Roqueríos de la Pointe du Raz. |
Treinta y un años sin volver a Chile. Lo hice. El Chelo Tapia me esperaba en el aeropuerto y tuvimos ocasión de abrazarnos por primera vez. Cumpliendo mis instrucciones de no informar a nadie de mi llegada, ni siquiera a la parentela más cercana. El Chino regresaba como partió: clandestino.
Inmediatamente partimos al Puerto, luego de pasar por la Policía Internacional que quería negarme el ingreso a Chile, porque la fotografía de mi pasaporte no correspondía a la que poseían. Partí chiquillo, volví vestido de macho anciano. La nieve había plateado mis sienes.
Quienes han vivido tal experiencia saben lo que significa. Cada día es una emoción, un golpe en pleno hocico, en el vientre, una patada en dicha sea la parte, una empuñada feroz en el corazón, un grito que se queda atajado en la garganta, un llanto imposible de contener, una risa que se queda en una mueca sin que explote en verdadera alegría cuando alguien cuenta el último chiste local, un paisaje que no es el que habías tratado de conservar cueste lo que cueste –incluso inventándolo la mayoría de las veces-, las calles que cambiaron de lugar, los pueblos que se detuvieron en el tiempo y en el espacio y que, a pesar de todo, ya no son los mismos y en los cuales te pierdes, tú que creías haber conocido cada uno de sus rincones y vericuetos, cada rostro de transeúnte, ese muro en que rayaste: “El Chino ama a la Leonor”, la catedral que ya no está y que se fue con el terremoto, en Quillota, por ejemplo.
En Quillota...
Fui al Mayaca a saludar a los míos, en su último domicilio. Allí estaban con sus fechas de nacimiento y de defunción. No los vi nacer, tampoco morir. Entonces uno llora todas las lágrimas acumuladas en treinta y un años de exilio y como última ofrenda, unas palabras escritas en un papel cualquiera: “Aquí estuvo el Chino llorando a los suyos”. Después bajar al pueblo, cabeza gacha, chuteando las piedras del camino como antes, cuando a regañadientes iba camino al liceo, soñando con viajes, aventuras y amores.
Los hubo. Y de qué manera. Pero no como lo hubiésemos anhelado.
Esa noche, el grupo “Valle del Aconcagua” –formado por amigos del Chelo, incluyendo su mujer Sofía y su hija Daniela- celebraba sus miles de años de cantos y danzas, de auténtico culto a la cultura chilena, y asistimos a la magnífica presentación de Aniversario en el teatro Municipal Portales. No podíamos fallar. Pero mi pensamiento, entre canción y canción, ya se había ido a recorrer las calles de la juventud. En el entreacto salí del Teatro y me fui a sentar en un banco de la Plaza de Armas con la secreta esperanza de verla pasar, aunque fuese una sola vez, a Ella, el gran amor de la juventud, la misma que te hizo morir una y mil veces con tus penas de Chino enamorado (¿Habéis visto alguna vez a un chino enamorado?)
Pero ya nadie se paseaba por los cuatro costados de la Plaza de Armas. Vi pasar autos de todos los colores y marcas, con hombres y mujeres satisfechos de sus carrocerías, diciendo de paso: “¡Aquí voy, mírenme!”. Yo los miré, más ella tampoco ocupaba ninguno. No la vi. No la pude ver.
Esa noche seguramente estaría con los suyos y quizás ni siquiera en Quillota. Todos los rostros que observé, no me dijeron nada. No eran los de antes, los que conocí y aprendí a estimarlos.
Treinta y un años. ¡Es mucho tiempo!
Era la chiquilla más linda del pueblo. Sin lugar a dudas. Poseía ese donaire de las aragonesas que traían consigo desde España y que supieron conservar en una provincia chilena. Derecha como una “i”, con un rostro de seriedad absoluta y que los chiquillos temían porque no daba caída alguna. Un cuerpo de mujer con todo lo que era menester, cuando apenas había alcanzado los dieciséis años. En su uniforme de alumna de las monjas, despertaba en mí los fantasmas más increíbles, haciéndome suspirar de día y aún más de noche, cuando la soledad me invitaba a excesos urgentes de chino caliente.
Santiaguino expulsado a Quillota, como mi amigo de entonces Ricardo, un pijecito engominado y sumamente caballero, constituíamos los pájaros raros y que las niñas miraban como a seres exóticos que bien valía la pena sonreírles y concederles, de vez en cuando, un bolero, un blues, en esos malones de los sábados donde los padres controlaban cada gesto y palabra.
En esa época los críos bailaban como caballeros: separados por treinta centímetros entre cuerpo y cuerpo. Para mí era imposible. Mejilla con mejilla, era mi ley. Las lolas no se quejaban en absoluto.
Más Ella, conservaba su distancia. No había caso, nada de “cheek to cheek”. Por más que desarrollaba mi “labia”, mis palabras parecían no hacerle mella alguna. Mis miradas encendidas no la quemaban en absoluto. Junto a ello, pobre como las ratas, sin auto con el cual tirar pinta ni los jeans que ya se ponían a la moda, mis posibilidades de conquistarla eran totalmente nulas.
No obstante el milagro se produjo. Y nos enamoramos como nunca creí que un par de críos podían enamorarse. Juntos descubrimos la ternura de los besos en la fila de los cocheros, en ese mismo teatro Portales, los domingos en la matinée. Los besos apurados camino a su casa, los besos a la primera ocasión que se presentara, los besos que tienen un sabor inigualable cuando son prohibidos, los besos que aún recuerdo, hoy o ayer, sentado en un banco de la Plaza de Armas de Quillota, esperanzado de verla pasar, de mirarla una vez más, antes de partir en busca de mi Cosmos, lejos del cerro Mayaca.
Los amores de juventud son generalmente melodramáticos. Siempre terminan mal. Me corretearon: Chino y pobre, más encima. “¿Han visto la cara de caliente que tiene ese chiquillo de mierda?”, decía su familia. Los chiquillos envidiosos, por cierto, aumentaban mis defectos de capitalino.
Un día me dijo hasta aquí nada más llegamos. A esa edad, ella no estaba para mayores compromisos ni para que le hicieran la vida imposible en su casa.
Sufrí durante años, no lo miento. A veces, cuando cualquier objeto, palabra o imagen me hacían recordarla, notaba no sin asombro que la amaría eternamente.
En mi viaje a Chile, no la vi pasar. Estoy convencido que íntimamente era mi deseo más profundo. Me pregunto si nos habríamos reconocido mutuamente si la ocasión se hubiese presentado. Yo creo que sí: un amor de esa naturaleza no envejece los rostros ni los cuerpos a pesar de los años.
Después amé nuevamente y con igual intensidad. Sigo amando con igual fuerza. Más ese amor de chiquillo, me habrá marcado para el resto de mis días.
De regreso a Ys, doce mil kilómetros de Chile, una tarde, cuando el sol se escondía en el horizonte, observando la mar que se confundía con el cielo luego de la lluvia de otoño, la vi pasar. No fue en Quillota donde esperaba encontrarla, verla pasar, al menos. En Ys, aquí donde fijé mi residencia en la Tierra, el milagro se produjo. Grité con todas mis fuerzas para que escuchara sobre el ruido de las olas que rompían sobre los roqueríos de la Pointe du Raz: “¡Leonor! ¡Leonor...!”.
Leonor me escuchó y dio vuelta su cabeza y pude apreciar su rostro de niña. Me sonrío y siguió su camino colgada al brazo de mi juventud que nunca la ha abandonado.
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