los cuatro años fijados por la Constitución, gracias a tan diplomada competencia.
A la hora que son seis años, se habría terminado la pobreza en Chile, la cesantía, las callampas, el robo de nuestras riquezas nacionales, la destrucción del medio ambiente debido a la oportuna y desinteresada acción de los “Corema” en el norte, centro y sur del país. Entre tantos males que afectan a Chile y que el Presidente Lagos no pudo resolver en su debido tiempo. Ni siquiera con sus trabajos del bicentenario: El Hércules chileno.
Con tantos diplomas y títulos, el fracaso es imposible. El error, absurdo; la ausencia de previsión, ridícula: estamos en las manos de mujeres y hombres extremadamente brillantes. ¡Los mejores! Me pregunto si no encandilan demasiado al resto de la ciudadanía.
Porque uno se siente chiquitito, apenas de este porte, frente a tamaña inteligencia. Es como si pusiéramos en la balanza los cerebros de estos “capos universitarios” y por el otro los 16 millones de ignorantes de porquería, el que más con un título de profesor primario, que sería mucho decir a nuestro favor. Me atrevería a pronosticar que la balanza se inclinaría suavemente al comienzo y francamente, después, hacia el lado de los “cerebros” gubernamentales.
Por algo fueron nombrados, junto con mostrar una sólida formación y experiencia en el país de Papá-Sam, signo de garantía y conformidad para los sectores que cuentan, que atan y desatan, sea a nivel local o internacional. De ahí que gozan hasta con los favores declarados de la Oposición.
Para gobernar 16 millones de chilenos, basta con un puñado de buenos cerebros.
Formados en Estados Unidos, de preferencia.
El único bemol a tanta perfección gubernamental (incluyendo la paridad) es que faltó únicamente, en un espíritu ecuánime, nombrar en un cargo cualquiera, sólo para decir que había uno, al menos uno (jamás habríamos osado pedir dos) un hombre o una mujer que viene de la mina, de la industria, del campo, del taller, pero no como cuadro dirigente. Simplemente una obrera, un obrero, un trabajador, una trabajadora, alguien que sabe cómo sobrevivir con un salario de miseria, sin esperanza alguna de enviar a sus hijos a las universidades que forman a futuros ministros y directores de empresas; proletarios y campesinos que mañana tendrá que soportar la polución del arsénico y otros venenos en su valle que un día fue verde, que sus hijos nacerán con deformaciones o idiotas, porque entre tanto genio universitario, entre tanto diplomado no hubo ni siquiera uno –al menos uno- que se levantara y dijera. “Non, Sir”.
Somos 16 millones. La gran mayoría sin otro diploma que el de sacarse la cresta trabajando. Hemos elegido un nuevo Gobierno. Con grandes inteligencias individuales. Démosles al menos el crédito que cumplirán sus promesas electorales.
Para eso fueron nombrados.
No obstante, pienso que en un gobierno donde participan partidos que ayer se dijeron herederos de Salvador Allende, hubiese sido significativo que al menos un hombre o una mujer de la clase obrera estuviesen presentes en el nuevo Gabinete.
Al menos, como botón de muestra, de los 16 millones de chilenos restantes y en signo de equidad en una balanza que se inclina siempre para el mismo lado.
Mientras el mundo celebra la elección de un Evo Morales, indígena y campesino, triunfo sobre los que siempre usurparon el Poder por las armas o el billete, menospreciando a un pueblo que estuvo allí primero, que tuvo su cultura sin desmerecer frente a los conquistadores, mientras –digo–, el Altiplano se levanta y marcha con un nuevo orgullo, nosotros, en el Valle, nos preparamos a destruir nuestros glaciares, a vender lo máximo que podamos, apurados como estamos para que nos dejen de una bendita vez en pelotas, felices de ser lacayos en lugar de amos en nuestra propia casa, tanto nos hemos acostumbrado a decir “Yes, Sir!” Jamás, lo contrario.
Por eso me hubiese gustado tener un Ministro recién salido de su turno laboral, uno sin otro diploma que el de sacarse la cresta todos los días para alimentar a los suyos, que sabe lo que es vivir a media tripa, afligido por una y mil deudas, uno que fuese capaz de decir ¡No, Señor! ¡Aquí mando yo!
Y sin hacer un proceso de intención a nadie, aún menos a políticos con las mejores intenciones, quiéralo o no, será por atavismo o por desconfianza al Papito-del-Norte, hubiese preferido tener un Ministro de apellido mapuche, un(a) obrero(a) chileno(a) a tanto diplomado en las universidades yanquis.
Alguien capaz de decir, a nombre de 16 millones: “¡Non, Sir!”.
Pero estamos para concertar y no para pelear. Al menos por otros cuatro años.
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