Frente a frente, en la hora de la verdad. Michelle, la favorita y Piñera, la esperanza derechista. |
Michelle Bachelet con mayores expectativas
Miguel Tapia G.
El domingo 8, los dos principales diarios derechistas nacionales –El Mercurio y La Tercera- tuvieron que reconocer en sendos reportajes, que la candidatura presidencial del magnate Sebastián Piñera se había quedado atrás en las encuestas después del “debate” televisivo entre los dos postulantes del miércoles anterior.
Todos los sondeos de opinión encargados por los dos medios daban la delantera –con promedio de 11 puntos de diferencia- a la doctora Michelle Bachelet, candidata socialista a la Primera Magistratura, representando a la Concertación formada por la Democracia Cristiana, el socialismo, el radicalismo y el Partido por la Democracia, PPD.
Simultáneamente, los dirigentes de la derecha y el propio candidato Piñera cayeron en tan evidente desesperación que comenzaron a cometer imperdonables torpezas. Surgieron vociferaciones y acusaciones sin base; desencuentros y evidentes tropiezos que en los últimos días alejaron más a la derecha de su preciada ilusión de instalar a uno de los suyos en la Presidencia de la República.
Ochenta minutos duró el “debate” transmitido por los principales canales de televisión abierta. Todos apostaban a que Piñera deslumbraría con su facilidad para manejar datos y cifras; su conocida verborrea y su talento histriónico. Y que a Bachelet la traicionarían su inseguridad y facilidad para equivocarse.
Lo que sucedió en el set habilitado en Espacio Riesco fue casi lo previsto. Pero Piñera estuvo demasiado agresivo; intentó un lucimiento extra que no necesitaba y apareció poco creíble. La ex ministra, en cambio, lució más creíble por su sencillez y lenguaje directo; además se le percibió más cercana e incluso abordando temas con mayor profundidad.
Cuando una periodista pretendió lucirse preguntándole si un conflicto de género determinó que ahora la propaganda la postulara a “presidente” y no “presidenta”, la candidata socialista respondió con una naturalidad sobrecogedora: el cambio fue solamente para que rime “se siente” con “Michelle Presidente”. Aunque parezca increíble, fue el momento más alto de la doctora y el mejor apreciado por la audiencia.
Al final, pudo ser un empate. Pero como se esperaba más de Piñera, quien capitalizó las utilidades fue Bachelet. A lo anterior se sumó el enfrentamiento de Bitar con Piñera al término del foro, cuando el ex ministro de Educación –aludido por el candidato acusándolo de cobardía- lo enrostró duramente, llamándolo “poco hombre”.
Al final, el resultado del episodio televisivo para Piñera resultó desolador.
También en la última semana el electorado fue interiorizándose sobre las propuestas programáticas del postulante derechista. Las reacciones no se dejaron esperar: a la mayoría, las propuestas del magnate les resultaban poco creíbles.
Por ejemplo, en medios radiales y diarios muchos reaccionaron contra la propuesta derechista de rebajar impuestos a quienes ganan altos sueldos, bajo argumento que favorecería a los más pobres. Tampoco resultó verosímil la iniciativa de jubilación para las dueñas de casa, porque lo que se propone no es otra cosa que ahorro individual –de la beneficiaria o su cónyuge- más un aporte estatal, todo administrado por las AFP. Estas instituciones serían las que se beneficiarían captando más comisiones y administrando nuevos aportes de la gente. Pero las dueñas de casa podrían llegar a percibir solamente paupérrimas pensiones.
Pocos han logrado convencerse de que la eliminación paulatina del superávit estructural en el Presupuesto Nacional sea buena, porque se privaría al Estado de recursos para enfrentar tiempos de crisis. La candidatura derechista tampoco logró subyugar al electorado apoyando iniciativas legales que el sector antes había rechazado, como la reglamentación del trabajo a través de subcontratistas y suministradores de mano de obra y las reforma constitucional que reconoce la existencia de pueblos originarios.
