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27 de febrero de 2006
Los Vosges, FranciaEn los Vosges, Francia, nunca van a capturar al único lobo que vive entre sus bosques, lagos y nieve.

Los motivos del lobo

Por Mo-Wi (a) “El Chino”

La prensa francesa informó estos últimos días la reaparición de un lobo en los Vosges, montañas de mediana altura en la Lorena, cubiertas de bosques y unos cuántos lagos, además de una industria textil que prácticamente ha desaparecido con eso de la globalización. Asimismo, sobreviven celulosas y allí, también, se fabrica el famoso papel de “Arches,” tan apreciado por los acuarelistas.

La noticia señaló que el lobo seguramente llegó de Suiza o de la Selva Negra alemana.

Se equivocan.

Sonrío al constatar que soy el único que conoce su origen. Lo encuentro regularmente, cuando me pego los kilómetros necesarios para ir a saludarlo allí, al medio del bosque virgen, donde aún no llegan los pinos plantados por el hombre, allí donde nace el río La Moselle en una vertiente que da un chorrito apenas perceptible, uniéndose a otros riachuelos que invitan a la pesca de la trucha, a sentarse bajo la sombra de una encina más que centenaria y dejarse ir al sueño reparador de los justos.

Sergio llegó en el invierno del 85 a Francia, proveniente de Valparaíso. Viajó clandestino en un barco noruego, hasta que fue sorprendido y casi lanzado a la mar por un equipaje compuesto de rusos y ucranianos, que no quería problemas de laya alguna, sólo ganar los escuálidos dólares que los armadores ofrecen a estos marinos a un cuarto de precio, al igual que filipinos y otros asiáticos. A Sergio lo salvó el conocer unas frases en ruso, aprendidas con la esperanza de conocer un buen día la patria de Lenin. En el barco se dio cuenta que no valía tanto la pena, que el “hombre nuevo” no existía en ninguna parte, que el Socialismo Real también producía bestias sanguinarias, individuos sin alma ni conciencia, como las que por un largo tiempo fueron amos y señores de nuestro país.

Trabajó duro hasta que lo desembarcaron en Anvers, sin miramientos, en plena noche, clandestinamente. De allí –evitando controles aduaneros, vehículos policiales, uniformados de cualquier tipo-, alcanzó a pie los Vosges, seiscientos kilómetros más abajo.

Ahí nos encontramos.

Fue el menor de los míos quien estableció el primer contacto: “Papá, ahí hay un señor que habla mitad francés, mitad español...” Nos acercamos y escuché al hombre que hablaba solo, cortando leña:

- Esta es tu pierna, ¡Salopard de milico!– decía mientras daba un hachazo feroz contra el tronco. “¡Este es tu brazo, Cabrón!” y a cada hachazo desmembraba al que, sin lugar a dudas, lo tuvo un día a su merced.

Me emocionó. Lo dejé terminar su venganza y al verlo beber directamente de la botella de vino malo le estiré la mía, un blanco que venía de sacar del riachuelo y que llamaba a beberlo con ansias por el calor que hacía.

- ¿Chileno?- preguntó.

- Sí, de pura cepa-, le respondí.

- ¡Entonces métasela en la raja, amigo! Y me dio la espalda.

Me largué a reír a carcajadas y él tampoco pudo evitarlo. Así nació una amistad que me honra, luego de veinte años sin fallarnos mutuamente.

El aullido del lobo

A Sergio cuesta sacarle las palabras. Hoy, es imposible. Pero igualmente nos entendemos.

A cada visita en su modesta casita, fui notando que Sergio se aislaba de más en más del mundo. No era huraño, no. Simplemente necesitaba la soledad para reconstruirse como ser humano, luego de haber perdido su dignidad de hombre allá, en su país, en la cala de otro buque, donde la sed y los tormentos lo convertían en un remedo de sí mismo, odiando a su especie, capaz de los horrores que ni siquiera las bestias son capaces de hacerlo.

- El Hombre es el único animal que mata por placer-, sentenciaba.

Juntos nos paseábamos por los bosques, discutiendo acerca de la existencia, de la Poesía y de la Belleza que no queríamos perder a ningún costo. Sergio sabía el nombre de cada planta y árbol de los Vosges, experto en las comestibles y en las callampas que no eran venenosas. Así yo preparaba gigantescas tortillas de “cepes”, “trompetas de la muerte,” y otras que de sólo pensarlo se me vuelve a hacer agua la boca.

