La Presidenta Bachelet tiene la facultad exclusiva para designar a los miembros de su Gobierno. |
Miguel Tapia G.
Periodista
“Repartirse el animal”. Así denominan groseramente algunos a la disputa que suele anteceder a la asunción de un nuevo gobierno, cuando los partidos políticos y grupos de poder ejercen toda la presión posible para ocupar la mayor cantidad posible de cargos en la nueva Administración.
Es la “repartija” que tanto critican los que no han podido acceder al Gobierno. Se critica el “cuoteo político” y ahora se le exige a la Presidenta Bachelet cumplir sus compromisos de “paridad” de género –igual número de hombres y mujeres en el Gabinete-, de que nadie se repita el plato (aunque la Presidenta aclaró que se trata de no repetirse el “mismo” plato) y de escoger a las y los mejores para ocupar los distintos cargos en el Gobierno.
En las últimas semanas, los chilenos hemos presenciado, sin embargo, el despreciable espectáculo de dirigentes y funcionarios ansiosos por no quedar afuera de la administración; en otras palabras, por obtener alguna presa en el desposte del animal. Como si se tratase de un trofeo de guerra.
Si bien los partidos del bloque progresista –socialistas, radicales y pepedés- han sido muy cautos y aseguran que no han presionado a la Presidenta electa por cargos públicos, al interior de la Democracia Cristiana la disputa por obtener los mejores “cortes” ha sido –literal- descarnada.
Pero desde el mismísimo 15 de enero, cada uno de los dirigentes de partidos de la Concertación que fueron consultados por la prensa, aseguró muy suelto de cuerpo que por motivo alguno presionarían a la Presidenta Bachelet para que coloque hombres y mujeres de sus respectivas colectividades en los más de 1.500 cargos de confianza del Primer Mandatario en la Administración Pública.
Todos, sin excepción, reconocieron que la conformación del gabinete de ministros y directores o jefes de servicios es decisión privativa y exclusiva del Jefe de Estado. Y también la totalidad de los dirigentes entrevistados por la prensa –que, en rigor, sobraron– aseguró que por ningún motivo su colectividad y/o dirigentes intentarían presionar a la Presidenta electa para que incluya a gente de su tienda en los altos cargos administrativos.
Pero todos mintieron.
Con los días, los distintos partidos reconocieron que al menos entregaron a la Presidenta listas de sus más destacados militantes que están “disponibles” para servir al país desde un Ministerio, una Subsecretaría, una Dirección de servicio o algún Directorio de empresa pública.
Los antecedentes que trascendieron a los medios informativos indican que por lo menos los partidos Socialista, Radical y Por la Democracia no tuvieron peleas internas por los cargos públicos ni trataron de interceder por determinados militantes ante la Presidenta.
Pero el Partido Demócrata Cristiano –PDC– no ocultó su disputa interna por obtener la mayor cuota en la repartija de presas del animal-trofeo.
Pocos dudan que el prematuro anuncio de la ex precandidata presidencial y actual senadora electa Soledad Alvear de que postulará a la presidencia del PDC no fue sino una advertencia a la Presidenta Bachelet: “Ud. no debe negociar la participación de la Democracia Cristiana en el Gobierno con la actual directiva porque se está yendo. Nosotros vamos a presidir el PDC en el período que viene, así es que tiene que negociar con nosotros o al menos incluir a los disidentes del partido en esta repartija”.
Al cierre de esta nota no se conocía aún la conformación del Gabinete y, por lo tanto, desconocíamos si la próxima Jefa de Estado atendió la advertencia de la disidencia DC que lidera su ex adversaria –y también ex adherente– Soledad Alvear.
Pero que ha habido presiones desde la DC... las ha habido. ¡Y tremendas...!
En la disputa por alcanzar los cargos de mayor poder en el aparato del estado, se han olvidado hasta las lealtades más elementales.
Por ejemplo, la gran pelea al interior de la DC la da el presidente de la colectividad, senador Adolfo Zaldívar, oponiéndose a que su hermano Andrés –ex presidente del Senado– sea designado Ministro del Interior. ¿La razón? Verdaderamente inentendible: Adolfo prefiere que en la Jefatura de Gabinete, cargo que a la vez significa la Vicepresidencia de la República en ausencia del jefe de Estado, sea nombrado su hombre de confianza, el actual senador Rafael Moreno.
Bueno, también se ha olvidado la elemental lealtad entre miembros de un mismo partido, desde que los “colorines” de Adolfo Zaldívar intentan dejar sin pan ni pedazo a los disidentes encabezados por Gutenberg Martínez –esposo de Soledad Alvear– y el senador Sergio Pizarro.
La derecha no ha tenido participación en el Poder Ejecutivo desde el inicio del restablecimiento democrático, en 1990. Por eso tiene razón cuando cuestiona todo lo que sea ejercicio político en el mando de la nación.
Hasta ahora, ha intentado recurrir a la lógica de la “alternancia” para pedirle al electorado que confíe en la Alianza. Como si se tratase se un juego de niños, la UDI y RN esperan que el electorado reflexione: “Ya gobernó a la Concertación; ahora le toca a la derecha”. Como si la gente quisiera ensayar cada cuatro años a ver si el otro lo hace mejor.
Es una elocuente demostración de que la derecha no conoce absolutamente nada sobre la idiosincrasia nacional.
La otra falaz acusación de la oposición es que los gobiernos de la Concertación designan a sus colaboradores mediante “cuoteo” político. Los políticos lo llaman “equilibrio” entre los partidos en el Gobierno.
¿Y qué esperan? ¡Si cuando el Gobierno es ejercido por una coalición de varios partidos es inevitable que los cargos de confianza sean distribuidos de manera proporcional y armónica entre todos!
Otra cosa es que las directivas y sectores de cada partido se arranquen los ojos por obtener las designaciones más importantes del aparato estatal.
Resulta lícito que cada colectividad del pacto desee que sus militantes ocupen cargos importantes y tengan la mayor influencia posible dentro de la Administración.
Pero los dirigentes debieran reservar un mínimo de decoro al presentar sus postulaciones y defender posiciones.
Y, por sobre todo, respetar el imperio del Presidente para escoger –sin expresión de causa- a cada persona que ocupará los cargos de su personal confianza, ya sea como Ministros, Subsecretarios, Directores y Jefes de Servicios, Intendentes, Gobernadores y ejecutivos de empresas estatales.
Y si de la presidenta Michelle Bachelet se trata, nos asiste la confianza de que nos sorprenderá con las personalidades que designe. Y que sabrá combinar de la mejor manera los equilibrios políticos con la eficiencia, el profesionalismo, la paridad de género y el cumplimiento de su compromiso de que nadie se repita el “mismo” plato.
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