Piñera comprometió el apoyo de sus parlamentarios en ejercicio; el Gobierno les puso urgencia a ambos proyectos forzando su debate y votación inmediata. Pero en la Cámara de Diputados, la UDI no cumplió con el apoyo ofrecido por su candidato en el proyecto sobre pueblos originarios y en relación a las normas sobre subcontratistas, el Gobierno tuvo que retirar la urgencia por la evidencia de que fracasaría en el Senado y no se podría reponer antes de un año más.
Igualmente han sido inútiles los esfuerzos de Piñera y su equipo de convencer a la ciudadanía que no es derechista sino un “humanista cristiano” que sólo piensa en el bien de los demás.
¿Cómo convencer al electorado que un personaje que ha dedicado toda su vida a la especulación financiera y a acumular una exorbitante fortuna, sólo piensa en los más pobres y busca el bienestar de sus semejantes? ¿Cómo disfrazar de cristiano a un multimillonario si el propio Cristo anunció que “más fácil pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará al reino de los cielos”...?
Más aún: ¿Con qué argumento Sebastián Piñera podría borrar de la memoria colectiva el grotesco episodio que pasó a la historia como “Piñeragate”, cuando traicionó de la manera más sucia a su entonces compañera de partido y de grupo (la Patrulla Juvenil), Evelyn Matthei?
La credibilidad de Piñera se vio más resentida aún cuando el senador designado y almirante en retiro Jorge Martínez Busch dio a la publicidad el acuerdo al que llegó –en representación de los uniformados en retiro- con los representantes del candidato para mantener privilegios previsionales y obtener nuevos beneficios, pero por sobre todo, para que se comience a aplicar sin miramientos el decreto ley de Amnistía dictado en 1978 por la dictadura para dejar sin castigo los crímenes cometidos entre 1973 y ese año por los agentes de la represión (ver nota aparte).
Peor aún resultó conocer el proyecto de ley presentado por el propio Piñera para extender los beneficios de la ley de impunidad a los autores de delitos criminales, de lesa humanidad, perpetrados entre 1978 –cuando terminaba la vigencia de la ley de Pinochet- hasta marzo de 1990, cuando asumió el primer gobierno democrático después del régimen de facto.
Por cierto, a cualquier elector medianamente sensible a los temas de derechos humanos debió resultar absolutamente incoherente que un personero comprometido con la dictadura que pretendió favorecer a los criminales y hoy se comprometa a consagrar la impunidad frente a crímenes contra la humanidad, a la vez se autocalifique como “humanista cristiano”.
En las últimas semanas, el candidato y su entorno han perdido la calma. La desesperación se ha apropiado de ellos y, como sucede siempre que se produce este fenómeno, los afectados por el abatimiento comienzan a cometer torpezas y tropelías, una tras otra.
El propio Piñera las ha arremetido contra el Presidente Ricardo Lagos, acusándolo de abandonar sus deberes, de haberse convertido en agente de la campaña oficialista, de incapaz y mal gobernante. El efecto ha sido altamente nocivo para el apoyo que esperaba, porque no consideró que el Jefe de Estado cuenta con un tremendo e inédito respaldo ciudadano.
Tampoco pensó en ese factor el presidente del Senado, Sergio Romero, cuando días antes acusó al Presidente de “guerrillero” y “francotirador”, lo que le valió una moción de censura que no prosperó en la Cámara Alta, pero que pudo removerlo de la presidencia.
En las últimas semanas, también se puso en marcha una propaganda radial verdaderamente confrontacional y descalificadora, con libretos abiertamente agresivos contra la candidatura de la Concertación.
De igual forma, Piñera y los suyos dejaron de mencionar a Bachelet como la postulante de la Concertación, definiéndola ahora como “la candidata de la izquierda”, concepto que forma parte de una campaña del terror intentando atemorizar a la ciudadanía con una “izquierdización” del Gobierno y el país.
El senador Alberto Espina también ha perdido la calma e incluso ha caído en la grosería y la mentira flagrante para atacar a la candidatura concertacionista.