Pero Sergio se aislaba de más en más. Los vecinos más cercanos incluso le temían, viéndolo cada vez con el pelo más largo, con una barba negra que encanecía a medida que pasaba el tiempo, mes a mes más desvestido, caminando a pie desnudo fuese invierno o verano, con su hacha a cuestas, su carretón que tiraba como una bestia de carga con el fruto de su trabajo de leñador y un libro de antología de la poesía chilena, recitando versos que en su boca alcanzaban una fuerza que los poetas que los escribieron jamás habrían imaginado. Era su única riqueza.

Un día me dejó leer lo que él había escrito en un papel de envolver:

Dime luna en el cielo equivocada
Dime árbol, flor de mi invierno,
Golondrina sin nido
Ciervo que brama a la amada que no vendrá
Viento que no hablas mi idioma de ternura
Estrellas que nunca me indicarán el camino de regreso
Dime noche
Díganme
Donde se perdió la Esperanza...

A falta de esperanza, cuando los sueños de la juventud se esfumaron, cuando se pierde el Norte, cuando se ha perdido el amor por el prójimo, por los sueños, Sergio, mi amigo, cada vez se introducía más en su mutismo.

Una noche de luna llena, lo sentí levantarse y partir a lo profundo del bosque y a pesar de la distancia, lo escuché: un aullido que partía el alma. No era un grito, no. Un aullido, sí; un aullido feroz que callaba y asustaba a los perros, que espantaba a los animales del bosque, que obligaba a los campesinos salir con un fusil a la mano a fin de cuidar el rebaño, un aullido a la luna en el cielo equivocada, nunca la misma que aparecía al este sobre la Cordillera de la Costa, sobre los cerros de Valparaíso, esa luna que fue alcahuete de noches de amor tarifado en los prostíbulos del Puerto, esa noche que alumbraba a los enamorados tendidos sobre la arena, la misma que parecía tener un rostro afable, la luna de este inmenso porte con un aro que anunciaba “novedad ninguna”, salvo la que durante años no apareció en el firmamento para castigar a una casta que había traicionado a Chile.

Sergio se transformaba. Lentamente pero de manera inexorable. Sus salidas nocturnas eran de más en más frecuentes y sus aullidos de lobo solitario comenzaron a producir batidas de cazadores en los bosques de los Vosges. Nunca encontraron a la bestia que transformaba sus noches en pesadillas.

Durante mis últimas visitas, Sergio me aceptaba en su casa, pero casi no me dirigía la palabra. Sus ojos crecían, sus cejas cubrían la mitad de su frente, el pelo se confundía con los que cubrían la mayor parte de su cuerpo. Una noche sin luna quemó sus poemas, todo lo que lo ataba a este mundo humano. Traté de hablarle de que aún existían seres humanos capaces de amar, de sentir como nosotros la Vida, admirar la Belleza, descubrir en el otro un alma generosa.

Me respondió con un gruñido.

Era invierno, la nieve había caído abundantemente sobre los campos y los bosques. Sentí el aire puro de la montaña limpiar mis pulmones. Mi vista se perdía en ese blanco-negro que nos otorga el invierno para demostrarnos ¡oh! lo hermoso que son los colores de la primavera, la que añoramos apenas el cielo se pone gris y el frío cala nuestros huesos de machos ancianos. Llegué a su casa a la caída de la tarde cargado de provisiones para mi amigo Sergio, especialmente carne cruda, que últimamente era su principal alimento. No lo encontré. En cambio, noté unas huellas de lo que me imaginaba era un perro enorme, que partían de la puerta de su casa hasta introducirse en el bosque. Las seguí unas centenas de metros, pero la noche ya estaba ahí, con su luna llena y los aullidos de ese lobo solitario que dejó de cortar leña, escribir poemas, hablar en el idioma de los humanos.

La casa de Sergio hoy está abandonada. El hielo y lluvia la van destruyendo poco a poco, pero voy siempre y me siento en el tronco caído que se encuentra cerca del bosque y desde allí, imito la voz del lobo. A lo lejos, otro me responde, atravesando bosques y montañas.

Hay veces que se acerca a cierta distancia. Reconozco sus ojos. Deposito mi ofrenda y me retiro discretamente. El lobo la toma en su hocico y regresa a sus bosques.

Yo sé que es Sergio, mi amigo. Sergio que se fue en busca de la Belleza que no encontró al medio de los Hombres.

Por eso sonreí cuando leí la prensa francesa.

El único lobo que se encuentra en los Vosges jamás será capturado. Hoy camina libre, recitando poemas cuando la luna está llena.

Y yo me siento cada vez más solo.

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