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Miguel Tapia G., Periodista
Le agradecí al muchacho haber pedido mi opinión que, aseguró, era la única asesoría que solicitaría.
Es que durante dos años ejerció cargos en el Centro de Alumnos de su Escuela. Cada vez fue elegido por sus pares en su calidad de militante de la Juventud de uno de los partidos políticos de la Concertación.
Ahora ya se tituló y -¡qué suerte!- encontró trabajo en un importante medio de comunicación. “¿Tengo que renunciar a mi militancia?”, me consultó.
- ¿Por qué?- contrapregunté.
Entonces desplegó la artillería argumental que he conocido reiteradamente a través de mis tres décadas de oficio periodístico.
Recordé cuando en un Seminario que se realizó en el Hotel Conference Town de Reñaca, varios jóvenes profesionales plantearon el mismo tema y me sentí motivado a defender ardorosamente mi posición: los periodistas pueden tener militancia política. ¿Por qué no...?
El periodista es un profesional socialmente sensible que se ha preparado para comprender todo comportamiento humano. Los hay más o menos apasionados, pero ninguno es indiferente a la realidad que les rodea y que conocen en profundidad gracias a su cotidiano contacto con la gente de toda condición.
Nadie como el reportero para apreciar en toda su infinita brutalidad las abismantes desigualdades sociales, el dolor de las madres ante la inevitable muerte de su niño, el pavor de los pequeños frente al abuso y el maltrato a que son sometidos, la atroz insuficiencia en los servicios que debieran satisfacer necesidades tan elementales como la salud de la población, la sórdida avaricia de los que tienen más para seguir estrujando a los desposeídos, despojándolos de toda posibilidad de escapar de su triste condición subhumana...
¿Cómo podría el periodista escapar a la necesidad de tener una posición frente a cada fenómeno social que va conociendo en su ejercicio diario?
Hay quienes optan por una visión progresista; otros, definitivamente se matriculan con una concepción política de izquierda. Conozco muchos socialistas y hartos más que se identifican con el Partido Comunista, el Humanista o el MIR. No faltan los que se sienten de derecha, e incluso los hay quienes se creen nacionalistas y hasta rinden honores a la memoria del Fürher...
Pero ninguno –o muy, muy pocos- escapan a la necesidad orgánica de asumir una visión filosófico-política de la sociedad y el entorno en el que se desenvuelve.
Un asunto muy distinto es, sin embargo, convertirse en militante de un partido, movimiento u organización política.
Los detractores aseguran que si un periodista forma parte orgánica de una colectividad, es obligado a acatar las órdenes de sus dirigentes o superiores.
Falso e imposible.
Por el más elemental principio ético, ningún periodista podría alterar la verdad y objetividad en su labor, por motivo alguno. Mucho menos por órdenes externas. Ningún profesional las aceptaría.
Más aún: el periodista que trabaja en medios de comunicación está obligado a seguir la línea editorial definida con anterioridad o en concordancia con el propietario o el Directorio de su empresa.
Además, las aprensiones en este sentido son extremadamente absurdas: no podría un periodista trabajar en un diario de derecha obedeciendo órdenes de sus “jefes políticos” de izquierda.
En sentido inverso, muchos periodistas son obligados a afiliarse a un partido político para obtener empleo. Los candidatos al parlamento y la Presidencia, por ejemplo, suelen preferir a los periodistas militantes porque cuentan con una visión política que les facilita su labor y hasta lo orientan en los temas más peliagudos.
Conozco una joven colega que postuló a la Asesoría de Prensa de una Secretaría Regional Ministerial para lo cual se tuvo que entrevistar con el máximo representante ministerial en la Región. A la salida, comentó amargamente que fue interrogada por su militancia política. “Yo le dije que nunca he estado en un partido, así es que me dejaron fuera...”
Por lo demás, el periodista siempre tendrá una visión política sobre las cosas porque como todo ciudadano, recibe inevitablemente influencias que le van conformando una óptica social que se va fortaleciendo y adquiriendo forma con el tiempo.