El más reciente de sus argumentos resultó temerario, porque aseguró que la Concertación estaba pagando la venida y participación de destacados artistas españoles en el acto de cierre de la campaña de Bachelet, el jueves 12 en Santiago.
Junto a numerosos artistas nacionales, participaban en la manifestación final los españoles Miguel Bosé, Víctor Manuel, Ana Belén e Ismael Serrano, todos de reconocido compromiso político de izquierda y muy amigos de la “Causa Chilena”.
Se entiende que en la derecha no se pueda concebir que artistas tan exitosos viajen a otro continente para apoyar una causa política en un pequeño país como Chile, sin interés económico alguno. Es que la palabra “solidaridad” no figura en su diccionario...
El propio Espina criticó también la participación de artistas extranjeros en el acto bacheletista y aseguró que los cantantes que participarían en el cierre de Piñera sí lo hacían gratis.
Por cierto, Piñera no despierta solidaridad internacional alguna. Es más: fuera de Chile, no lo conoce nadie. Y en los últimos días, los propios artistas contratados para el acto de cierre de la campaña derechista –programada en Valparaíso, donde no se requiere un público tan multitudinario- declararon que actuarían por dinero. Entre otros, estarían la Sonora Palacios, José Alfredo Fuentes, Pancho Puelma y el Profesor Salomón con Tutu-Tutu.
Fue en 1958 –hace casi medio siglo- la última vez en que la derecha saboreó el triunfo en una contienda presidencial en Chile. Ese año triunfó el empresario derechista independiente Jorge Alessandri, quien gobernó hasta 1964. En 1970, el mismo Alessandri estuvo cerca de alcanzar la reelección, pero fue sobrepasado por el médico socialista Salvador Allende, quien con el 36 por ciento de los votos asumió la Primera Magistratura.
¿Existen hoy posibilidades reales de que el multimillonario derechista Sebastián Piñera sea elegido Presidente de Chile?
Como jamás se puede aventurar un resultado cierto antes de terminada la elección, la posibilidad real de que Piñera alcance la Jefatura de Estado existe. Porque –según las encuestas- la diferencia entre las preferencias de uno y otra es estrecha. Y porque la campaña derechista ha trabajado extraordinariamente bien la ignorancia de la mayoría del electorado desinformando y prometiendo cosas imposibles.
También la derecha ha sabido aprovechar los casos de presunta corrupción que se han conocido entre personeros vinculados al Gobierno y ha desplegado una batería de acusaciones muy violentas, que ni siquiera dan lugar a defensa alguna.
De igual forma, después de la primera vuelta la derecha ha sabido posar de unitaria, aunque nada logra borrar las descalificaciones y ataques de los líderes de la UDI contra Piñera ni las enemistades que siguen vigentes.
Así las cosas, si Piñera fuese el elegido, conformar un gobierno unitario, con una sola conducción y objetivos comunes y nítidos, resultaría una tarea absolutamente imposible.
Pero no es menos cierto que la doctora Bachelet ha desplegado un trabajo extraordinariamente eficiente en la campaña por la segunda vuelta.
Aunque inicialmente trató de marginar de su campaña a los políticos demasiado tradicionales, hay que reconocer que la incorporación del senador Andrés Zaldívar y el ex ministro Sergio Bitar en la conducción de las estrategias, logró poner orden y dar una clara orientación a la campaña.
La propia candidata ha estado mucho mejor, más relajada y genuina, en sus actividades, manifestaciones, concentraciones y entrevistas. La gente la percibe cercana y confiable. Y las estadísticas le dan primerísimas posibilidades, orientación que también se percibe en las calles y en todo lugar donde la gente se manifiesta.
...Pero el resultado estará recién en la noche del domingo 15.
Existe claridad en que con dos candidatos que representan valores tan diferentes, un magnate que ha dedicado su vida a producir una fortuna que crece sin límites no representa los valores sociales ni cristianos que la mayoría de los chilenos esperan para la Presidencia. Sólo la doctora socialista Michelle Bachelet ofrece garantías de un verdadero espíritu de servicio público y de sensibilidad por las necesidades y problemas de los más desposeídos.
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