Una de estas semanas aparecerá por la casa, siempre al final del invierno, arrastrando su carrito, el Lucho.
Lucho es organillero.
Nos conocimos hace más de quince años en Saint Malo. Él moviendo la manivela de su aparato mágico a fin de producir los sonidos que me parecían ya olvidados, viejas canciones chilenas y del repertorio popular sudamericano, junto a un par de melodías europeas que pertenecen –también- al patrimonio de la humanidad musical. Por mi lado, tirando colores sobre el papel “Arches”, acuarelas con botes sobre la arena, veleros con mástiles orgullosos listos para emprender el viaje más allá del horizonte, paisajes donde la mar se confundía con el cielo luego de tormentas con rayos y centellas.
Inmediatamente simpatizamos. No podía ser de otro modo, cuando dos chilenos errantes se encuentran allí donde se termina el continente y la mar nos impide seguir más lejos por el momento, mientras no logremos fijar la ruta de la nueva aventura, navegando por los océanos sin dejar huella alguna de nuestro paso por la Tierra.
El Lucho nació de buena cuna –me decía- y con ello bastaba para cortar de un tajo cualquier pregunta acerca de su pasado. “A nadie le importa de dónde venimos, adónde vamos. Lo importante es lo que somos hoy, lo que seremos mañana.” Ambos ignorábamos, por cierto, de qué estaría hecho nuestro mañana, cuando en nuestras almas se reflejaba únicamente una nostalgia de gentes y lugares que ya nunca más encontraríamos.
No obstante, en los dos meses que caminamos juntos por las calles, aldeas, pueblos y ciudades de la Francia, aprovechando el calor del estío, deteniéndonos a gozar con un buen queso camembert y su botella de tinto la mayor de las veces, o un plato preparado con amor por las dulces manos de los amores de pasaje, logré saber algo del Lucho. No mucho. Lo suficiente como para comprenderlo e, incluso, admirarlo.
Nació rico. Su familia originaria de Osorno(¿?) había hecho fortuna tanto en la agricultura como en los negocios. Se suponía que un día heredaría los bienes amasados durante tres o cuatro generaciones. Mientras tanto, el Lucho fue enviado a España a educarse, aprender todo lo relacionado con la Economía. Pero el Lucho no había nacido para las cifras ni los estudios, aún menos para vivir lejos de su casa chilena. No tenía alma de aventurero; por el contrario: “Fui un sedentario al que obligaron a ser nómada...”
Regresó a Chile para enterrar a los suyos y descubrir –no sin asombro- que no quedaba ni un sólo peso en la alcancía. El patrimonio familiar se había esfumado y nadie, ni siquiera los amigos más cercanos, pudieron explicarle el descalabro económico que llevó a su padre a ahorcarse en el garaje de la que un día fue su casa.
-Cuando mueres en la pobreza, no hay séquito que te acompañe, ni siquiera cura que diga una misa si no le has dado sus treinta monedas; los amigos te saludan de lejos, te quitan la cara, tus amores te sonríen con misericordia, hiriéndote todavía más...-, me confió.
Vendió lo poco que los buitres le dejaron. Y volvió a Europa. Pero el Lucho no sabía hacer nada, no quería aprender nada de nada, ni venderse o arrendarse, aún menos encerrarse en una oficina. El Lucho, en cambio, tiene una hermosa voz de tenor, logrando incluso cambiar de registro cuando la necesidad lo requiere.
¿Qué hacer con los pocos dólares que pudo reunir? ¿Cómo sobrevivir más allá de un par de meses en una pensión miserable?
Entonces recordó al organillero que pasaba todos los años frente a su casa y que él, asomado a su ventana escuchaba con admiración: “¡He ahí un hombre que lleva su vida a cuestas, que recorre el mundo con su música!” Generoso, no le tiraba monedas, le daba en la mano unos cuantos billetes, la mejor botella de vino, lo invitaba a sentarse con él bajo el parrón y lo interrogaba acerca de sus viajes, de lo que había visto, las aventuras que habían vivido.
El Lucho viajó a la Alsacia y encargó su propio organillo. Transformó un enorme coche de bebé e instaló su caja de música e inició, así, su recorrido por el Mundo.
Mientras el Lucho movía la manivela, dale que dale, yo pintaba acuarelas. Hasta que un día de esos, el Lucho me dice en tono grave:
-Chino: ¿Por qué no vendes sueños? ¿Por qué no transformas tu universo onírico en tu gana-pan?
-¿Y cómo se venden los sueños? –pregunté.
-Te los comprarán quienes dejaron de soñar. Verás, no es tan difícil, basta lanzarse, tirarse al agua, como yo me lancé con mi organillo...
Durante los dos meses que pasamos juntos vendí sueños. De todos los tipos: sueños despiertos, sueños dormidos, sueños para todos los gustos, para hombres, mujeres y niños, sueños para dormirse parado. La gente se acerca y me pedía al son de la música y de la voz del Lucho:
-Quisiera, señor, un sueño para esta noche; un sueño de amor-, pedía la niña soltera.
-Un sueño donde yo seré un rey de un país lejano-, solicitaba el mendigo que había perdido las esperanzas.
-¡Ay, estimado vendedor, yo quisiera un sueño en el cual mi amada regresa!- rogaba el hombre abandonado.
Una niña, vestida de princesa, me pagó con una sonrisa el sueño en el cual ella podía volar y así descubrir desde lo alto los valles florecidos, las montañas de mil colores, los lagos donde se reflejan los ojos maravillados de los ángeles, los fiordos de un país que se perdió en la bruma, los bosques donde trinan los pájaros de Primavera, los rostros de los seres amados que fueron y partieron, las risas de los ríos que bajan hacia la mar, la dulzura de ocasos abrazada al que sería, un buen día, su amado.
Y vendí cientos, miles de sueños. Hoy lo sigo haciendo, mientras recorro las calles que no llevan a lugar alguno, salvo a mi refugio onírico, aquí en Ys, donde el invierno se volvió a instalar y se prepara a partir, justo cuando vuelva el Lucho con su organillo. Entonces, a su lado, escucharé las canciones de mi infancia, contándonos esto y lo otro, acompañados de una buena botella de vino, un queso camembert para recordar viejos tiempos, un pan recién salido del horno y pasarán los días hasta que el Lucho estime necesario partir con su organillo, su carrito, los años que se le han venido encima, caminando difícilmente –al igual que yo- hacia lugares donde perdimos toda memoria, pueblos que no serán nunca los nuestros, cantando con su voz anciana pero todavía melodiosa, hasta que un día de esos, decida mover la manivela para su propio Réquiem.
Espero a mi amigo Lucho con impaciencia.
Le regalaré mi último sueño.
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