Es muy probable que en algún momento se dé cuenta que su pensamiento coincide con la de una corriente política, en cuyo caso dará lo mismo si se convierte o no en militante... porque igual aplicará su perspectiva al interpretar la realidad del entorno.
Por ejemplo, un profesional de la prensa puede llegar a concebir la idea de un estado solidario; entonces, a la larga podría considerarse de izquierda y adentrándose, llegar a sentirse abiertamente socialista. O sentir que la sociedad debe girar en torno al capital y la iniciativa privada, y darse cuenta que su pensamiento es cercano a la derecha; podría llegar a identificarse con la UDI, por ejemplo... Y durante los períodos electorales, apoyará a los candidatos de la corriente con la que se identifica e incluso puede llegar a trabajar por ellos. Si se desempeña en un medio, es posible que silencie algún dato o información que pudiera perjudicar a sus postulantes o que saque intencionalmente a flote aquellos que ayuden a sus preferencias o afecten a los adversarios. Se trataría de conductas antiéticas, pero humanas y posibles.
...Pero todo ser humano y especialmente quienes desarrollan una formación intelectual y ejercen una profesión que se basa en la comprensión y transmisión de ideas, recibimos más influencias y debemos asumirlas.
Por ejemplo, el influjo de las religiones. Un periodista católico observante o evangélico practicante percibirá la realidad del entorno desde su perspectiva religiosa y puede perfectamente caer en la tentación de ayudar a su cofradía desde su puesto laboral. Lo mismo puede llegar a suceder con quienes asumen otras corrientes de pensamiento, como la masonería o la orden rosacruz.
En el periodismo sucede hoy lo que en muchas otras actividades de la sociedad chilena: la política fue tan desprestigiada durante los 17 años de dictadura, que muchos reniegan de su pensamiento social o su visión política.
En todo lugar se pretende que tener ideas políticas es pecado mortal y que formar parte de un partido constituye algo así como un delito.
Pero también son demasiados quienes pretenden que los partidos políticos sólo sirven para hacerse de un empleo o “apitutarse”, sin considerar que se trata de corrientes a través de las cuales el ciudadano puede encauzar sus inquietudes para hacerlas llegar al aparato del Estado. Claro que sucede que el trabajo de los militantes a veces sirve sólo para que otros vivan y lo pasen mejor... pero no debiera ser.
Conozco dirigentes vecinales, sindicalistas, gremialistas y otros líderes sociales que tienen su evidente pensamiento político pero lo ocultan por un supuesto “respeto a las bases”, desconociendo que han sido elegidos en sus cargos por todos sus atributos y características, no sólo por algunos.
No es delito tener un pensamiento político. Tampoco lo es formar parte integrante y activa de un partido. Lo que sí puede ser gravísimo e inaceptable, es que se confundan los roles.
Todos tenemos una visión social y muchos, un claro pensamiento o concepción política. Pero no podemos mezclar nuestra opinión personal o compromiso político con el trabajo de informar. De igual forma, debemos tener plena conciencia que cualesquiera sean nuestras ideas políticas, religiosas o filosóficas, si aceptamos trabajar para un medio –o institución- con línea editorial distinta, debemos ser lo más respetuosos y objetivos posibles, diferenciando claramente nuestras opiniones de las informaciones que entregamos.
El Artículo Séptimo del Código de Ética del Colegio de Periodistas, nos obliga a “establecer siempre una distinción clara entre los hechos, las opiniones y las interpretaciones, evitando toda confusión o distorsión deliberada de ellos”.
ZonaImpacto.cl es un medio eminentemente de opinión. Quien busque en este espacio muestras de objetividad absoluta, no la encontrará porque se trata de una concepción profesional y personal de un profesional de la prensa que pretende interpretar a un vasto sector de nuestra sociedad... jamás a “toda” la sociedad.
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